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Barrio, por Juan Bautista Durán

Hubo un momento en que la escritura tomó forma en San Adrián del Besós, tal como insisten en llamarlo quienes viven ahí desde hace cuarenta años o más, a la castellana. Y es en este idioma como se hizo la escritura. Poco tiene que ver aquel pueblo con el que ahora es, asfaltado todo, ordenado y en ciertos puntos reluciente. Basta con asomarse a la orilla del río Besós, hoy canalizado y con una zona de recreo en todo su paso por San Adrián. Me cuesta decirlo en catalán, asegura Esmeralda Berbel, no me sale. Sant Adrià del Besós, pronuncia, y sí, así es, pero no lo concibo.

Su novela Detrás y delante de los puentes (Editorial Comba) habla de este río y de la vida que surgió a sus orillas, una vida en que el bar y el río todo lo eran, y que al fin, juntado las palabras, da lugar al barrio. Lo destacó en la primera presentación del libro la urbanista y antigua concejal del Ayuntamiento de Barcelona Itziar González, con un dibujo que dejó anonada a la propia autora: bar-rio. La palabra como tal apenas aparece en la narración, sólo mediante esta unión tan involuntaria como evidente de sendas palabras, omnipresentes a lo largo de la novela, así como el puente que debían cruzar para ir a Barcelona, entonces tan lejana, tan señorial, tan todo a ojos de quienes volvían al barrio y medían la distancia a través de los puentes.

«Son las seis de la mañana —cuenta la narradora de Detrás y delante de los puentes—. Camino hasta la parada del 43 que está al otro lado del río.» Luego habrá de volver al bar, a servir Mirindas, carajillos, bocatas…, ayudar a sus padres a sacar el negocio adelante. Y frente a ese mismo bar, que era el de la familia de Berbel y ya no existe, en la Rambleta esquina con Miquel Servent, se reunieron en las últimas fiestas de San Adrián la propia Berbel y Javier Pérez Andújar, reconocido autor local que abunda en las calles del pueblo como espacio literario. Hay que escribir de uno mismo, asegura, de su pasado.

Moderados por el periodista y bibliotecario Pepe Anta, se adentraron los dos en ese pasado que fluye como las aguas del río hasta encontrarse en la persona que son, en esta remodelada ribera que es a un tiempo naturaleza y lugar de recreo para los vecinos. Se quejó Berbel de que en su época no había ninguna librería en el pueblo, y todavía hoy, dijo, no la hay. Pero uno no puede exigir que la haya, le rebatió Pérez Andújar, esto es al fin y al cabo un negocio y cada cual invierte la pasta en lo que mejor cree; tenemos librerías-papelerías, que es la versión humilde, y una buena biblioteca, lo que de no tener sí podríamos exigir.

En sus novelas, Pérez Andújar habla de San Adrián como Proust hablaba de Combray o Umbral de Madrid, con un gusto sobre todo por la palabra —yo escribo para las palabras, dice—, y del mismo modo que Umbral o Proust, destacó Pepe Anta, la madre es una figura determinante en su narrativa. Se refiere a ella como una forma de asimilar todo lo vivido, los cambios propios del pueblo, sus calles, los edificios que había y los que ahora están, con una mirada lírica, de príncipe valiente, que desanda con su madre la distorsión propia de la memoria hasta alcanzar la seguridad del regazo materno, la mirada primera a las cosas todavía sin nombre. El padre es siempre más etéreo, asegura, como San José, pero en cambio la madre… Umbral escribió sobre ella, es cierto, hijo de Greta Garbo, así la encumbraba, y Proust la homenajea al suspirar por su beso antes de dormirse en la primera parte de A la busca del tiempo perdido, cuando lamenta la necesidad de un segundo beso que sin embargo, lo sabe, no lo sentirá igual que el primero.

Las palabras de Pérez Andújar se amplificaban a través de los altavoces, más allá de la Rambleta o los márgenes del río, del auditorio congregado alrededor de la mesa. Allí estaban las madres, la suya, la de Pepe Anta y la de Esmeralda Berbel, atentas a cuanto se podía decir de ellas, a la manera en que siguen interviniendo en los relatos de sus hijos. La de Berbel discrepa de algunos puntos a los que su hija se refiere en Detrás y delante de los puentes, apelando a la verdad como única fuente narrativa. Pero la verdad es demasiado dura, sea buena o mala, es dura y requiere de la ficción. Quién sabe, dice Berbel, si la palabra modificará la agonía. El San Adrián que ella describe es un pueblo obrero, de gente madrugadora y unida, convencida de que esa unión es su fuerza y la manera en que se puede transformar el pueblo, y con él, los puentes que lo comunican con Barcelona. Aquélla era una época en que la gente tenía carácter y por tanto era característica, dijo Pérez Andújar: la vida era dura y la gente estaba llena de cicatrices, iba en serio.

Ambos lo recuerdan como un lugar aislado, sin literatura, en el culo del mundo. Era difícil acceder entonces a la lectura porque no era algo que mamaras; no veías a tus familiares o allegados leyendo, estaban en otras cosas. Esto llegó con nuestra generación, remacharon ambos. Ese salto, que no sólo se dio en San Adrián, sino que fue un cambio propio de una época, se aprecia con todos sus matices en la obra de Berbel y en la de Pérez Andújar, autores que siguen vinculados allí y buscan en las palabras la fábula del espacio en que crecieron. «Los que valen —dice un personaje de Berbel en tono agrio— están condenados a irse de aquí.» Quizá no, quizá la mayor condena está en pensar el futuro lejos del lugar que te vio nacer.

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