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De qué hablo cuando hablo de escribir de Haruki Murakami (Una lectura de Javier Divisa)

Confieso mi resistencia a aceptar que uno pueda escribir bajo otra determinación que no sea la de ser leído, y por tanto con una especial conciencia de escribir para alguien, principalmente por un motivo: la equidistancia entre el escritor y el lector, o dicho de otra manera, en todo escritor subyace un lector. Incluso se habla de una jerarquía de poder de la lectura sobre la escritura, desde la perspectiva del goce, y de igual manera una hipotrofia del músculo de la buena lectura llevaría como consecuencia la misma reducción muscular en la escritura. En cualquier caso, la literatura, la escritura, no va de gente que habla sola.

De no haber sido por los libros estoy seguro de que mi vida habría sido más gris, deprimente incluso, apática. Leer fue una gran escuela, ese lugar construido especialmente por y para mí, donde aprendí muchas cosas importantes de la vida.

Al margen de aquella primera experiencia con la escritura, nunca he sentido la necesidad ni me he planteado cuestiones peliagudas como quienes leen mis novelas, si les gustará lo que escribo o si entenderán lo que pretendo decir en determinada obra. Es así de simple.

Creo por otra parte, que en el hecho de escribir se oculta una intención de curación de mí mismo.

Establece Murakami una serie de figuraciones que bien podíamos presagiar siguiendo los preliminares de su obra; las contingentes y eventuales relaciones de la literatura con el jazz, incluso con su bar de jazz y las consecuencias para su escritura que tuvieron la buena marcha del negocio, la cancelación de sus deudas (como un Honoré Balzac de la vida) y la obtención del premio Akutagawa, cosa que parece alegrarle como resorte de lanzamiento y al mismo tiempo le causa cierta indolencia, si la miscelánea de ambas posibilidades fuera posible, que parece ser, lo es (de hecho cuestiona la conveniencia, eficacia y arbitrariedad de los premios literarios). También desarrolla su amor a autores como Joyce, Hemingway, Carver, Chandler, Dostoievski, Trollope y Kafka, y niega su pertenencia al club de los artistas, a toda suerte de malditismo, psicotrópicos, alcohol y antidepresivos y se convierte en una especie de burócrata, de funcionario de la literatura, con sus diez páginas diarias, su horario de fichar, y su espacio lúdico de runner y nadador (como Kafka en el Moldava). Por tanto no vamos a encontrar en Murakami las evidencias obsesivas y efectistas de Bukowski con todo su alcohol y sicalipsis, ni una bohemia de orines y cristales reventados. Murakami se siente culpable tomándose una cerveza por la tarde, come ensaladas, hace deporte y posiblemente sobrepase el siglo de vida. A partir de la premisa  de la vida saludable y provechosa nos plantea, entre otras, estas digresiones: ¿Qué es la originalidad?, ¿qué escribo?, ¿cómo afrontar la escritura de una novela larga?, ¿qué rituales rodean la escritura?, ¿para quién escribo?, ¿qué personajes crear?

Curiosamente en literatura, cuando hablamos de libros, es habitual la apariencia de que las novelas, los ensayos no nos van a ofrecer respuestas sino que nos van a hacer preguntas, pero a su vez se establece en el acto narrativo una situación hegemónica del escritor. Soy yo el tipo que tienes en tus manos, yo escribo, tú lees, tú atiendes, tú verás. Si bien, en esta obra de Murakami, considero, se abordan preguntas retóricas, y no creo que tengan una respuesta concreta y específica, de hecho el autor nos expresa con cierta reincidencia algo parecido a: a mí me ha ido bien haciéndolo así, pero tú haz lo que quieras. Del mismo modo, si un libro es realmente magistral, siempre va a saber más que el lector, incluso más que su propio autor, estableciéndose en este punto la delimitación de lo brillante. Entonces, ¿qué es un libro de preguntas? si las preguntas no son fútiles, se supone que serán preguntas difíciles de responder para el lector, y realmente Murakami (confío) no nos estás respondiendo, nos está enseñando hacer preguntas. De qué hablo cuando hablo de escribir es el libro que tú decidas, pero también es el libro que dictamina las preguntas si decides probar suerte en escribir novelas. En mi opinión, en literatura hay que determinar, a bastante distancia de la erudición, una posición entre el talento y la inteligencia, la hegemonía de la fuerza creadora sobre la subsistencia de la erudición o fuerza cultural.

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