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Mircea Cărtărescu: la autoficción como espejo fantástico, por Pedro Pujante

Quien se haya acercado a los libros del autor rumano Mircea Cărtărescu estará de acuerdo en que su obra se configura como un tapiz rico en matices, significados y fuerza expresiva. Además de un estilo abigarrado y muy personal que consigue trasmitir todo un mundo interior de imágenes pletóricas, sueños e imaginación desquiciante, Cărtărescu logra pergeñar unos argumentos complejos, imbricados y nebulosos, pero sólidos, refulgentes y oníricos, que a la vez nos aluden y nos reconcilian con nosotros mismos, con nuestra más cercana realidad interior: la infancia remota, la melancolía de los recuerdos perdidos del pasado, la pulsión de una vida exuberante, las calles de una ciudad intranscendente, el amor por la literatura,  la capacidad de convertir en realidad el material de los sueños o la existencia como tejido narrativo en perpetuo movimiento…

En el libro de relatos Nostalgia, concretamente en  REM y Los gemelos recorremos junto a sus protagonistas espacios mitificados de la memoria, mundos  que cartografían áreas pertenecientes a ese territorio interior y fronterizo con la pura fantasía: el sueño, la imaginación, el delirio y la ficción literaria como puerta de acceso al otro lado de las cosas.

Los elementos fantásticos en la obra del autor rumano están inscritos en una literatura de vanguardia que bebe del Onirismo (corriente que marcó a su generación), del Realismo Mágico, del Romanticismo (Mircea Cărtărescu no ha dudado en definirse como neorromántico) y de la propia construcción de un yo (ficticio, especular) por medio de elementos tanto autobiográficos como fantásticos. Si no me incluyo en la narración, es como si no estuviese acabada, ha llegado a explicar respecto a su obra. Las fronteras entre los sueños y la vigilia, entre lo lógico y lo imposible, entre la realidad y la pura quimera son desbordadas en la obra de Cărtărescu. Lo fantástico no es un mero rasgo característico de su novelística. Es una forma de mirar abarcadora, proteica y natural, un modo de conformar la siempre compleja realidad. ‘Lo que busco es desenmascarar la realidad’, confiesa el autor rumano. Los sueños y la experiencia vital se confunden y se alinean en un mismo plano secuencial narrativa (por parte de los personajes) y vivencialmente (por parte del autor/narrador). Al igual que su conciudadana Ana Blandiana, Mircea Cărtărescu disecciona la realidad a través de imágenes elaboradas que rescata de los sueños, unos sueños que sin duda son más fecundos por esa realidad atroz y represora que el régimen dictatorial de Ceaușescu les hizo vivir a los de su generación. Así, el sueño, el relato onírico, ha servido para restablecer y enmascarar esa parcela de realidad que las circunstancias políticas y sociales no permitían expresar, vivir.

Cărtărescu reactualiza los viejos topos literarios. Por ejemplo, el tema del Doble es tratado de un modo original. En Los gemelos las metamorfosis, la fractura de la identidad, el travestismo, la locura y la ensoñación se entremezclan formando un lírico, tenebroso y desolador, pero vívido, íntimo y de enorme plasticidad, fotograma del alma humana contemporánea. La vida onírica, asimismo, es experimentada por los protagonistas del relato con tanta intensidad que incluso para los lectores-testigos resulta difícil colegir si estos sueñan o están despiertos, sin transitan por una Bucarest de pesadilla ficticia o si la vigilia se ha contaminado por lo fantástico hasta anegarlo. Y por otro lado, los recuerdos están teñidos por un éter tan tenue, que los transmuta en sueños fantasmagóricos de una memoria mixtificadora.

El giro metaliterario

Los límites entre la realidad extratextual y el propio artefacto narrativo son socavados constantemente en la obra de Mircea Cărtărescu.  En la nouvelle REM, él mismo se introduce y se autorretrata, junto a sus propias criaturas, incluso dentro de las pesadillas de estas, como la Alicia del cuento de Carroll que sueña con un rey que la está soñando a ella, en un bucle infinito.

En la obra de Cărtărescu, de indiscutible cuño posmodernista, es una constante esa presencia y visibilidad del autor. Tanto en REM como en El Levante o en Los gemelos la relación con la propia literatura por parte de los personajes es más que evidente. En REM el último sueño, de la serie de siete que conforma el relato, enfrenta a la niña Nana con su propio futuro creador. Recordemos que en este último episodio onírico Nana accede a una sala en la que un joven –cuya descripción coincide con la del propio Mircea Cărtărescu- está escribiendo un texto titulado REM. Además, cuando Nana lo lee, descubre que en él está descrita toda su historia. El relato dentro del propio relato, mise en abyme, que está a su vez dentro de un sueño de la protagonista. Reminiscencias de los cuentos de Lewis Caroll, de Las mil y una noches o de las antifábulas autorreferenciales y metanarrativas de Jorge Luis Borges.

Vali, el interlocutor de la narradora Nana en REM es, a su vez, una especie de alter ego del autor. De hecho se nos dice que llegará a escribir un relato titulado El Ruletista, pieza que se halla en la misma antología que incluye REM: Nostalgia. Además, el gigante Egor, uno de los personajes fantasmales del relato, también revela a la niña que es un escritor, que, en sus propias palabras, no puede evitar serlo.

En Los gemelos, el joven Andrei es también un letraherido, amante de la poesía que pasa todo su tiempo enfrascado en sus poemas, en sus ensoñaciones literarias. Otra vez, Mircea Cărtărescu se sirve de los  evanescentes mecanismos de la autoficción para dibujar su aparente imagen especular como  caricatura literaturizada, en una especie de acercamiento del autor a sí mismo mediante la ficción, un deslizamiento hacia el lector y sus propias creaciones. Sus personajes –incluido el propio narrador– actúan pues como  anclajes a través de los cuales el propio autor se inserta en la trama, en el discurso de ficción.

Este juego metaficcional, muy común en los autores posmodernos, no es nuevo en sí mismo. Dante construyó su Divina Comedia, eligiendo a su propia persona como protagonista. Pero no será hasta el siglo XX cuando la metaliteratura cobre estatus de categoría literaria, siendo quizá el Quijote, el antecedente más significativo de esa cosmovisión en la que el autor y su obra están incluidos en la propia obra.

Resulta interesante recordar, que al igual que el autor rumano, tanto Jorge Luis Borges como Julio Cortázar, se han valido de este giro autoficcional, para amplificar el radio de acción de sus obras, y de algún modo, subrayar ese acento fantástico, provocando la ruptura de fronteras entre realidad y ficción literaria, entre texto y lector.

En Borges, por ejemplo, el autor se ha fotografiado a sí mismo en numerosas ocasiones. A veces con su propio nombre, otras mediante un sutil heterónimo. Incluso, en una postura alegórica y fantástica al mismo tiempo, ha pergeñado obras en las que se ha enfrentado dialécticamente con su propio doble: “El otro” y “Veinticinco de Agosto, 1983”, son dos buenos ejemplos.

El hecho fantástico se subraya al desdibujar las fronteras de la ficción, y ampliar el radio de acción del propio texto más allá de sí mismo. Lo fantástico, sin embargo, parece no existir si no es dentro de la ficción, como bien apunta Bozzetto. Quien escribe: ‘Lo fantástico es texto. (…) Lo fantástico solo existe en la realidad en estado incipiente y su existencia es efímera.’  No obstante, la idea de que un narrador externo –aunque solo tengamos constancia de él mediante su inclusión en el mismo texto- escriba y viva fuera del relato, parece generar, en los lectores inmersos en la lectura, una inquietud, y la impresión de una suprarrealidad que sobrepasa el propio acontecimiento literario interno.

La escritura, al final, es el único salvoconducto válido para hacer que el acontecimiento fantástico transite desde lo incógnito y privado de las propias presunciones del artista hasta ese universo vivencial y compartido por los lectores, los receptores últimos que habitan el mundo de afuera. Y eso lo sabe muy bien Cărtărescu,  como lo supieron Borges y Cortázar. Por ello han recurrido a la autorreferencia, porque así, incluyéndose a sí mismos y al mismo acto literario en sus novelas y cuentos, consiguen perpetuarse, mimetizarse con el tejido ficcional, trasgredir los límites de la ficción y prolongar su efímera existencia material mediante la inmortal fantasía literaria.

 

 

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