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Adelanto de La risa final, de Fernando Royuela

“Una novela histórica ambientada en la turbulenta época
de la invasión francesa a España, protagonizada por una mujer fuerte, ingobernable y bienhumorada”, esta es la propuesta de “La risa final” (Harper Collins, 2018), la nueva obra en clave paródica de Fernando Royuela (Madrid, 1963).

Vaya aquí, a modo de adelanto, estas primera líneas de la novela.

PREFACIO

Un estrépito de cascos rugía monte abajo. El polvo que los ca- ballos levantaban impedía distinguir con claridad a sus jinetes. Martinejo, guiado tal vez por el instinto de supervivencia, corrió a esconderse detrás de unos árboles. Nada evidente le hacía presagiar peligro, pero un calambre de temor le sacudió las tripas al divisar a aquella gente al galope. Miró a través de las ramas perfiladas de verde por el inicio de la primavera. Corría el mes de abril y, después de un invierno riguroso, se agradecía lo templado de los vientos que bajaban remolones de la sierra. La nube de polvo seguía galopando por el camino. Cada vez estaban más cerca. Parecía un rebaño en estampida, toros bravos presa del pánico, pero conforme se fueron aproximando a Martinejo no le cupo duda de que eran soldados. Algo extraño había, sin embargo, en su atuendo: iban vestidos con corazas bruñidas, calzones blancos de abotonadura lateral, botas de caña y morriones relucientes acabados en chascás con unos adornos de plumas jamás utilizados por el ejército español. Uno que cabalgaba en cabeza llevaba ondeando una bandera roja, azul y blanca que Martinejo no supo reconocer. Su apostura resaltaba sobre el resto de los soldados, aunque el aspecto de la formación era también de admirar. A juzgar por los resoplidos de los caballos, debían llevar varias horas de marcha. ¿De dónde vendrían aquellos hombres? ¿Por qué cabalgaban por un lugar tan apartado de las rutas principales, por un camino apenas frecuentado por las diligencias o los correos, útil si acaso para que lo transitase algún buhonero, ca- mino de Nájera o Ezcaray? Como todos los miércoles Martinejo acudía a la casa de Juan Bautista a recoger la puesta de huevos de las gallinas y algún cántaro de leche de cabra que su esposa hubiera ordeñado de más. La casa del pastor distaba un par de leguas, pero saliendo temprano le daba tiempo a estar de regreso en el pueblo al caer la tarde. Allí vendía a un despensero los huevos de las gallinas de Juan Bautista y la leche ordeñada por su mujer. La caminata le compensaba. Juan Bautista tenía un corazón generoso y siempre le entregaba algunos reales de propina. La mujer le daba también un panecillo candeal y un pedazo de queso del que ella hacía con leche de cabra para que entretuviera las tripas de regreso. Tenía la cara guapa y el cuerpo moldeado con esa frescura dichosa que da la juventud. Era un matrimonio humilde, pero feliz.

Vivía de las ovejas, de las cabras, de las gallinas, de los animales de corral y de lo poco de hortalizas que la huerta les daba: nabos, tomates, patatas, berzas y algunas judías si el pedrizo era benévolo y la cosecha no se echaba a perder. Juan Bautista era pastor, como su padre y su abuelo lo habían sido antes. Salía al alba con las ove- jas y volvía al cabo de unos días tras tenerlas pastando por las dehesas de allende las sierras. Era hombre fornido y la vida recia de los montes no le incomodaba lo más mínimo, al contrario, le encantaba el oficio de pastor. Se sentía feliz a solas con el canto de los pájaros y el sonido del aire acariciando al atardecer las copas de los chopos por las márgenes de los riachuelos y el pecho se le llenaba de una sensa- ción de plenitud inexplicable, como si Dios hubiese puesto el mun- do de aquella forma solo para su personal contemplación. Por la noche dormía al raso envuelto en una manta de lana torda que había sido de su padre. Miraba las estrellas y aquella sopa inexpli- cable de fulgor y negritud le azuzaba el pensamiento con las pre- guntas más hondas que asolan a los hombres desde el comienzo de

los tiempos: «¿Qué habrá allá arriba que sostenga tanto lucero? ¿Andarán los ángeles detrás de la bóveda celeste mirando cómo nos comportamos en la Tierra? ¿Querrá Dios llevarme junto a él cuan- do me llegue la hora de la muerte?». Pero aún faltaba mucho para eso. Era joven y su mujer hacía tan solo cinco meses que había pa- rido un niño sano: Rafael, su primogénito. El presente era halagüe- ño y el futuro tampoco variaría mucho su rutina, la de salir con las ovejas, sembrar las semillas en otoño y aprovechar las largas noches de invierno al calor de la hoguera, con su familia, en paz. No nece- sitaba mucho más para entender el mundo. Tampoco tenía otra ambición que la de estar a bien consigo mismo. Ni tan siquiera vivir en el pueblo junto al resto de vecinos era algo que desease. La gente poco tenía que aportarle a su felicidad. Él solo se bastaba. Cuando el niño creciera ya le ayudaría con la faena. Tenía pinta de ir a salirle fuerte. Además, pensaban tener toda la descendencia que Dios quisiera darles. Los hijos son la bendición de los padres, el fruto que avala la perpetuación de la especie. Juan Bautista creía en la tradición. Su padre, al morir, hubo de dejarle en herencia el reba- ño que él, ya desde mozo, le ayudaba a cuidar. Su abuelo había hecho lo mismo con su padre y Juan Bautista lo repetiría con su hijo. Así debía ser. La tradición era, sin duda, la ley de Dios.

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