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Aquí y ahora 32 (Diario de escritura), por Miguel Ángel Hernández

Lunes 27 de febrero

Te despiertas a las tres y media de la mañana y ya no puedes dormirte. Estás inquieto y no sabes por qué. En el duermevela se te ocurre un ensayo sobre crítica de arte y afectividad. En los últimos años has escrito varios textos sobre arte desde un punto de vista afectivo y personal, en los límites de la academia, entre la literatura y la crítica de arte. Te levantas, te sientas frente al ordenador, los buscas y los ordenas. Varias horas después has armado un pequeño libro. Una mezcla extraña. Yo también estoy en la imagen (y el mundo), lo titulas. Aún no sabes si tiene algún sentido.

Con sueño, reuniones hasta el mediodía. El máster de cultura visual se va gestando poco a poco. El papeleo es de pesadilla.

Por la tarde, entierro en la capilla del tanatorio. Todo es frío, triste y extraño. Llegas a casa y caes rendido a la cama. Te quedas ahí hasta la noche.

 

Martes 28 de febrero

Escribes el diario en cuanto te levantas. Después, comienzas a reformar el ensayo para el reader sobre arte y temporalidad para Routledge que tenías que haber entregado el 1 de enero. Los e-mails de los editores del libro ya han dejado de lado la amabilidad.

Comida con Leo y José María. Habláis de fútbol y literatura. El vino se te sube y tienes ganas de seguir. Pero te quedas solo. De camino al despacho de la universidad te encuentras con Isabel y acabáis preparando un proyecto editorial. Como si no tuvieras cosas que hacer.

A las ocho, diálogo en el Museo Gaya con Manuel Páez. Quedas con él una hora antes y os tomáis varias cervezas para intentar que la conversación sea llevadera. No tenéis ni idea de lo que vais a decir. Después del gin-tonic estás animado y ya nada importa. Te sientas frente al público y comienzas a improvisar. Por alguna razón, sale perfecto. Estás lúcido y te vas gustando conforme avanza el acto. Manuel te sigue el ritmo y parece que llevaseis preparando el diálogo varias semanas. Esta vez ha habido suerte.

 

Miércoles 1 de marzo

Continúas trabajando en el texto del reader para Routledge. Todo te suena a impostura. Te cuesta trabajo volver a ponerte en modo académico, pasar las citas al estilo Chicago, buscar los giros y las convenciones de género… se te hace demasiado cuesta arriba.

Reunión de coordinación de curso. Tiempo perdido.

Comienzas a leer Incertidumbre, el libro de Paco Inclán que ha publicado Jekyll & Jill. Es una locura maravillosa. Un libro extrañísimo que no puedes dejar hasta acabarlo. Divertido, ingenioso, pura antropología surrealista a medio camino entre la crónica, el diario de viaje y la narración inspirada en hechos reales. Te ríes a carcajadas con la investigación sobre el cruising en torno a la figura de Julio Verne, con el momento en que el autor eructa en un campamento de refugiados para comprobar si es cierta la leyenda de que eso es un gesto de buena educación y, sobre todo, lloras de risa con el análisis de la munificencia de una familia de chile que lleva la generosidad al límite de lo peligroso. La segunda parte de libro, el diario de campo de un proyecto de psicogeografía rural, es magistral. Debord y el situacionismo, Bourriaud y la estética relacional…, las referencias del arte llevadas al ridículo y al mismo tiempo puestas en movimiento. Terminas el libro como fan absoluto de Paco Inclán. No habías leído nada de él. Pero a partir de este momento ya es para ti una referencia ineludible.

 

Jueves 1 de marzo

Llegas a clase directamente desde la barbería, con la barba recortada y llena de aceites. No dejas de olerte mientras hablas sobre Baudelaire, la figura del dandi y el cuidado de sí.

Por la tarde, logras terminar el texto para el reader y lo envías al traductor. Al final has tardado menos de lo que habías previsto. Tenías dos opciones: hacerlo bien o hacerlo mal. Hacerlo bien significaba varios meses más de trabajo. Hacerlo mal era retocar algunas cosas y esperar que no se notase demasiado. Has optado por lo segundo. Tricotar. Escribir con cinta americana.

 

Viernes 2 de marzo

Dos horas de clase sobre la pintura de Manet y los impresionistas. Hoy sientes que conectas, sobre todo cuando explicas Le Déjeuner sur l’Herbe y hablas de los géneros de la pintura y de la modernidad del pintor. Acabas la clase con la impresión de haber enseñado algo. Lo has escrito más veces, dar clase no es tu vocación. Pero es cierto que, en ocasiones, la docencia te da vida.

En casa, mientras comes, llaman por teléfono. Es la policía. Llaman también a Raquel. Al móvil y al fijo. Una mujer ha encontrado las llaves de tu moto puestas y, en un arrebato de buena voluntad, ha decidido que las va a dejar en la comisaría de la ciudad. Les dices que probablemente las habrás olvidado, sí, pero que la moto la tienes junto a tu casa y que sería mejor que no las llevara a ningún sitio. El policía consigue localizar a la mujer después de varias llamadas y la convence para que espere ahí y no vaya a ningún lugar. Mientras tanto, los teléfonos siguen sonando. La policía también ha llamado a la Julia y está asustada. Raquel logra calmarla y tú bajas al encuentro de la mujer de las llaves. Está delante de tu puerta, junto a la moto. Al verte te dice: ¿Eres el escritor? Sí, contestas, y te quedas pensativo unos segundos. Le preguntas que cómo sabe eso y te dice que se lo ha comentado el del bar: “la moto es del escritor” –después sabrás que, tras discutir con él, no ha querido dejar allí las llaves y se ha empeñado en llamar a la policía para asegurarse–. Antes de darte las llaves, comienza a hacerte preguntas extrañas: Escritor, dice, qué extraño, ¿no? ¿Se puede vivir de escritor? ¿Qué tipo de libros escribes? ¿Dónde puedo leer algo tuyo? Se te van diez minutos contestando e intentando zafarte de ella. Estás agradecido, claro, pero se te enfría el arroz. Piensas en el concepto de munificencia sobre el que has leído en el libro de Paco Inclán. Una generosidad y amabilidad que está en el límite de lo siniestro.

Por la noche, quedas con Marta y varios amigos en el Ficciones. Habláis de cine y rápidamente se te suben las cervezas. Después, cenáis en el mexicano y no perdonas la margarita, la clamatada y el tequila. Tampoco los gin-tonics en el Bizz’art. Allí te encuentras con La Mano Robada y con Alberto y Basilio. Todo es alegría y amistad. Cuando Rubén pincha Chvrches recuerdas momentos de felicidad intensa. Momentos felices como los de esta noche, como todo lo que ocurre después.

 

Sábado 4 de marzo

Por la mañana, sin embargo, llega lo real. Y todo se rompe. En un segundo, el mundo se nubla. Regresa lo imposible. Y lo imposible trae la tristeza. El dolor, la pérdida, la nostalgia del paraíso. Una pequeña muerte.

Vas a necesitar tiempo. Mucho. Demasiado.

Ahora no sabes qué hacer. Tú, que tienes respuesta para todo, sientes que se han ido todas las palabras, todas las teorías, todas las ideas. Lo real hace trizas el mundo. Eso, al menos, sí que deberías haberlo sabido.

 

Domingo 5 de marzo

Comienzas a preparar tu intervención para Modern Sensibilities, el encuentro que tienes en dos semanas en el Museo Munch de Oslo. Vas a hablar sobre Munch, Flaubert, Mieke Bal y Knausgard. Soledad, emociones e intimidad.

Limpias la mesa de tu despacho y sitúas sobre ella todos los libros. No sabes aún por dónde empezar. Sigues perdido y sin poder concentrarte demasiado. Te sumerges en las cartas de Flaubert a Louise Colet. Amor y literatura. Tu vida en este momento.

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