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Aquí y ahora 34 (Diario de escritura), por Miguel Ángel Hernández

Lunes 13 de marzo

Sigues enfrascado en la conferencia de Oslo. Estás paralizado. Miras el calendario y te entran los nervios.

Llueve y hace frío. Se te escapa el autobús y tienes que coger la moto. Llegas helado y empapado al Loft 113. María José os ha regalado a ti y a Leo un doble retrato, fotográfico y en plumilla. Posas para la cámara de Miriam Calero como si fueras a salir en una revista de moda. Y después, en el sofá, para Katarzyna Rogowicz como si fueras un miembro de la realeza. Es toda una experiencia.

Al salir, sigue lloviendo y se te quiebra el paraguas. Te mojas tanto que tienes que volver a casa a cambiarte de ropa. Incluso los calzoncillos se habían empapado.

Por la tarde, en el taller literario, continúas con el tema de los diálogos. De nuevo tienes la sensación de hablar demasiado. Demasiada teoría. Acabas reventado, como si hubieras estado levantando pesas (algo que hace tiempo que ya no haces).

 

Martes 14 de marzo

Toda la mañana de tutorías. Parece la cola del médico. Los tefegés te están volviendo loco. Siempre alguien necesita algo. Es la tarea de Sísifo.

Por la tarde, jurado de la convocatoria de jóvenes comisarios del Centro Párraga. Los proyectos tienen calidad y os cuesta decidir. Pero, afortunadamente, estáis todos de acuerdo y acabáis pronto. Al llegar a casa, escribes el diario sin saber demasiado bien lo que vas a decir. Esta semana ni siquiera has apuntado lo que te ha ido sucediendo. Lo escribes todo de un tirón como si fuera un relato.

En la televisión, hablan del retrato del exministro Wert. No te asombra el precio (20.000 euros; hay otros más caros), sino la propia idea de un retrato oficial como muestra de poder y memoria de quien lo ha ejercido. Sin lugar a dudas, a esto es a lo que Ulrich Beck llamaba “prácticas zombi”, reverberaciones de un tiempo pasado que siguen en el presente sin más función que recordar el lugar del que vienen. Un lugar que, sin embargo, no se ha ido del todo. Que los dirigentes políticos se retraten como los antiguos soberanos y cuelguen sus rostros en los pasillos y despachos da cuenta de lo poco que han cambiado algunas cosas.

 

Miércoles 15 de marzo

Temprano, tutorías en el campus de la Merced. Después, dos horas de clase en el campus de Espinardo. Hablas del simbolismo y la reacción al cientifismo del siglo XIX. Mencionas a los prerrafaelistas, a los Rosacruces, a los góticos y a los artistas fascinados por lo oscuro. Es uno de los temas que más disfrutas. Una época que te sigue seduciendo.

Por la tarde, logras encerrarte a preparar la conferencia de Oslo. Continúas paralizado. Es el inglés, por supuesto. Pero es también la responsabilidad de compartir panel con intelectuales que admiras. Griselda Pollock, Jonathan Culler y Mieke Bal. Quizá también esté Knausgård Por momentos, piensas seriamente en fingir que estás enfermo y decir que no puedes ir. Te está superando la responsabilidad. Sobre todo, porque lo que en realidad deseas, por encima de cualquier otra cosa, es poder regresar a tu novela (hace un mes que terminaste el primer borrador) y volver a sumergirte en la historia que de verdad te importa. Todo lo demás es una barrera. Y esta es una bien alta.

A media noche encuentras al fin la estructura de la conferencia. Ahora te falta escribirla y traducirla al inglés. Miras una vez más el calendario. Una semana. No vas a tener tiempo.

 

Jueves 16 de marzo

En clase, acabáis por fin la lectura de El pintor de la vida moderna. Dedicas casi toda la hora al modo en que la mujer es tratada por Baudelaire. La parte dedicada a la mujer y a las cortesanas no pasaría hoy el filtro de lo políticamente correcto. Argumentas que hay que leer a Baudelaire con los ojos del pasado, pero también hacerlo desde el presente, de modo crítico, intentando desactivar los elementos que perpetúan la visión de la mujer como musa, objeto, bello animal o mero lugar de reflexión e inspiración para los artistas. Hoy ya no es posible repetir esas ideas como si fueran algo neutro; sobre todo porque, en cierto modo, siguen operando en nuestros días. Las mismas ideas, los mismos discursos, la misma visión romántica y heteropatriarcal de la creación.

Por la tarde, clase en el taller. Por alguna razón, te sientes más cómodo que el lunes pasado. Cuentas incluso algún chiste. Terminas justo para llegar a la presentación del libro de Rafael Fuster en Art Nueve. Es un libro-objeto que sigue la lógica de sus esculturas en hierro: la puesta en cuestión de la visión. Lo que parece cartón y papel arrugado es, en realidad, hierro. Un trampantojo que cuestiona el ilusionismo y nos hace constantemente querer tocar lo que vemos. En el acto tienes que hablar y presentar el libro y la exposición. No has preparado absolutamente nada. De hecho, tienes la cabeza en otra parte. Sin embargo, cuando llega tu turno, el piloto automático habla por ti y explica la exposición y el libro como si lo hubieras estado preparando toda la tarde. Te das miedo. Después, tomáis unas cervezas y todo se vuelve reencuentro.

De vuelta a casa, para intentar sortear un atasco, circulas unos metros en moto por la acera y un policía te llama la atención por falta de civismo. Consigue avergonzarte.

 

Viernes 17 de marzo

Por la mañana, dos horas de clase intentando definir el concepto de “vanguardia”: experimentación, transgresión, ruptura de lo establecido, creencia en el progreso, sentido de grupo, definición nueva de arte, alejamiento del público… Después, tomas unas cervezas con algunos alumnos y casi te llegan a convertir al veganismo.

Continúas con la conferencia de Oslo y lo que vas escribiendo parece que tiene algo de sentido: la idea de la exposición como dispositivo crítico a través del cual pensar el mundo a través de la experiencia estética.

A finales de la tarde, Eduardo Balanza presenta el primer número del fanzine Frente Electrónico Unido. Has colaborado con un texto del que estás orgulloso. El acto es en el bar El Congreso, un tugurio que se cae por todos los lados, pero donde los modernos parecen encontrarse a gusto. Al terminar, la cena y el vino traen la felicidad. O su imagen. O algo que se le parece demasiado. Disfrutas de lo fugaz, intentas apresarlo en tu retina. De nuevo, es puro presente, intenso, lleno, cargado de sentido.

 

Sábado 18 y domingo 19 de marzo

Te encierras en el despacho y prácticamente no te mueves de ahí hasta el domingo a las tres de la madrugada. Escribes la conferencia y la traduces al inglés. Tienes en todo momento la sensación de que regresas a la impostura. No es lo que quieres hacer. Y eso se nota en la escritura, en la artificialidad de los argumentos, en el uso de clichés y fórmulas manidas. Pero tienes que salir del paso, pasar el mal trago. Es la segunda vez en poco tiempo que vuelves a sentirte así, haciendo las cosas por mero compromiso. Tomas entonces la decisión. En cuanto regreses de Oslo se acaba este disparate. Asertividad. No es no.

 

1 Discussion on “Aquí y ahora 34 (Diario de escritura), por Miguel Ángel Hernández”
  • Dice el autor del diario: La parte dedicada a la mujer y a las cortesanas no pasaría hoy el filtro de lo políticamente correcto. ¿De verdad le parece a usted eso lo más relevante de ese texto? El tema es peliagudo. Le doy mi opinión, si me lo permite: Si acatamos esa nueva inquisición (si la acatan los “artistas” y sobre todo los escritores), se acaba el “arte”, la literatura, la poesia, la Historia y hasta el Sursum Corda. No hay un gran escritor que no sea politicamente incorrecto, y cuanto más lo sea más lejos llega o ha llegado en la compresión de la naturaleza humana. Desde Homero hasta Cervantes pasando por Kafka, Joyce, Fawlkner, Celine, Borges, el mismo Baudelaire, Rimbaud, todos ferozmente incorrectos, según esa nueva policia del pensamiento único.

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