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Aquí y ahora 36 (Diario de escritura), por Miguel Ángel Hernández

Lunes 27 de marzo

Sigues sin ver bien por el ojo derecho. En una semana apenas has mejorado. Nada más levantarte, tienes cita con el dentista. Quizá en el fondo sea un problema odontológico. Te revisa y dice que no tienes nada inflamado. Eso sí, necesitas con urgencia ponerte unas prótesis y unos arreglos que te van a costar un ojo de la cara. El otro ojo.

Al salir, acudes al médico de familia para que te vea los orzuelos que te han salido y te dé la baja unos días. Con las pupilas dilatadas no puedes leer, escribir, ni prácticamente salir de casa. Te dice que todo está bien, que eso no es nada y te cambia las gotas que te dilatan las pupilas por un ungüento para el orzuelo. Así al menos podrás leer y ver el mundo, dice. Le haces caso, aunque tienes la sensación de que no se entera de nada.

Por la tarde, pasas tres horas en la quiropráctica. Te estira, te pone agujas por todo el cuerpo, te sangra los meridianos y te llena las orejas de imanes. Sales de allí medio zombi y sin saber muy bien ni la hora que es. Imprimes los billetes de tren para el día siguiente y caes a la cama como si te hubieran dado una paliza.

 

Martes 28 de marzo

Murcia-Madrid por la mañana. Escribes de un tirón el diario de la semana y dormitas el resto del viaje. No ves bien, pero al menos ya no llevas la pupila dilatada. Llegas a Madrid con el tiempo justo de comer, buscar una farmacia para comprar más gotas para los ojos y ducharte.

A las cinco, charla en la Fundación Juan March dentro de los Encuentros Colecciona. No la has anulado porque hablas como escritor y eso te sigue pareciendo más placer que trabajo. Además, lo organiza Chema de Francisco, que es un lector voraz y disfruta como pocos de las novelas sobre arte. En la Fundación te encuentras con algunos amigos que se han acercado a escucharte. Están Eduardo, Javier y Marina. Te alegras de verlos. En la mesa dialogas con Díaz Guardiola y Diego Casillas. La charla es amena, aunque al final se habla más de arte que de literatura.

Al terminar, cena agradable con Chema y Rafa. Acabas pronto y decides acercarte tú solo a tomarte una copa al José Alfredo, intuyendo que seguro que te encuentras a alguien en el bar. Allí está Soto, Daniel y el periodista que entrevistó a Paesa. Después llega Paco y, más tarde, Leo, el cantante de Nudozurdo, de quien eres fan declarado. Os quedáis los dos solos y te dice que está leyendo a Càrrere y que le ha encantado Una novela rusa. Lo que te faltaba para rendirte a sus pies. Habláis de su nuevo disco y quedáis en contacto para la próxima vez. Al salir, te topas con Juan y le dices que tienes unas ganas inmensas de ponerte con su nueva novela. Madrid es un pañuelo. A cierta hora, en ciertos sitios, es difícil no conocer a nadie.

 

Miércoles 29 de marzo

Despiertas lúcido y sin resaca. Desayunas en el hotel y, antes de coger el tren de vuelta, te arruinas en La Central de Callao. Durante el viaje a Murcia no te puedes dormir y lees prácticamente de un tirón Canción dulce, la novela de Leila Slimani que ha ganado el Goncourt. Descansas la vista cada cierto tiempo. Aun así, durante las cuatro horas de tren logras acabártela entera. Al cerrarla no tienes claro si te ha llegado a gustar, si es una obra maestra o una novela fallida. El final lo rompe todo. Son los peligros de crear tantas expectativas. Uno de los mejores principios de la literatura y un desarrollo in crescendo que, por alguna extraña razón, se acelera y acaba en un lugar inesperado, un cambio de narrador que no llegas a comprender. En ocasiones, un mal final se puede cargar una gran novela. Y al revés, un buen final puede llegar, si no a arreglarla, sí que a justificarla. Es el sabor de boca con el que uno se queda al terminar. Lo que uno recuerda, para bien o para mal. Hay que saber acabar, tanto o más que empezar. Es lo que uno le debe al lector. Si el principio es seducción, flirteo, el final es recompensa, gratitud por el camino conjunto.

Nada más llegar a Murcia, tienes cita con otro oftalmólogo para tener una segunda opinión. Te examina y dice que no ve nada, que el ojo está bien y que no hay nada inflamado. Tú, sin embargo, sigues viendo borroso. ¿No será el orzuelo?, preguntas. No, contesta, de ninguna manera, el orzuelo no causa pérdida de visión. No sé, concluye el oculista, es todo muy extraño. Pues si no lo sabe usted…, acabas diciendo, apañados vamos.

 

Jueves 30 de marzo

Pasas la mañana corrigiendo la novela en sesiones de media hora hasta para descansar la vista. Te cuesta coger el tono. Vas más lento de lo que habías imaginado. Hay párrafos que te toman todo el día.

Condenan a una tuitera por tuits sobre Carrero Blanco. Es un disparate mayor, por todo lo que supone. El debate es triple: el primero es el de los límites del humor –que es también el de la libertad de expresión–; el segundo, el de la vigencia de la historia y las instituciones franquistas en el presente; y el tercero, tan importante como los otros, el del uso responsable de las redes sociales. Twitter es un espacio público y lo que se dice ahí tiene consecuencias. Más que nunca es necesaria una educación sobre los usos de las redes, los límites y las complicaciones. La gente utiliza internet como si fuera una autovía sin normas. Y en un espacio social hay leyes que –con independencia de lo justas o injustas que sean– es necesario conocer.

Conferencia de Joan Fontcuberta en el Cendeac. Disfrutas cuando asistes como público y sin la presión del organizador. Y en esta conferencia aún más. Fontcuberta habla de la postfotografía y muestra la obra de artistas que trabajan con Google Street View y otras imágenes digitales. Desde luego, más que nunca, el mapa, la representación, es mayor que el territorio.

Después celebras con Leo su cumpleaños y te pasas por los conciertos de las fiestas de Filosofía en Revólver. La noche no se alarga demasiado.

 

Viernes 30 de marzo

Visita con los alumnos varias exposiciones en la ciudad. Muchos de ellos jamás habían entrado en una galería de arte. Al final, parece que la experiencia es productiva. Sin duda, es así como mejor aprenden a entender el arte, viéndolo en el espacio real. Después, con los que han resistido al final, tomas unas cervezas cerca de la universidad. Habláis de los límites de la libertad de expresión, del caso de la tuitera murciana, de las redes sociales, de los temas que realmente les importan. Sientes que eso también es decencia, que ahí también se aprende y se enseña. En las conversaciones más allá del aula. También eso es la universidad. Quizá eso más que otra cosa.

Por la noche terminas de ver la última temporada de American Horror Story: Roanoke. Un ejemplo de cómo convertir algo que había empezado bien en un delirio absoluto y sin ningún sentido. La metaficción se les fue de las manos.

 

Sábado 1 de abril

Amaneces resfriado. Dolor de garganta y cabeza. El ojo sigue sin mejorar. Eres un nido de lástimas.

Pasas el día corrigiendo. Ahora la historia ya no te duele. Al menos no tanto como antes. La lees con distancia. Ya te la conseguiste sacar de encima. Las pesadillas parecen haber quedado apresadas en las palabras.

 

Domingo 2 de abril

Paseo en bicicleta por la huerta. El sol y la vegetación te sientan bien. Recorres los lugares en los que está ambientada la novela y percibes que te has reconciliado con todo, que escribir, al fin y al cabo, ha tenido un sentido.

Por la noche ves Captain Fantastic y te conmueve. El día ha sido perfecto.

 

 

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