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Aquí y ahora 43 (Diario de escritura), por Miguel Ángel Hernández

Lunes 15 de mayo

Hoy estás nervioso. Todo el día. Por la tarde tiene lugar el último momento de la novela. Sucede lo que faltaba por escribir. La historia se hace real. La sientes. Te emociona. Todo adquiere sentido. Por un momento, el libro deja de ser una novela y se convierte en lo que realmente es, una historia amarga y dolorosa, una historia que aún no sabes por qué has decido contar.

Por la noche, no puedes dormir. Te encierras en el despacho y escribes hasta la madrugada. El último fragmento. El capítulo que faltaba. El más verdadero. Escribes en el cuaderno hasta que te duele la mano, hasta que los ojos comienzan a cerrarse. Intentas ser fiel a la realidad. Ahí estaba la verdad. Una verdad a la que tú aún no habías atendido. La verdad del otro lado. La verdad de la otra cara. La verdad que por fin has conseguido entender.

Mientras escribes, sientes las palabras fluir. Percibes la fuerza de la realidad y también la potencia de la escritura para apresarla. Esto era la literatura. Escritura desbocada. Escritura que ayuda a dar sentido al mundo. Por eso escribes. No sólo por la satisfacción de ver tu libro sobre la mesa de novedades. También por estos momentos de intensidad.

Por estos momentos en los que sientes la conexión con algo que es mucho más grande que tú. Te sientes grande y pequeño al mismo tiempo. Un dios y un enano. Te acuestas satisfecho. Ni siquiera sueñas.

 

Martes 16 de mayo

Nada más levantarte, te sientas al ordenador y comienzas a transcribir lo que has escrito la noche anterior. Es mejor de lo que habías imaginado. Sientes que las frases están llenas de verdad. Por un momento, piensas que no eres tú quien las ha escrito. Por un momento, parece que se han escrito solas, como una fotografía, al contacto con el papel. Esa emoción te dura todo el día. En la clase de la tarde, en los encuentros, en los regresos, en todo lo que haces. La historia te ha poseído. Y estás ya en el límite del fin.

 

Miércoles 17 de mayo

Tutorías. TFG. Doctorandos. Todos están perdidos. Tú lo estás retrasando todo. Estás retrasando el mundo.

Acabas la novela por la noche. El segundo borrador. Con todos los capítulos. Con todos los fragmentos. Ahora sí que, por fin, es una novela. Ahora sí que contiene la historia. La historia que faltaba. La historia que le da sentido a todo. Antes de las doce escribes “Fin” y todo tu cuerpo se relaja. Te dejas caer unos segundos sobre el sillón, como si estas tres letras fueran las tijeras que cortan los hilos que te han mantenido erguido todo este tiempo.

Recuerdas cuando acabaste El instante de peligro. En aquel momento, después de escribir “Fin” saltaste de la silla y diste varias vueltas por la casa antes de poder volver a sentarte. Ahora el fin ha sido diferente. No ha sido un salto, sino una caída, un derrumbe. Y necesitas tiempo para asimilarlo.

Cuando logras recomponerte, envías el manuscrito a tu agente. En ese momento sientes que todo ha terminado ya. Por supuesto, hay mucho por corregir, pero ahora sí que el proceso ha llegado a su fin, el proceso de búsqueda, de intensidad, de obsesión. Lo que queda es diferente. Lo que queda es trabajo. Mucho trabajo. Pero la historia, la verdadera historia, ha terminado aquí. Lo percibes claramente. Y es entonces cuando percibes que este diario también necesita acabar, este aquí y ahora, este presente de escritura. Piensas en ello mientras intentas dormirte y sientes el vacío. Un vacío doble: el del diario y el de la novela. Sueñas con esa imagen: tu cuerpo engullido por un espacio hueco que aún no sabes cómo vas a poder llenar.

 

Jueves 18 de mayo

Última clase del curso en Filosofía. El surrealismo. Dos horas. Al final, apenas has podido avanzar nada. Siempre te ocurre lo mismo. No llegas ni a la mitad del programa. Este año ni siquiera has cruzado la barrera de los cincuenta. Terminas la clase con Frida Kahlo. Te despides con prisas y olvidas decir lo a gusto que has estado este año. Quizá este sea el último que eliges esa asignatura. El último año en Filosofía. Todo tiene la textura del fin.

Comes con Raquel en Los cazadores. Casi nunca aprovecháis los bares del pueblo. Os cuesta mirar a lo cercano. Pero hoy decidís comer ahí, al final de la calle. Y os tratan como reyes. El licor de membrillo casero es una delicia. Te deja en la zona perfecta para la siesta.

A media tarde, conversas con Jorge Carrión sobre su último libro, Barcelona. Libro de los pasajes. El libro es verdaderamente magistral. Mientras lo lees no puedes dejar de pensar en Walter Benjamin, y eso te conquista desde el principio. Eso y que se trata de un trabajo mastodóntico y ambicioso. Un ensayo que pretende captar una imagen del mundo. Un mapa afectivo de la ciudad, una cartografía poliédrica de Barcelona y un cúmulo de citas y referencias sobre los pasajes, la ciudad y la escritura, pero sobre todo una experiencia: la experiencia de un paseante del siglo XXI que observa los resquicios de un mundo en el límite de su desaparición. Esto es lo que más te interesa, la experiencia del observador, del pasajero, los fragmentos de vida intercalados entre las descripciones, la intuición de que la ciudad, igual que el libro, respira, late y palpita.

La última semana de tu Presente continuo leíste Los huérfanos. Ahora este diario acaba con otro libro de Carrión. Por supuesto, es una casualidad. Puro azar. Un azar extraño que confirma, una vez más, que la vida –“la verdad”, decía Lacan– tiene la estructura de ficción.

La noche no se alarga demasiado. En ella está Leo. Están también los escritores que vienen de la presentación del libro de Agustín Martínez: José Óscar y Diego. También los que vienen del curso del Cendeac: Javier, Miguel y Bárbara. Y la gente del taller de literatura: Sylvia, Fran, María José, Victoria y Félix. Es la tribu de los libros. Una tribu abierta y en mutación. Es la tribu que hace de Murcia un lugar excepcional.

 

Viernes 19 de mayo

Por la mañana, entrevista en la radio con Nieves B. Jiménez. Habláis de todo y te sientes cómodo. Al finalizar, te dicen que te quieren de tertuliano para hablar de lo que sea. No han notado la resaca.

Después, te encuentras con Eduardo en la Plaza de las Flores. Mientras os tomáis unas cervezas y unas marineras en el Fénix, no para de saludar y gastar bromas a todo el mundo. Ha sido uno de los descubrimientos del año. Como artista lo admirabas desde tiempo atrás, pero nunca habías tenido la oportunidad de conocerlo de cerca. De hecho, te habías formado una opinión diferente de él. Y ahora, al comprobar su generosidad y bonhomía, te das cuenta de lo equivocado que estabas. Los prejuicios –los juicios desde el desconocimiento de la realidad–, sin duda, son las barreras más idiotas.

Después llegan Pablo y Marta y continuáis la tarde. Coméis prácticamente hasta reventar. Pablo habla del ritual de la ayahuasca y sientes de nuevo que esa experiencia te persigue. Te llama por todos los lados. Antes o después tendrás que hacer caso a tu destino. A pesar del miedo. Cuando todos se van, te quedas con Marta. Lo escribiste en tu Presente Continuo, hace ya casi tres años: “M. te cautiva.”

Facebook te recuerda –pero no haría falta que lo hiciera– que hoy hace un año que regresabas de Ithaca. Tu aventura americana llegaba a su fin. Miras hacia atrás y piensas en todo lo que te ha ocurrido este año. Has escrito una novela. Has escrito un diario. Has amado. Has reído. Te has entristecido. Te has enfadado con el mundo. Has trabajado constantemente. Has leído todo lo que has podido. Casi pierdes un ojo. Has viajado. Has conocido a gente maravillosa. Has bebido. Has tenido resacas. Has sido feliz. Has vivido.

 

Sábado 20 de mayo

Almuerzas con tus hermanos en el Yeguas. Te alegra que estén también en este último diario. El Yeguas, la huerta, la casa de tus padres, los paraísos de la infancia… son los escenarios de tu novela. Sientes que todo se anuda. El pasado y el presente se dan la mano y el tiempo se retuerce sobre sí mismo.

Es lo que ocurre horas más tarde, en “La noche de la memoria”. En el Cendeac, junto a otras quince personas, tienes que mostrar tres fotografías relevantes de tu vida y comentar algo sobre ellas. Hablas de tu padre, de tu casa, de tu pasado, pero también de tu presente, de tus libros, de tu ilusión de ser escritor. De lo que eras y de lo que quieres ser. Los tiempos, una vez más, se confunden. El presente se proyecta hacia atrás y construye los recuerdos. El pasado regresa para dotar de sustancia a la actualidad. Ese es precisamente el corazón de lo que has escrito, la clave de tu viaje hacia atrás en la máquina de la literatura. Un viaje del que no has vuelto del todo, o al menos no del mismo modo. Porque el pasado que has ido allí a buscar ha regresado contigo. Los momentos felices, sí, pero también aquellos que habrías preferido olvidar.

 

Domingo 21 de mayo

Vas al gimnasio por la mañana después de varias semanas de ausencia. Ni siquiera recuerdas las rutinas. Mientras caminas sobre la cinta, vuelves a recapitular. Te ves desde fuera como el protagonista de un relato que llega a su fin. El cuarto acto. El regreso a la normalidad tras la conclusión de la acción.

Por la tarde, el Madrid gana la liga. Lo ves con Leo y Raúl en el Parlamento. Os abrazáis y, durante un momento, estáis tentados a salir a celebrarlo. Pero mañana es lunes. Todos tenéis cosas que hacer.

Raquel se extraña cuando llegas temprano. Has sustituido los gin-tonics por un helado de turrón que acabas junto a ella en el sofá. Un Stendhal cotidiano.

Antes de acostarte, imprimes la novela y la sitúas sobre la mesa. Te quedas unos segundos mirando el manuscrito. No puedes evitar fotografiarlo. Un año de escritura continua. Más de tres de esbozos y trabajo en segundo plano. Sesenta y dos mil palabras. Doscientas setenta páginas. Apenas un centímetro y medio de espesor.

Sales de tu despacho y apagas la luz. Sientes que todo se acaba. Quizá vuelvas a escribir otra novela –es lo que más deseas–. Quizá también vuelvas a escribir otro diario –eso aún no lo sabes–. Lo único que tienes claro es que lo que ahora escribes ha llegado a su fin. Casi puedes ver el telón cayendo. Rozando con sus flecos el suelo del escenario. En este preciso momento. Aquí y ahora.

 

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