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Campo rojo de Ángel Gracia, una lectura de David Pérez Vega

Campo Rojo, de Ángel Gracia.

Editorial Candaya. 255 páginas. 1ª edición de 2015.

A principios de 2017 empecé a sentir curiosidad por los autores españoles que ha publicado la editorial Candaya. Ya he comentado aquí la buena impresión que me causaron Autopsia de Miguel Serrano Larraz y La edad media de Leonardo Cano, así que me apeteció seguir con Campo Rojo de Ángel Gracia (Zaragoza, 1970). Lo busqué en Iberlibro y al final se lo acabé comprando a uno de los libreros de El Rastro de Madrid, que me lo trajo a casa y todo.

En Campo Rojo, Gracia se propone regresar a la Zaragoza de extrarradio de su infancia, a un barrio llamado La Balsa, próximo a descampados (entre ellos el Campo Rojo: «Un descampado lleno de ratas, de escombros, de electrodomésticos con las tripas fuera, donde jugáis a gol portero y a los fusilamientos», leemos en la página 23) y a fábricas de olores venenosos. El protagonista de la novela es el Gafarras (nunca llegaremos a saber su nombre real), un chico de once años que en el tiempo de la narración cursa quinto de EGB. La acción se sitúa en 1981. Ángel Gracia también tenía once años en 1981. He visto en YouTube un vídeo de la presentación de Campo Rojo en Barcelona ‒a cargo de Milo J. Krmpotic‒, en el que Gracia afirma que la novela es una ficción y que se fundamenta en ella y no en sus anécdotas personales para poner el foco en algunas cuestiones que le interesaban. Una de ellas es desmitificar la infancia como espacio de la felicidad, y otra mostrar la repulsión que le producen libros como Yo fui a EGB.

Gracia elige la segunda persona para contarnos la historia del Gafarras, el único chico de su clase que ha de usar gafas desde los cinco años para corregir sus problemas de hipermetropía y astigmatismo, lo que hace que sus ojos, vistos a través de los gruesos cristales, parezcan enormes. Las gafas identifican y marcan al personaje como un empollón (cada curso, sus notas serán las segundas de la clase, detrás de la misma chica). Son múltiples las ocasiones en las que el narrador señala que el Gafarras ha de colocarse las gafas sobre el puente de la nariz, un tic nervioso y una incomodidad continuas.

La clase del Gafarras está dominada por la banda del Farute, compuesta, además de por este personaje, por el Bandarras, Bruslí, Beache, el Santito y Recacha principalmente; alumnos que (menos el Santito y Recacha) han repetido uno o dos cursos y por tanto son más grandes que el resto. Además de pegarse o humillarse entre sí, se dedican a pegar y humillar a los demás. El control de la clase será ejercido desde el poder que otorga la fuerza bruta.

Gafarras ocupa una posición intermedia en la escala social de la clase, fluctuante e indefinida entre la banda del Farute y los Maravillas del Saber, los alumnos más torpes (en los estudios y los deportes) y más marginados.

Muy lejos de la nostalgia que puede provocar la mirada hacia la infancia, Gracia nos pone un espejo delante de aquellos años ochenta. Algunas de las vívidas escenas dibujadas en la novela acaban resultando asfixiantes. Gafarras es un chico más sensible que la mayoría de sus compañeros. Le interesa la precisión del lenguaje y consulta de forma habitual el diccionario para aprender qué significan todas las palabras con las que se encuentra. Echa de menos al Santito, que fue su amigo a los seis años, y que ahora no duda en humillarle para conseguir acercarse al Farute o el Bandarras; pero tampoco quiere tener que relacionarse con otros niños como Miguel Martínez, que forma parte de los Maravillas del Saber, porque él también le considera un apestado.

Ángel Gracia, con su uso de la segunda persona, que interpela continuamente al Gafarras, desde una mirada que elude la compasión y la complacencia, usa en muchos casos un lenguaje muy cercano al de los personajes retratados («hostia», «empollón», «calientapollas», «cuatroojos», «bajini», «jeta», «chuloputas», «chupóptero», «deshuevar»…), pero lo hace con la suficiente habilidad como para que el discurso no resulte plano o vulgar. De hecho, en más de una ocasión el lenguaje resulta poético, sobre todo cuando describe (paradójicamente) la fealdad del paisaje suburbano que retrata.

Durante el primer tercio del libro estaba teniendo la impresión de que Gracia había elegido construir su novela en unos capítulos, relativamente cortos, y cada uno de ellos narraba un suceso. El orden de estos sucesos no era lineal y no parecía existir aquí una trama clara que hiciera avanzar la novela. Más tarde descubrí que efectivamente existe un eje central en la narración: una excursión al Moncayo a la que las profesoras Mistetas y la Amargada llevan a la clase cuando finaliza el curso. La narración de lo que ocurre ese día sí que se narra de forma lineal, y en capítulos intercalados se muestran escenas que reflejan, en gran medida, la violencia (verbal y física) que rige en el mundo de los compañeros de clase. Existen otras escenas de diferente índole: la relación del Gafarras con sus padres o sus abuelos, por ejemplo. En este segundo nivel narrativo los tiempos no tienen por qué ser lineales y en algunos casos no reflejan el año principal de la novela (el de los once años del Gafarras).

En el 1981 de la novela se muestran algunos de los referentes de la época: la serie Galáctica, Torrebruno, el programa Un, dos, tres, los chicles Cheiw, los bollos Pantera Rosa, Bucaneros, Mazinger Z…, referentes inscritos en la novela y no buscados, en ningún caso, como exaltación nostálgica. Se habla también de niños que inhalan pegamento para drogarse, pero creo que no he encontrado ninguna referencia al problema de drogadicción de la época. En mi año 1981 de suburbio (y en los posteriores de la década), uno de mis mayores temores era el encuentro con los drogadictos o los chicos mayores que querían quitarte el dinero, habitantes sempiternos de los descampados. Esta realidad no se muestra en la novela de Ángel Gracia. Pero sí que aparece reflejada ‒a veces de forma pesadillesca y abrumadora‒ las relaciones que se establecen entre los niños, esas mismas que en la edad adulta tendemos a olvidar, basadas en el poder de la fuerza bruta y el desafío continuo. Unas actitudes que conducen a la violencia física y verbal, y también al machismo. Unas humillaciones continuas que además tienen que ver con el dinero y los trabajos de los padres. Aunque, en principio, los niños aquí reflejados son de estrato social humilde (la mayoría de sus padres son obreros de fábrica y sus madres limpiadoras), son continuas las muestras de desprecio por parte de los que tienen algo más (un chándal de marca frente a uno de imitación o comprado en el SEPU, por ejemplo) hacia los que tienen menos.

El Gafarras, disconforme con la realidad que le ha tocado vivir, fluctuará entre su deseo de desaparecer o aislarse, y el de ser reconocido por los poderosos de su clase, aunque eso suponga entrar en el juego de rechazar y humillar a los más débiles.

Ángel Gracia ha escrito una novela nada complaciente (una especie de reverso tenebroso de los libros de Yo fui a EGB) sobre la violencia en la infancia y el deseo de sobrevivir, no exenta, pese a su tensión y dureza, de un aire poético y algunas gotas de humor hiriente. He olvidado la mayoría de las marcas de productos que aparecen en los libros de Yo fui a EGB (aunque las recuerdo cuando las veo en las hojas de estos libros), pero las sensaciones sobre la infancia que retrata Gracia en Campo Rojo sí que viajan conmigo, y uno lee, en gran parte, para reencontrarse con este tipo de verdades.

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