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Beatonas literarias, por Sergio del Molino

Cuando me preguntan por mi generación, aun sin tener muy claro qué significa eso, me suelo extender diciendo que un rasgo fundamental de los escritores españoles que nacimos más o menos por los mismos años es la heterogeneidad y la enorme diversidad de poéticas y miradas. Lo común es que no tenemos gran cosa en común, que no existe un “proyecto de generación” al estilo de las de principios del siglo XX, que nadie quiere imponer un modelo estético uniforme. Nadie dice: surrealismo o muerte. Nadie reparte carnets de escritor ni se dedica a hacer fotos de los que son para dejar claro a quiénes excluye.

Voy a empezar a matizar esta respuesta, porque últimamente empiezan a asomar demasiados comisarios políticos a los que el esfuerzo de pensar y enunciar una poética propia que arrope sus libros y los explique mediante una serie de propósitos y deseos, así como la vindicación de una tradición con la que identificarse y en la que apoyarse, les sabe a poco. Erigidos, sin que ninguna iglesia o asociación de vecinos se lo pida, en conciencia moral de un pueblo, se dedican a decirle a los demás escritores cómo deben o no escribir. Últimamente les ha dado por despreciar lo que etiquetan como “autoficción”, pero también han aportado sutiles y elegantísimos hallazgos de la crítica literaria, como el adjetivo “prosa cipotuda”. Tan pendientes están de lo que escriben los demás, que descuidan mucho su propia escritura, y tal vez por eso no suele ser leída tanto como aquella que critican. Porque hay una relación directa entre la irrelevancia de la propia obra y la intensidad con la que se denuesta la ajena. Ya lo decía no sé quién: la envidia no es mala, es un sentimiento natural. Lo malo es que se note que la tienes.

Es grosero y feo decirle a los demás cómo deben escribir. En esa voluntad de destruir los discursos que a uno le repugnan late un deseo de pureza siniestro. Nada más antipático que un predicador que señala los pecados ajenos y que quiere mantener a su grey libre de la contaminación del mundo. Arrepentíos y acercaos a la fe y a la luz, apartaos de las tinieblas cipotudas y autoficcionales, no os dejéis engañar por el demonio que os habla en primeras personas desde novelas que no son novelas.

Los demás somos molestos, pero qué le vamos a hacer si existimos. A mí también me gustaría caminar solo por la calle, sin que nadie me importune, pero la maldita calle está llena de gente impredecible que hace y dice cosas despreciables. Me tendré que aguantar si no quiero convertirme en un loco misántropo que grita cosas a los peatones en los semáforos. También puedo comprarme una casa en un paraje desértico y no salir de ella, pero no puedo exigir a los demás que se queden en su casa o que se comporten y hablen como a mí me dé la gana.

Me apena y me agota esta manía de señalar buenos y malos escritores no por lo buenos o malos que sean en sí, sino por la idoneidad de sus planteamientos, porque el reproche que se les hace es, como casi todos los reproches, moral. Cuando un escritor le dice a los demás cómo escribir lo hace desde la altanería moral de quien se cree puro, y lo que en el fondo les está pidiendo es decoro. Hay un moralismo puritano insufrible en cada queja y cada señalamiento. Como beatas de provincia señalando a las chicas que se pasean en minifalda. Creo que es hora de empezar a tratarles como las beatonas que son y decirles, como decía un amigo mío a las de su pueblo: “Venga, que sí, señora, váyase a robar al cepillo de la iglesia”.

 

Fotografía: DonkeyHotey (Todos los Creative Commons)

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