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Campaña de fomento de la lectura, por Sergio del Molino

Leer no te hace mejor que nadie. Leer no te cura de ningún fascismo. Leer no te hace ser mejor padre, mejor hijo, mejor amigo ni mejor amante. Leer no sirve para triunfar en nada, ni siquiera para triunfar en la literatura. Leer, lo saben los padres más sensatos, es una pérdida de tiempo.

Leer siempre está bien, sea cual sea el libro, ¿no?, me preguntó una periodista en la radio una vez, esperando que respondiese que sí, porque a los escritores a veces se nos lleva a la radio para que hagamos de apóstoles de la lectura, y yo le respondí que por supuesto que no, que hay libros infames cuya lectura es más dañina para algunos cerebros que una lobotomía, que hay cosas indignas de ser leídas. Hoy, una persona a la que admiro mucho ha dicho que deforestar el Amazonas para publicar libros malos es como matar el árbol dos veces. Deforestar, sí, pero para imprimir obras de calidad, no cualquier cosa.

Leer es malo. Leer es un placer egoísta y solitario. Leer es una adicción huraña que nos aparta del mundo, encerrados en habitaciones sin ventilar. Leer no está indicado para los asmáticos y los que sufren de enfermedades respiratorias. Leer te deja ciego, te causa presbicia, te incrementa las dioptrías. La Alemania de los años treinta tenía unos índices de lectura altísimos y algunos de los mejores escritores que ha dado la humanidad, y mira lo que hicieron con tanto libro.

La Asociación Americana de Psiquiatría debería incluir la lectura en la lista de trastornos adictivos, a la altura de la ludopatía o la adicción al porno online.

Hoy he leído en The New Yorker un artículo de una escritora australiana llamada Ceridwen Dovey. No la conocía. La he buscado en Google imágenes porque me gusta ver la cara de los escritores que no conozco antes de leerlos. Es una chica guapa y rubia, que sonríe bonito y posa con un leve toque lánguido. El artículo cuenta su experiencia con un biblioterapeuta. Cuenta cómo le enseñaron a ser feliz leyendo. Quiero decir: cómo la lectura le ayudó a ser feliz. Los biblioterapeutas se dedican a eso. Te guían en un plan de lecturas muy seleccionadas en función de tus necesidades y, al final del proceso, descubres que eres feliz, que has encontrado algo trascendente en la lectura. Cuenta el caso de una paciente de su biblioterapeuta, una mujer que venía de ver morir a su marido, de romper una relación posterior y de sobrevivir a un ataque al corazón. La pobre estaba hecha polvo, al borde del suicidio, pero la lectura le salvó la vida. Literalmente. Recuperó la confianza y la felicidad leyendo.

Sé que es verdad porque yo le debo a Tolstoi toda la felicidad que disfruto hoy. Y la cordura, si es que la tengo. No me guió ningún biblioterapeuta, yo solito me agarré a sus novelones en las peores noches de mi vida. Por eso sé que la mujer no miente: leer te hace feliz. No sé si te salva la vida, pero te hace feliz.

Por eso es malo. Porque no hay nada virtuoso en la felicidad. Los seres felices somos improductivos y disfuncionales para un sistema como el que tenemos: como somos felices, no se nos puede seducir con paraísos de ningún tipo, y como somos felices, tampoco se nos puede amedrentar con amenazas y miedos que nos dejan indiferentes. Leer te hace feliz como podría hacértelo la heroína. Leer es una forma de perdición. Más peligrosa cuanto mejor se lee y más se entrega uno al vicio. Cuanta más calidad tiene la droga, cuanto más pura es, menos posibilidades tiene el adicto de encontrar el camino de vuelta.

No leáis. En serio. Es el único consejo que puedo daros.

 

 

(La fotografía de Ceridwen Dovey es obra de Sam Mooy.)

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