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El futuro más viejo, por Sergio del Molino

Que el futuro es viejo lo saben los adoradores del steampunk, esa fantasía victoriana que a mí me resulta muy incómoda, con tanto humo, tanto vapor y tanta moqueta. En Europa han vivido entre humo y moquetas durante doscientos años, y no sé cómo lo han aguantado. La idea de volver a un mundo (o de avanzar hacia él, en forma de futuro distópico) donde la gente vuelva a fumar y las moquetas vuelvan a apestar a tabaco frío me causa arcadas. Creo que el parquet y las leyes antitabaco han hecho más por nuestra felicidad que todos los avances tecnológicos juntos. Al menos, para los hiperestésicos como yo.

Que me lío y me pierdo con tanto humo, no dejen que me vaya. Decía que el futuro es viejo y a partir de esta tarde tenemos una nueva ocasión de comprobar lo muy vetusto que se nos ha quedado en la exposición que se inaugura en el Espacio Telefónica de la Gran Vía de Madrid. El dúo de comisarios María Santoyo y Miguel Ángel Delgado, que ya triunfaron a lo grande en 2014 en ese mismo lugar con su expo sobre Tesla, vuelve ahora con otro mito literario-científico-tecnológico: Julio Verne.

Me gusta que mantengamos la costumbre de llamarlo Julio y no le haya pasado como a otros escritores del XIX (Tolstoi, por ejemplo, o Marx y Engels), que han recuperado su nombre original y ya no les firmamos los libros como si fueran señores de Cuenca. Marx y Engels eran más nuestros cuando se llamaban Carlos y Federico. Les teníamos más confianza. A Karl y a Friedrich no les queremos tanto. Julio Verne, en cambio, nunca ha sido Jules Verne, por eso sigue siendo de la familia.

Julio Verne es para algunos una especie de tío chiflado. Un tío carnal, me refiero, un hermano de nuestra madre que no se lleva muy bien con nuestro padre, pero que aparece de vez en cuando por casa contando batallas de sus viajes a la luna y al centro de la Tierra y regalándonos cachivaches que dan vueltas, sueltan humo y emiten rayos verdes como faros del fin del mundo. Sabemos que es mentira, que el tío nunca viajó, que vive en un cuartucho pegado a un brasero, y sabemos también que todo lo que nos regala es quincalla, souvenirs de exposición universal y feria de muestras, pero le queremos mucho. Nos mola nuestro tío Julio. Lleva toda una vida con nosotros, y en el fondo lo pasamos muy bien oyéndole hablar de sus viajes extraordinarios.

(Aquí, entre paréntesis, les cuelo la confidencia, para que se la salten cómodamente: a los ocho años me empeñé en hacer la primera comunión. Iba a un colegio público, era uno de los dos alumnos de la clase de ética y mis padres habían votado no a la OTAN, pero vivíamos en un pueblo y ni recitándome El manifiesto comunista me disuadieron de mi recién descubierta fe católica. Una fe alimentada por la cantidad de regalos que recibía uno a cambio de vestirse de marinero. Comulgué como manda la liturgia, pero antes me hicieron uno de los mejores regalos que me han hecho nunca: las obras completas de Julio Verne en tapa dura, con las cubiertas rojas y doradas de los viajes extraordinarios. Creo que, antes de cumplir los diez, la había leído entera y entendido la mitad. Abandoné la fe católica tan pronto se disolvió la hostia en mi boca, pero la fe verniana ha persistido hasta hoy. Supongo que tengo que agradecérselo a la iglesia de Roma.)

Creo que esta exposición va a ser una especie de prueba de fe y una muestra de fortaleza. Los vernianos que vivimos diseminados entre la gente, inadvertidos, casi normales y al corriente de nuestras obligaciones fiscales, nos reuniremos en una catarsis de futuro viejuno. No de steampunk, eso es para victorianos y nosotros somos continentales, francesísimos, del mismo Nantes. Nuestro acero es el de la torre Eiffel, no el del Tower Bridge. Un futuro decimonónico, un poco oxidado, bastante ingenuo, monocular y altivo. Un futuro literario. Quizá, y sólo quizá, cien veces más eficaz que cualquier campaña de fomento de la lectura.
Vernianos de todos los países, uníos.

Julio Verne. Los límites de la imaginación. Del 6 de noviembre al 21 febrero de 2016. Fundación Telefónica. Fuencarral, 3. Madrid.

 

(La fotografía, de Luiyo, se publica bajo licencia Creative Commons.)

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