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El instinto de Pisón, por Sergio del Molino

Por Sergio del Molino

Lo que ha hecho Ignacio Martínez de Pisón con su último libro, Filek, es abrumador y a la vez grácil. Se devora con adicción de bolsa de pipas y, al mismo tiempo, tiene la densidad de un tratado. No voy a contar gran cosa del contenido, porque sería una pena que lo leyeran conociendo demasiadas cosas de la historia. Con el título y el subtítulo tienen información sobrada: El estafador que engañó a Franco. Añadamos algo más, por no ser tan pacatos y porque es una información que encontrarán en la contracubierta y en las entrevistas que estos días salen con el autor: Filek fue un buscavidas austriaco que logró vender al gobierno de Franco, en los primeros años de la dictadura, una fórmula para fabricar gasolina sintética a partir de agua y hierbas.

Del tipo en cuestión no se sabía casi nada. Un párrafo en una biografía de Franco, alguna alusión en otro libro y poco más. El talento de Pisón es el de un sabueso que, a partir de una referencia mínima, reconstruye una biografía. En una investigación abrumadora, agota todas las fuentes posibles en archivos y bibliotecas, aparece la vida de un pícaro. En un novelista con el oficio y el instinto de Pisón, la tentación de escribir una novela picaresca con ese material tenía que ser grande, pero en vez de eso, nos ha regalado una no ficción desnuda y honesta, plenamente transparente y sin artificios que, sin embargo, pese a tener las tramoyas a la vista, se lee (se devora), como dice el tópico, como una ficción.

No soy un lector imparcial. Siento debilidad por este tipo de libros en los que se desmadeja la obsesión de un escritor, y Pisón es un maestro en este registro, como ya demostró hace unos años con su imprescindible Enterrar a los muertos. En esta ocasión, el tono es más cómico. O tragicómico, pues el retrato que compone es el de un pícaro de lo más clásico, ante el que, durante buena parte de la narración, el lector siente incluso simpatía (hasta llegar a un punto que no desvelaré, pero que altera por completo la visión casi traviesa del personaje y lo traslada a una situación moral mucho más incómoda). Y, sin embargo, consigue el mismo desasosiego, la misma conciencia turbia y avergonzada de ser cómplices de un país que aún guarda demasiada basura bajo la alfombra. La elección del formato y del tono es una muestra de respeto hacia el personaje: Pisón quiere saber qué le dice, no meterlo en su lecho de Procusto de novelista para hacer de él un cliché. Por eso, las especulaciones y fantasías son pocas, breves y están muy señalizadas. Ya he dicho que es un texto honestísimo.

Me gusta mucho la función de palanca del autor. Escoger una anécdota, una nota al pie de la historia, y agotarla hasta hacerla significativa. La grandeza de Filek es conseguir que nos importe lo que, hasta que Pisón se fijó en ello, no le importaba a nadie. Esa vocación por la intrahistoria es emocionante en un país tan solemne y tan despectivo con todo lo que no sean “los grandes temas”. Llegar al núcleo de todo desde lo marginal, abarcar el cuadro entero desde una esquina, es una prueba de talento pero también una actitud, una forma de mirar y de estar que convierten a Pisón en alguien imprescindible. Cuando se fija en un detalle que ha pasado inadvertido a casi todos los demás, hay que hacerle caso. Nunca muerde en hueso.

Qué suerte tenemos sus lectores. Y qué suerte ha tenido Filek, que jamás imaginó una forma de posteridad tan digna y emocionante como la que le ha fabricado este autor.

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