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Entendemos las palabras, no lo que quieren decir, por Sergio del Molino

El mundo digital acumula tantos apocalipsis que ya he perdido la cuenta. Primero nos iban a alienar y a incomunicar (en una de esas paradojas tan caras a los catastrofistas: oh, un medio de comunicación que incomunica; medios de incomunicación, ojo al hallazgo literario). Después, a volver yonquis. Luego, estúpidos integrales, con efectos parecidos a los de una lobotimización. Y, por último, fanáticos de nuestras propias convicciones, gracias al famoso filtro burbuja que crean los algoritmos de Google, Amazon, Facebook, etcétera. Hay alarmismos para todos los gustos, desde los plausibles y razonados hasta los histéricos puritanos, pero todos tienen en común que se basan en nuestra relación con el texto y las imágenes. Se habla de cómo la tecnología ha alterado nuestra forma de leer, de escribir, de ver películas y contenidos audiovisuales, pero yo no había leído nada interesante sobre cómo ha cambiado nuestra forma de escuchar, como si el sentido del oído no interviniese en la comunicación humana.

Damon Krukowski, músico, periodista musical y profesor de Harvard, es autor de The New Analog. Cómo escuchar y reconectarnos en el mundo digital (Alpha Decay), un breve pero profundo (y divertido, y muy bien escrito) ensayo en el que explora los cambios que la tecnología ha forzado en la forma de producir, componer y escuchar la música y el sonido, porque este libro va mucho más allá de lo musical. Leyéndolo he descubierto cosas fascinantes. Por ejemplo: los micros y el sistema de codificación de los smartphones permiten que se comprendan las palabras de quien habla incluso en entornos muy ruidosos, porque están diseñados precisamente para eliminar el ruido, pero, al hacerlo, eliminan también otros ruidos necesarios para la comunicación humana. Es más difícil detectar un estado de ánimo o una ironía a través de un smartphone porque no se transmiten las informaciones no verbales que permiten contextualizar las palabras. Escuchamos mejor, pero sólo el significante, perdemos parte del significado.

Todos los avances digitales de sonido se resumen en uno: la eliminación del ruido. Sin ánimo de ponerme técnico ni farragoso (Krukowski explica estos pormenores semánticos con mucha elegancia y pedagogía), resumiré diciendo que lo que escuchamos se compone de señal y ruido. La señal es lo que queremos oír, y el ruido, todo lo que no forma parte estricta de la señal. En música, la señal es la nota que sale del piano, y el ruido sería la tos del señor de la segunda fila, la respiración del pianista o, poniéndonos muy exquisitos, el golpe del dedo contra las teclas que se adhiere a la percusión de la cuerda.

El músico experimental John Cage demostró a mediados del siglo XX que no se puede eliminar nunca del todo el ruido. Obsesionado con el silencio, se introdujo en una cámara anecoica, diseñada para suprimir cualquier sonido del exterior. Al cabo de un rato, percibió dos frecuencias, una alta y otra baja. Cuando se lo comentó al experto de Harvard al salir, este le dijo: una es tu sistema nervioso; la otra, tu sistema circulatorio. Estar vivo produce ruido. Un organismo vivo, por tanto, no puede experimentar el silencio.

Pero, salvando esto, lo cierto es que la tecnología digital es muy buena eliminando el ruido. Es capaz de dejar la señal limpia, algo imposible mediante medios de grabación y reproducción analógicos, y esa limpieza está alterando nuestra forma de percibir el sonido y de relacionarnos con él. Paradójicamente (de nuevo, la paradoja del apocalipsis), nos está volviendo más toscos, menos sensibles y expresivos.

Porque el ruido, a pesar de su nombre despectivo, también es información. De hecho, la definición básica de información es señal + ruido. Frank Sinatra, tal vez uno de los cantantes más limpitos, aseados y refinados que ha dado la historia melódica, emocionaba mediante el ruido. Era un maestro del micrófono: sabía cuándo acercarse para crear intimidad o cuándo alejarse para sonar enfático. Se enorgullecía tanto de su dicción como de su técnica para jugar con la expresividad de su voz a través del micrófono. Nos admiraba su entonación, pero nos emocionaba la forma en que jugaba con las posibilidades de un estudio de grabación analógico. La cuestión es que, si Sinatra hubiera grabado con medios digitales, tal vez no habría sido Sinatra, pues el ingeniero de sonido habría depurado tanto la señal que habría limado toda su expresividad. Sin eso, Sinatra sólo sería un tipo que canta muy bien, y tipos que cantan muy bien hay muchos, pero Sinatra, sólo uno.

Hemos perdido el ruido, y con él nos estamos perdiendo casi todo lo que nos emociona. Nos quedamos con lo esencial y obviamos el paisaje. Entendemos las palabras, pero no lo que dicen.

Yo he terminado de leer este ensayo con ganas de escuchar todos mis vinilos, tan rugosos y ruidosos y sucios.

 

Fotografía: Todos los Creative Commons (Amy Hope Dermont)

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