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La guerra cultural, por Sergio del Molino

Si fuera cierto el tapón generacional, lugar común entre autores que hacen esfuerzos por flotar en el mar literario, se estaría justificando el asesinato de escritores mayores. Si se estiraran hasta sus consecuencias reales la furia y la rabia que se vierten en internet, tendría que intervenir el ejército. La muerte del padre (y hasta del abuelo) sería real. Los agitadores culturales devendrían terroristas, cumpliendo tal vez un sueño adolescente, y colocarían bombas en presentaciones de novelas y dispararían a quemarropa a las salidas de los institutos Cervantes. ¡Muera la carcundia!, gritarían, en términos paradójicamente carcundios. Se hablaría de atentados célebres y dramáticos, como la explosión del Círculo de Bellas Artes o la matanza de la entrega del Nacional de Narrativa. La policía crearía un comando secreto e ilegal compuesto por literatos frustrados, pero traidores, que pondrían su conocimiento erudito de las rencillas letraheridas al servicio de la inteligencia, la militar y policial, no la otra. Amnistía Internacional denunciaría torturas contra escritores noveles acusados de terrorismo, y una parte del mundo literario acabaría por distanciarse de la violencia al grito de “escritores sí, terroristas no” y “la cultura no es violencia”.

Si toda la furia que circula por las redes se concentrase en un cóctel molotov, la guerra resultante dejaría pequeña a las de las cinco familias de Nueva York. “¿Hasta cuándo vamos a tolerar este reguero de muertes?”, se preguntará Rosa Montero en su último artículo, antes de morir de un golpe que un atacante le propinó con un pisapapeles ecológico propiedad de la escritora. “No me callarán estos mequetrefes alfeñiques que no saben coger el fusil con los huevos, no tengo miedo”, tronará Arturo Pérez Reverte en tuiter, minutos antes de ser ensartado por una de las ciento catorce alabardas de los Tercios de Flandes de su colección. “No es para tanto, es mucho más violento ver pasar a los turistas en sandalias por delante de mi casa”, comentará a la Cadena Ser Javier Marías, media hora antes de que su cráneo quede espachurrado por una Olivetti de 1960 en perfecto estado de conservación. “He paseado mucho por el Bronx y tiré a unos cuantos forasteros al pilón de Úbeda en mi niñez, así que no me intimidan estos bravucones”, escribirá en Babelia Antonio Muñoz Molina, el mismo sábado que aparecerá estrangulado con una cuerda de contrabajo de jazz en la puerta de un diner, congelado como en una escena de Hopper. “Pa lo que me queda en el convento, me cago dentro”, escribirá Rafael Sánchez Ferlosio en el que se convertirá en el último y más celebrado de sus aforismos, dos días antes de que la guardia civil encuentre su cuerpo a orillas del Jarama. “No tomo ninguna precaución, paseo sin escolta, publico mi dirección en los medios, duermo con la puerta de la calle abierta, y aun así, no he sido objeto de ataques ni atentados. Ni una triste amenaza he recibido. No lo entiendo”, se quejará Enrique Vila-Matas en una columna que tampoco recibirá mucha atención, más allá de unos megusta de dos catedráticos de literatura comparada de las universidades de Viena y Friburgo y de un retuit de la Documenta de Kassel.

Una vez eliminados todos los escritores del tapón (salvo Vila-Matas, que en el ínterin publicará ocho novelas excelentemente acogidas por la crítica, para disgusto suyo, que declarará esforzarse mucho para cosechar malas reseñas), las páginas de la prensa, o lo que quede de ella, quedarán libres para ser tomadas por los escritores guerrilleros, que las asaltarán con alegría y alivio revolucionario. Pero cuando la sangre empieza a correr, lo difícil es cerrar el grifo, y antes de un mes será tiroteado en una esquina de Malasaña, a una manzana del coworking donde toma café, Ataúlfo Llosa Faulkner, proclamado recientemente por Forocoches una de las voces más audaces de su generación y nuevo inquilino de la página de Juan Manuel de Prada, que murió asesinado por sus propias manos: se hizo pasar por su sacerdote y le apuñaló en medio de una confesión. A Llosa Faulkner le seguirán Eloísa Debajodeunalmendro, Alicia Marvelous y Bronte Dos Hermanas, poetas fundadoras del grupo de acción anarcocatólica y socialistarociera. Y, a partir de ahí, ningún escritor con firma en un medio podrá sentirse a salvo. Ni siquiera servirán los seudónimos. El País, El Mundo, 20 Minutos, Marca y Jara y Sedal se verán pronto sin firmas literarias. Nadie querrá exponerse a la furia incontrolada de los escritores noveles. Correrán leyendas de escuadrones de la muerte formados por autores autoeditados en Amazon, todos ellos líderes de ventas, que apalean a cualquiera que presuma de haber cobrado un anticipo editorial, por bajo que sea. El terror y el silencio se adueñarán del panorama literario. Las librerías se volverán lugares siniestros donde todo el mundo sospechará de todos.

Y así terminará la literatura, tal y como empezó: a sangre y fuego. Porque el sueño de tuiter produce monstruos.

 

Fotografía: Cam Ventoza (Todos los Creative Commons)

 

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