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Necesitamos escritores egoístas, por Sergio del Molino

Anagrama ha publicado una de las pocas obras de Vladimir Nabokov que no estaban disponibles en castellano, Gloria. Escrita originalmente en ruso y publicada por entregas en París entre 1931 y 1932, fue traducida al inglés por el hijo del escritor en 1971 (mano a mano con el propio Nabokov), y es esa versión la que el traductor Jesús Zulaika ha llevado ahora al español. No es Lolita, ni Pálido fuego, ni Ada o el ardor, pero decir esto no implica tanto ponerle el motete de obra menor como dejar claro que su lectura no cuestiona ni añade nada nuevo al canon nabokoviano. Para los amantes del ruso que perseguía mariposas, Gloria es un regalo, una fiesta (como ha escrito Rodrigo Fresán, nabokoviano mayor, mucho mayor que yo, que lo soy bastante), un reencuentro con una forma única de acariciar el mundo y de narrarlo mientras se acaricia.

Lo mejor de todo es que nos da una excusa para traer el nombre del Nabokov al presente, a un presente tan necesitado de rusos aristócratas que toman el aperitivo a orillas del lago Léman en Montreux. Un mundo tan cargado que necesita la ligereza de un Martini en una mañana de sol.

Gloria es parcialmente autobiográfica, y en ella se cuenta la huida de la Rusia de los soviets de un muchacho de dieciocho años (los que tenía el autor en 1917) con su familia acomodada y blanca (de rusos blancos) hacia Europa. Un exilio que en otro escritor tendría el peso de lo trágico y la rendición de lo solemne, pero que en Nabokov se convierte en un crucero frívolo por el Mediterráneo, con escala en Grecia e iniciación al amor en brazos de una mujer mayor y casada.

Echo de menos actitudes como la de Nabokov. No sólo por su talento (inigualable e irrepetible), sino por la despreocupación por el mañana, por su forma de colocar lo banal y alegre donde otros lo apartarían para meter lo trascendente. ¿Qué preocupaba a Vladimir Nabokov, el príncipe ruso arruinado que perdería poco a poco sus recursos en una Europa de la cual se tendría que exiliar hacia Estados Unidos? La belleza. Las mariposas. Las mujeres solitarias y excitadas. Algunos capítulos de Ana Karenina. Los trenes que tardaban en coger velocidad por la campiña del sur de Francia. A su alrededor, compromiso, intelectuales engagés amigos de Trotsky, escritores-soldado, gritos incesantes en la hora final de Europa. Pero él escribía sus novelas, primero en ruso y luego en inglés, atento sólo a una forma personalísima de nostalgia rasgada por una de las mejores ironías que ha conocido la historia de la literatura.

Necesitamos escritores indiferentes, atentos a sí mismos, que nos recuerden con su introspección las cosas que de verdad importan. Porque me resulta muy difícil, en tiempos de patrioterismo y banderas, explicar que la única lucha por la que merece la pena dar la vida tiene que ver con las mariposas, que no luchamos por un mañana, sino por preservar un hoy, unos rayos de sol sobre un velador de mármol, unas cuantas páginas sobre el sexo de un adolescente, el olor de un dormitorio desordenado por la mañana: todas esas cosas concretas que no acertamos a ver cuando hablamos de democracia y libertad.

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