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Orgullo muermo, por Sergio del Molino

Sólo recuerdo una Nochevieja memorable en mi vida, hace años. Una contractura muy fuerte y muy dolorosa en la espalda me inmovilizó todo el día, pero bebí lo bastante antes y durante la cena para que, a eso de las doce menos cuarto, no sintiera el dolor. Solo recuerdo que pasamos la noche de bar en bar y que el dolor regresó sobre las ocho o las nueve de la mañana, cuando volvíamos a casa. Entonces, un amigo dijo algo muy inconveniente a una pareja. Él era enorme y no le gustó lo que le dijeron. Mi recuerdo más nítido es pensar: maldición, este tipo nos va a zurrar y yo tengo la espalda tan destrozada que no puedo ni salir corriendo. Y me dio mucha risa mi indefensión. Es lo único que recuerdo de verdad. Y es un recuerdo feliz: mi risa idiota ante la perspectiva de recibir unos palos de aquel tipo por culpa de la boca impertinente de mi amigo.

El resto de mis Nocheviejas han sido frustrantes, aburridas, indigestas e innecesariamente largas. Sólo fui feliz aquella mañana en que vi peligrar mis costillas.

Pero, año tras año, he caído en la trampa nocheviejera. Cuántas veces me he preguntado qué hacía en ese lugar que, en una noche normal, no se me ocurriría pisar, bebiendo colonia de garrafón que caía en el estómago como ácido industrial, agrietándome el tímpano con la peor música del mundo y apelotonándome con cientos de extraños que no parecían estar pasándoselo mejor que yo, aunque intentaban fingir que sí.

Al crecer, uno se quita muchas capas de adolescencia. Hay quien no se las quita nunca. Son los que viven pendientes del qué dirán, los preocupados por la murmuración ajena. Pero quien descubre lo bien que sienta pasar de todo eso, le coge el gusto y termina haciendo de verdad lo que le apetece y no lo que el calendario y la jefa de animadoras del instituto dictan. Por eso, en este último juicio final del año, animo a que no sufráis más en Nochevieja. Muermos, salid del armario, no temáis confesar la pereza enorme que os da esta noche y recibid el año en pijama y leyendo un tocho de cualquier escritor austrohúngaro. Los que hacen ruido en la calle mientras leéis sentirán lástima por vosotros, pero vuestro orgullo muermo os hará indestructibles. No cedáis a la juerga por decreto. Ya la montaréis vosotros cualquier día que a ellos les toque madrugar.

Feliz año. A los muermos y a los que no lo son.

 

(La fotografía es obra de Khánh Hmoong, y se publica bajo licencia Creative Commons.)

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