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Qué hace una china como tú en un desierto como éste, por Sergio del Molino

Sanmao no es Mao hecho santo súbito, sino una escritora china (taiwanesa) que, en los años setenta, acabó en El Aaiún, capital del entonces Sáhara español. Estaba casada con José, un madrileño que la siguió por amor hasta el culo del mundo. Tras la Marcha Verde de 1975, la pareja escapó a Gran Canaria, donde vivieron unos pocos años más, hasta que José, aficionado a bucear, murió ahogado en una cala de La Palma en 1979. Años después, los lugareños de ese lugar remoto de Canarias se empezaron a preguntar por qué recibían la visita de tantos chinos y gente de otros países de Asia que se interesaban por esa cala, donde se hacían fotos y dejaban flores y notas escritas en chino. ¿No lo saben?, respondían los chinos: ¿cómo no saben ustedes que esta es la cala donde murió José, el marido de Sanmao? ¿Cómo no hay ni una placa que lo recuerde?

Pues porque el nombre de Sanmao no dice nada a casi ningún europeo, pero ha sido una referencia generacional para millones de lectores asiáticos, una escritora que murió en la cumbre de su popularidad, en 1991, y que hizo del Sáhara un espacio imaginario y familiar para sus admiradores. En España, sin embargo, no teníamos noticia del asunto. Hasta ahora. La editorial barcelonesa Rata ha publicado los Diarios del Sáhara, un grueso volumen donde se recogen las tribulaciones de una china en el desierto.

La intención de Sanmao era cruzar África de oeste a este, pero se tuvo que conformar con la parte española del desierto. Se enamoró de sus colores y de los saharauis. Vivió en las afueras de El Aaiún, donde no había más españoles que su marido, lejos de la vida de los europeos, a quienes prefería no tratar mucho, y fue construyendo uno de los testimonios más atípicos e inesperados de un lugar y de un tiempo que no ha dejado mucha literatura en español. Resulta de una de las mejores crónicas del fin del dominio hispano en el Sáhara la había escrito una china, y por aquí nadie se había enterado.

Es de agradecer que los diarios no estén muy retocados. Tienen, por tanto, esa estructura informal y desordenada propia del género, con sus inconsistencias y reiteraciones, que los hacen mucho más interesantes. Me gusta la actitud de Sanmao, demasiado refinada (es una taiwanesa políglota y culta, de familia de posibles) para un entorno de legionarios, analfabetos, funcionarios corruptos y buscavidas. Me encanta cuando duda de su amor por José, o cuando expresa, con sinceridad rotunda, que sabe que José le quiere más a ella de lo que ella quiere a José. Le gasta bromas que él no entiende, y a menudo apostilla: “A veces pienso que José es bobo, y me pongo muy triste al pensarlo”.

Los Diarios del Sáhara son mi recomendación atípica y marginal para empezar un 2017 lleno de lecturas insólitas. Feliz año tengan.

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