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Terroristas contra el tiempo, por Sergio del Molino

Esta semana me he enterado de la existencia y disolución del Fonacon, el único grupo (¿guerrillero? ¿terrorista?) al que podría haberme unido. Fonacon es acrónimo de Front d’Opposition à la Nouvelle Année (Frente de Oposición al Año Nuevo), una organización francesa que se dio a conocer el 31 de diciembre de 2005, en que se levantaron (¿en armas?) para impedir la llegada del año 2006. Fracasaron en su empeño, pero volvieron a intentarlo la siguiente nochevieja. Durante cinco años, lucharon contra “el curso infernal del tiempo”, hasta que, el 31 de diciembre de 2010, depusieron sus actividades, lamentando el escaso apoyo que el pueblo de Francia les había prestado, demasiado ocupado en sus asuntos personales y sin conciencia de la gravedad del paso de los años: “Si nos hubierais escuchado —dijeron en su alegato de rendición—, no habríamos perdido el mundial, no habríamos conocido la crisis. Era la solución a todos nuestros problemas”.

Me he enterado de que el Fonacon es la última expresión de una tradición de lucha contra el tiempo que se remonta como poco al siglo XIX (si excluimos las expediciones en busca de la fuente de la eterna juventud y su versión moderna en forma de crema antiarrugas). En 1851, parte de la sociedad inglesa se rebeló contra el propósito gubernamental de unificar la hora en todo el país, medida que tenía el turbio objetivo de conseguir que los trenes no solo salieran puntuales, sino que no chocasen entre sí. Hasta entonces, la hora era distinta en cada pueblo, según lo que marcase el reloj del ayuntamiento o de la iglesia: “¿Tolerarán los ingleses libres este mal monstruoso, sus insidiosas promesas de bien e indudable siembra del mal? ¡Por supuesto que no! Unámonos en defensa de la Hora Antigua con la determinación necesaria para extender la agitación y, si es necesario, ofrezcamos resistencia a esta agresión arbitraria. Que nuestro grito de guerra sea: ¡El tren o el sol! ¡Ingleses! ¡Guardaos del retraso en el tiempo oponiéndoos a esta peligrosa innovación! No debemos perder tiempo: despertad, levantaos o caed para siempre”.

De todo esto me he enterado leyendo Cronometrados. Cómo el mundo se obsesionó con el tiempo (Taurus), un ensayo de Simon Garfield, uno de los más exitosos autores de este tipo de libros divertidos, curiosos, disparatados y a la vez eruditos, que pretenden agotar un tema sin renunciar a hacernos reír ni a explorar el lado jocoso de la realidad. Y he vuelto a sentir la misma sensación que me domina cada vez que caigo en uno de estos ensayos: envidia. Porque forman un género abundante lleno de maestros en la tradición anglosajona, pero prácticamente no existen en la española. ¿Dónde están los Simon Garfield, los Bill Bryson, los Terry Eagleton y los Mary Beard en español? ¿Dónde están esos sabios peripatéticos que escriben con un estilo acerado y a la vez ameno, disertando con humor sobre los asuntos más serios? Siempre atentos a la anécdota (donde un ensayista continental la suprimiría por frívola), al chiste, al compadreo con el lector, jugando con la primera persona narrativa, libres de prejuicios culturales y de soberbia intelectual. ¿Por qué no han contagiado esa forma de hacer a todo el mundo? ¿Somos más tontos que los ingleses?

Quizá sea una cuestión de mercado. Quizá se deba a que el Reino Unido tiene una enorme clase media con estudios universitarios que lleva varias generaciones gozando con estos libros, que son la versión literaria de los documentales de la BBC, también difíciles de superar. Alguna explicación tiene que haber, pero yo la ignoro.

Si es una cuestión de tiempo y madurez, quisiera acelerar la cronología. En vez de militar en el Fonacon, pulsaría el botón de fast forward hasta el momento en el que los escritores españoles hagan libros así y los lectores españoles los celebren como merecen. ¿Cuánto tiempo tiene que pasar? Vamos, anímense, que no tenemos toda la vida. Tempus fugit.

 

Fotografía: Jon Hathaway (Todos los Creative Commons)

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