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Una pregunta china, por Sergio del Molino

Llevamos una hora hablando de tonterías. Tengo cierto cargo de conciencia porque el público ha pagado sesenta yuanes (unos ocho euros) y, aunque una parte son expats, es decir, expatriados británicos y estadounidenses, hay una porción considerable de chinos a quienes nuestros remilgos de escritores occidentales sonarán a ídem. Al final, una chica nos pregunta, ya que se ha hablado de libertad de expresión, si en nuestros países hay temas prohibidos. Respondo que no, que puede haber tabúes o cuestiones que una mayoría social puede considerar inapropiadas, pero que los estados europeos no ejercen censura sobre los escritores o los periodistas. Sé que miento y que caben muchos matices, pero estoy en China, donde el estado ejerce un control orwelliano sobre todo, y cualquier equiparación de las molestias que alguien como yo puede tener por expresarse libremente son un insulto para personas que se enfrentan a la cárcel o a cosas peores.

Sin embargo, otros participantes insisten en que hay presiones ambientales y censuras encubiertas y que no es tan bonita Europa como la pintan. He sido muy tajante al afirmar que no hay cortapisas a la libertad de expresión y noto que la chica agradece las respuestas complacientes que le regalan otros miembros de la mesa redonda. China no es tan rara ni tan tiránica, al fin, parece pensar: estos escritores también sufren. No sabemos muy bien qué, pero sufrimos.

Estoy en China, en un festival que mezcla literatura extranjera y china. Lo organizan unos estadounidenses y los actos son en inglés. Participan pocos escritores nacionales porque el gobierno considera que ese festival es un foco de protodisidencia y los autores creen que participar en él puede marcarles políticamente y ponerles las cosas muy difíciles. Yo no tengo esos dilemas. Me puedo significar o no sin que eso suponga el fin de mi carrera literaria o que me despidan o que me detengan o que me hagan la vida tan cuesta arriba que tenga que huir del país.

Pero a esa chica no le convence mi respuesta. Cree que exagero, que soy un chovinista, uno de esos occidentales soberbios que creen que pueden ir a China a dar lecciones. Le gusta mucho más que le digan que sus problemas son también los nuestros. Le consuela en cierto modo que el miedo y la sumisión no sean patrimonio de su país. No lo son, claro, pero no sé cómo explicarle que yo, a diferencia de ella, puedo escribir lo que me dé la gana sin que nadie me pida la documentación ni me lleve a la sala de interrogatorios. No sé cómo decirle que no me vanaglorio de ello, que solo lo constato y que me gustaría que ella pudiera expresarse con mi libertad porque, ciertamente, nadie merece vivir con ese miedo y esa amenaza.

Es inútil. No me va a entender. Nos separa una barrera más alta que cualquier lengua.

Está bien participar en festivales como este y tomar verdadera conciencia de la pequeñez de tus problemas como escritor y del enorme privilegio que gozamos de poder discutir sobre estética y sobre cuestiones complejas porque esos asuntos tan básicos y que tanto angustian a algunos autores chinos están tan superados que ni siquiera nos los planteamos como objeto de debate.

 

 

(La fotografía se publica bajo licencia Creative Commons)

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