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El trino del diablo, por David Pérez Vega

 

Editorial Sudamericana. 123 páginas. 1ª edición de 1974.

Éste es un libro robado. También es una primera edición. El 28 de marzo de 1974 se terminaron de imprimir en Buenos Aires 3.000 ejemplares de esta novela, leo en la página final del volumen. Unos cuarenta años después, uno de esos 3.000 ejemplares estaba (sin haber sido leído ninguna vez, intuyo por el estado de conservación) de adorno en un bar al que solía ir con mi novia tras salir del cine, uno de esos bares que han empezado a tomar la costumbre de decorar con libros sus paredes, como si de objetos vintage se tratara. Creo que ante estos locales, que lucen paredes adornadas con libros, siento lo mismo que un animalista frente a las jaulas donde están encerrados los últimos ejemplares de una especie en extinción para realizar experimentos químicos: necesito abrir las jaulas. Primero tengo que vencer mi aversión al robo. Cuando vi esta primera edición de El trino del diablo de Daniel Moyano (Buenos Aires, 1930; Madrid, 1992) al alcance de mi mano, mientras espera unas croquetas y una ensalada ‒por ejemplo‒ pensé en decirle al encargado que se la compraba. Intuía que los del bar eran libros comprados de saldo (también había mucha edición mala de las décadas de los 70 y 80), pero no sabía qué tipo de respuesta iba a recibir. También pensé en cambiarlo por otro: ir al día siguiente al bar con un libro de casa y decirle a algún camarero que se lo cambiaba por otro de las estanterías. Al final mi novia, que es más resuelta que yo para estas cosas, abrió su bolso y lo metió dentro. Luego decidí dejar, para compensar a unos camareros a los que les debía dar igual nuestro latrocinio, pero con el ánimo de acallar mi conciencia pequeñoburguesa, más propina de la habitual.

Tenían más ejemplares interesantes, como algunas primeras ediciones de los libros de Manuel Puig (aunque la verdad es que éstas son fáciles y baratas de conseguir en las librerías de saldo). Con el tiempo he pensado que tenía que haber desvalijado aquellas estanterías: el bar acabó cambiando de dueño, y con él cambiaron a los camareros de toda la vida y la decoración. Desaparecieron casi todos los libros y fueron sustituidos por teléfonos antiguos y artilugios así. La carta empeoró notablemente. En uno de los locales de enfrente, mi novia y yo coincidimos con uno de los antiguos camareros, quien nos contó que, al cambiar el local de dueños, les habían despedido a todos ilegalmente y aún estaban pendientes de juicio. Imagino que aquellos libros se venderían al peso en alguna librería de viejo o irían directamente a la basura cuando cambió la decoración. Creo que está claro que merecían ser robados.

¿Y quién es Daniel Moyano? Yo lo conocía porque la editorial Tropo reeditó en 2009 esta novela que hoy comento junto con un conjunto de relatos, un libro que se tituló El trino del diablo y otras modulaciones.
Daniel Moyano pertenece, junto a escritores como Haroldo Conti o Antonio Di Benedetto, a esa generación de autores argentinos cuyas trayectorias artísticas y personales truncó la dictadura del general Videla. Escritores silenciados durante los años de la dictadura que, con la llegada de la democracia, quedaron eclipsados por el peso de las grandes voces mediáticas del boom hispanoamericano.

Leo en internet que el padre de Moyano asesinó a su madre, y al ser encarcelado perdió la patria potestad de sus hijos. Daniel Moyano fue criado por sus tíos en diversos pueblos de Córdoba y acabó residiendo en La Rioja (Argentina). Moyano trabajó como albañil y periodista, tuvo la oportunidad de estudiar violín con unos vecinos españoles, y acabó trabajando como profesor de este instrumento en el Conservatorio Provincial de Música. También fue violinista del cuarteto de cuerda de esa institución. En 1976, tras el golpe militar, es detenido, y cuando sale de la cárcel se exilia a España. En Madrid se ganó la vida como obrero en una empresa de maquetación y luego fue crítico de libros para El Mundo. He encontrado estas palabras autobiográficas en la wikipedia que quiero reproducir aquí:

«El día del golpe de 1976 yo estaba en Córdoba, intentando inscribirme en la Facultad de Filosofía, porque se me había ocurrido estudiar. Cuando regresé a La Rioja había controles como si fuera una ciudad ocupada. Llegué a casa… Me dijeron que habían detenido a casi todos los intelectuales. Muchos eran del diario El Independiente. Además estaba detenido Ramón Eloy López, un poeta, un sacerdote, uno de los tres miembros del Partido Comunista, algunos de la JP y el arquitecto que proyectó la cárcel. Lo metieron en la celda de castigo. Esa noche dormí en casa, sabía que me podían detener. Había sido amenazado por la Triple A, y por LV14, la emisora local. Una locutora estaba leyendo un capítulo por día de El trino del diablo y le dijeron que si seguía leyendo iban a volar la radio. Me amenazaron a mí, recurrí al gobernador, Carlos Menem y me había puesto custodia policial en casa. Me levanté temprano, estaba preparando mi ingreso a la Facultad con ese placer de entrar por primera vez a esas disciplinas. Abrí un libro y vi que se detenía un auto: eran cuatro, tres caminaron despacio hacia casa. Mi hija María Inés, de siete años, dormía. Mi hijo Ricardo, que tenía catorce, estaba levantado junto a dos hijos de una familia amiga, y estaba mi mujer. Me apresuré a abrirles la puerta antes de que la derribaran. Era el 25. Pregunté si me podía cambiar de ropa. Dijeron: “Sí, pero pronto”, y me acompañaron al dormitorio. “¿Llevo documentos?”. “No los va a necesitar”, dijo uno. Eso me asustó. Pero no tuve tiempo de tener miedo. Quedé incapaz de reaccionar porque eso era insólito. Yo era periodista, además de escritor, trabajaba para Clarín, y músico y plomero. Me llevaron de casa al cuartel, en silencio. Estaba cerca. Al cuartel entré a los empujones. En un salón enorme estaba media La Rioja de pie, contra la pared (no nos dejaban sentar), con un colchón al lado. (…) Me enteré de que mis libros los secuestraron de la librería Riojana y los quemaron en el cuartel, junto con los de Cortázar y Neruda. Qué honor. Bajé siete kilos en doce días: hacía gimnasia a escondidas. Cuando me dijeron que podía abandonar la provincia, me fui a Buenos Aires, gestioné mi pasaporte, volví a La Rioja y en una semana levanté mi casa. El 24 de mayo de 1976, tomamos el “Cristóforo Colombo”, y el 8 de junio comenzó el exilio en Barcelona».

El domingo 27 de marzo aún estaba disfrutando de mis vacaciones de profesor en Semana Santa. Por la tarde terminé de leer No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles de Patricio Pron y pensé seguir con alguna de las anteriores novelas de Pron, que había sacado de la biblioteca, pero al haberme traído de mis vacaciones en Gran Canaria la novela Tres golpes de timbal, que encontré en una librería de Las Palmas por dos euros ‒que fue la última novela que vio publicada Moyano‒ y buscar información sobre él, me apeteció ponerme con alguno de sus libros y decidí empezar por El trino del diablo porque está escrito antes y porque, además, como se puede deducir del texto que he reproducido antes, pudo contribuir en gran medida a la encarcelación del autor dos años después de ser publicada.

Tenía un poco de sueño ese domingo, pero me tomé otro café sobre las diez de la noche y leí El trino del diablo de un tirón en unas dos horas, sin levantarme ni una vez del sillón.

El trino del diablo es una novela corta, pero de densa trama, que se remonta hasta 1591, cuando el conquistador español Capitán General Brigadier Juan Ramírez de Velasco funda la ciudad de La Rioja en un lugar equivocado. Sobre la ciudad en la que va a nacer Triclinio, el protagonista de la novela, muchos años después, pesa ya desde la primera página del libro un destino trágico. El tono inicial de la novela es bastante irónico; y así apostilla el narrador a uno de los que habló en 1591 sobre la fundación de la ciudad: «El sacerdote del grupo, un cura lampiño, defendió lo mejor que pudo a los pobres del futuro, estableciendo así un remoto antecedente para los curitas del Tercer Mundo» (pág. 9).

Triclinio ha nacido en una familia de mieleros bastante humilde, pero también con un don para la música. A Triclinio, que se va a formar como violista –igual que Daniel Moyano‒ se le llena la cabeza de sonidos y esto hace que no entienda casi nada de lo que le rodea. Desde ya debo apuntar que El trino del diablo no es una novela realista, sino profundamente simbólica, sin que el significado de los símbolos propuestos quede del todo especificado en el texto. Los sonidos que pueblan la cabeza de Triclinio pueden simbolizar, por ejemplo, su condición de artista, que pasa por el mundo ajeno a sus penurias al portar un consuelo permanente.

La novela, en algún caso, juega de forma irónica con los convencionalismos del realismo mágico que tan de moda estuvo en la literatura hispanoamericana por esos años: «La figura flaca y apaisajada de Triclinio se hizo familiar por las calles riojanas, con el violín en una mano, su andar distraído y la abejas que a veces lo seguían desde la casa hasta las proximidades del Conservatorio como en un cuento de García Márquez» (pág. 17).

La ironía y el realismo mágico vuelven a darse la mano en párrafos como éste: «Submarinos capaces de perforar la tierra vinieron desde el Pacífico por debajo del territorio y se bebieron el agua de las vertientes subterráneas, mientras las viejas y los niños salían en procesión con el Santo en andas pidiendo que lloviese» (pág. 21).

Las plagas que se pronosticaron en 1591 acaban de caer sobre la ciudad fundada en el lugar equivocado y Triclinio tiene que emigrar a Buenos Aires con la intención de ganarse la vida con su violín, pero un nuevo hecho surrealista-simbólico va a truncar sus planes. Así se lo cuenta el dueño de la pensión en la que se aloja: «Acá todos somos violinistas y todas las pensiones son para violinistas, incluso algunos hoteles, y esto no es un sueño. Acá en Buenos Aires todos tocan el violín, pero no para ganarse la vida, como parece que usted pretende, y permítame que me meta en sus cosas» (pág. 39).

Triclinio acabará cayendo en la pobreza y viviendo en una villa miseria llamada Villa Violín, donde todos sus habitantes son músicos artríticos y acabados. El tono juguetón e irónico del principio acaba volviéndose más dramático y Triclinio, dentro de una trama cada vez más surrealista y delirante que se parece a la de una novela de Mario Levrero (intuyo que Levrero tuvo que leer a Moyano), se verá envuelto, por ejemplo, en más de un derrocamiento presidencial. Pero mientras las intenciones narrativas de Levrero suelen ser más surrealistas y apelan al inconsciente, las de Moyano se vuelven más políticas, y aparecerán en la novela torturadores y elementos de tortura, que tal vez la música pueda derrocar. La novela antecede dos años al golpe de Estado de Videla, y por tanto está invocando a dictadores anteriores, pero queda claro que a los militares de 1976 no debían de gustarles muchas de las escasas páginas de este libro valiente y original, escrito con un lenguaje cuidado y bello.

Ya saben, si ustedes viven en España y quieren leer este libro tienen dos opciones: o robarlo en un bar, como hice yo, o buscar la reedición de 2009 (que además viene acompañada de unos cuentos por los que siento bastante curiosidad) que sacó la editorial Tropo.

 

Fotografía: David Pérez Vega (CC: Juan Martínez Pintor)

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