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“Fluyan mis lágrimas, dijo el policía” de Philip K. Dick, una lectura de David Pérez Vega

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, de Philip K. Dick.

Editorial Acervo. 282 páginas. 1ª edición de 1974; esta de 1976.

Traducción de Domingo Santos.

Encontré esta edición de Fluyan mis lágrimas, dijo el policía en una librería de segunda mano, especializada en ciencia-ficción, que estaba en Ópera (Madrid). Fue un viernes por la tarde y estaban a punto de cerrar. La novela costaba 25 euros, un precio elevado para lo que suelo gastarme en librerías de segunda mano. Era la primera edición del libro, que apareció en España en 1976, estaba nuevo, con su faja promocional incluida, y en ese momento estaba descatalogado en España (unos años después lo volvió a reeditar Minotauro). Además, la traducción era de Domingo Santos, al que yo conocía ­–también es escritor de ciencia-ficción– como traductor del mítico Dune de Frank Herbert. Acabé comprándolo. Le comenté al librero que era la última novela, de las que estaban disponibles en España en ese momento, que me quedaba por leer de Philip K. Dick (Chicago, 1928-Santa Ana, 1982). El librero no me contestó nada, me cobró y salí de la tienda algo cortado. No mucho después la librería cerró. No me extrañó nada. No hace falta ser profesor de Economía y Empresariales (como yo) para saber que si abres un negocio dirigido a un público muy concreto y especializado, este sólo puede prosperar si tú mismo eres un entusiasta del material que vendes.

A pesar de que, ciertamente, Fluyan mis lágrimas… era la última novela de Dick traducida al español (si descontamos alguna inencontrable traducción argentina) que me quedaba por leer y de que pagué 25 euros por ella, llevaba cinco o seis años en mi montaña de libros por leer. Además, Minotauro sacó al mercado una nueva, Laberinto de muerte, que compré y leí de forma inmediata. También leí una novela de Dick en inglés (The man whose teeth were all exactly alike), aún no traducida al español, antes que Fluyan mis lágrimas…, que tiene más prestigio que estas otras novelas de las que hablo. Y no sé por qué. Quizá tenía miedo a que me decepcionara, o a quedarme sin más novelas de Dick para leer (y eso que aún no he leído sus cinco tomos de cuentos). El caso es que este verano estuve ocho días de vacaciones en Londres (después de diez años sin ir), y me gustaba entrar en las grandes librerías de varias plantas, visitar su sección de ciencia-ficción y hojear los libros de Dick aún no traducidos al español. Creo que hacerlo me rejuvenecía, ya que Dick ha sido uno de mis escritores fetiches, mi escritor favorito durante la adolescencia. En Londres terminé comprando dos novelas en inglés y un libro de entrevistas. Al regresar a Madrid, antes de empezar con ellas me apeteció tomar por fin, de los altillos de mis estanterías, Fluyan mis lágrimas…

También he estado hojeando de nuevo la biografía de Dick Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos,escrita por Emmanuel Carrère. Según esta biografía, Fluyan mis lágrimas… fue una de las novelas más importantes para Dick a nivel personal. En noviembre de 1971, después de varias semanas pensando que alguien iba a asaltar su casa, ésta fue efectivamente desvalijada. Según Dick, este hecho probaba que no era un paranoico, sino que tenía razón de modo intuitivo. El episodio del asalto le preocuparía, sin embargo, durante mucho tiempo. Una de sus teorías era que el gobierno de Estados Unidos entró en su casa en busca del primer manuscrito de Fluyan mis lágrimas…, porque en esta novela hablaba de una droga con la que, supuestamente, estaba experimentando el propio gobierno, cuyo presidente en aquel momento era Richard Nixon, y él había preconizado algunos de los acontecimientos secretos que estaban ocurriendo en la realidad. Por tanto, el gobierno le seguía la pista. La vida de Dick siempre pareció una novela de Dick.

El personaje principal de Fluyan mis lágrimas… es Jason Taverner, un cantante de cuarenta y dos años que dirige un programa de televisión llamado Jason Taverner show, que posee una audiencia de treinta millones de personas. Jason mantiene un romance con la también famosa cantante Heather Hart. Aunque se siente algo mayor, Jason es una persona satisfactoriamente instalada en una vida de éxito.

Después de uno de sus programas, Jason vuela con Heather desde California hasta una de sus casas en Suiza. Por el camino recibe la llamada de una joven actriz a la que trató de ayudar en su carrera, con la que además (esto Heather sólo lo sospecha) tuvo un romance. Jason hace un alto en el camino para averiguar por qué la joven actriz siente tanta urgencia por verle. En su casa, Marilyn, la actriz, arrojará a Jason una «esponja Callisto», que se anclará en su pecho con sus cincuenta tubos de alimentación. Aunque Jason logra arrancársela, algunos de sus tubos quedarán insertados en su interior. Su vida corre peligro y, ya en el hospital, tendrá que ser operado. Éste sería el resumen del primer capítulo.

En el segundo Jason se despierta, pero en vez de estar en el hospital, se encuentra en la habitación de un hotel barato. Sigue llevando el traje de la noche anterior, y un fajo de 5.000 dólares en un bolsillo que también estaba allí hace veinticuatro horas. Jason se asusta. No puede limitarse a salir a la calle y volver a su casa. La novela, escrita durante los años 70, está ambientada en 1988, y en este 1988 de coches voladores, en que el hombre, además de en la Tierra, vive en colonias marcianas, sigue gobernando Richard Nixon. El mundo –o al menos la porción de mundo que representan los Estados Unidos– se ha convertido en un estado policial, con controles «pols» y «nacs» en casi todas las calles. Además, los campus universitarios están acordonados por la policía y los estudiantes condenados a vivir bajo tierra.

Jason, a pesar de su traje bueno y su dinero, se ha despertado en una habitación de hotel desconocida sin documentos de identidad, lo que puede llevarle a un campo de concentración tras ser interceptado por cualquier control policial rutinario. Jason comienza a hacer llamadas telefónicas y nadie ‒ni su agente, ni su amante‒ le conoce. Es posible que ya no sea una estrella de la televisión con una audiencia de treinta millones de espectadores.

Jason decidirá pagar una fuerte suma de dinero al recepcionista del hotel para que le presente a algún falsificador de tarjetas. Así empieza a entrar en contacto con una cadena de enigmáticas mujeres y policías. Es posible, también, que alguna de las mujeres con las que se cruza sea una confidente de la policía.

El ambiente que recrea Dick en esta novela es profundamente angustioso y paranoico. El lector siente en cada momento el peso de la persecución del aparato del Estado sobre Jason, que en realidad no ha cometido ningún delito. Lo malo no es cometer un delito ‒reflexiona McNulty, un alto cargo policial, que acabará convirtiéndose en uno de los personajes secundarios de la novela‒, sino que la policía se haya fijado en ti.

En Fluyan mis lágrimas… nos encontramos con los elementos clásicos de las novelas de Dick: angustia existencial y paranoia, además de percepciones de la realidad alteradas y personajes perdidos en otros mundos. La novela está escrita en tercera persona, pero, como viene siendo habitual en Dick, el narrador cede la voz a los personajes reflejando sus pensamientos y terminando el párrafo con la palabra «pensó». Tenemos aquí también a una misteriosa mujer morena, trasunto de la hermana gemela de Dick, muerta semanas después del parto.

Como ya he leído muchas novelas de Dick (más de veinte; de hecho, es el escritor del que más libros he leído), ya conozco muchos de sus trucos narrativos. Al principio pensaba que toda la novela, la realidad alternativa en la que un personaje tan popular como Jason se convierte en un desconocido sin papeles, iba a ser un sueño inducido por el veneno que inoculó en Jason la esponja Callisto del primer capítulo. Pero, según avanzaba en la lectura, y veía que en algunos capítulos el narrador nos hablaba de McNulty y el lector podía acercarse a sus pensamientos, deduje que la resolución del libro tenía que ser algo más compleja de lo que estaba imaginando, como así ha sido al final (compleja y absurda y divertida no tienen por qué ser términos contradictorios).

Como siempre, me han encantado los detalles fantásticos e imaginativos que utiliza Dick en sus novelas. Así, por ejemplo, leemos en la página 243: «Aquel selecto edificio de diez plantas que flotaba, sobre chorros de aire comprimido, a algunos palmos del suelo. La flotación daba a sus inquilinos la incesante sensación de estar siendo suavemente acunados, como en un gigantesco regazo materno. Aquello siempre le había gustado. Allá en el Este aún no se había puesto de moda, pero aquí en la Costa era el último y carísimo grito».

La edición de Acervo de 1976 está plagada de erratas (comienzos de frase sin mayúscula, pronombres con tildes o sin ellas, la misma palabra –por ejemplo «rió»– en unas ocasiones con tilde y en otras sin ella, alguna frase de traducción dudosa…), pero hasta este detalle tan pulp aporta encanto al libro. Espero que la nueva edición de Minotauro esté revisada.

Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (el título hace referencia a un verso de un poema de John Dowland, que le gusta al jefe de policía McNulty) tiene mucho sentido del ritmo y va generando una angustia y una intriga que hacen que el lector quiera seguir leyendo. El libro contiene prácticamente todos los elementos característicos de una novela de Dick (no había aquí, sin embargo, ninguna subtrama que hablase de Dios). Se trata de una destacada obra de su bibliografía, lo que no quiere decir –al menos para mí, que soy un devoto del universo dickeano– que sea una obra menor, sino todo lo contrario: estamos hablando de una gran novela.

«Mi realidad está filtrándose de vuelta», dice uno de los personajes. Yo, que empecé a leer a Philip K. Dick en 1990, no puedo dejar de quererlo.

 

 

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