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La acústica de los iglús de Almudena Sánchez, una lectura de David Pérez Vega

La acústica de los iglús, de Almudena Sánchez.

Editorial Caballo de Troya. 155 páginas. 1ª edición de 2016.

Coincidí con Almudena Sánchez (Palma de Mallorca, 1985) en los estudios de Gestiona Radio una tarde de septiembre de 2016. Ambos habíamos sido invitados por Antonio Martínez Asensio para hablar de nuestros libros en su programa. Estuvimos conversando en la sala de espera y acordamos enviarnos nuestros libros de cuentos. En aquel momento, creo que ni la propia Almudena se imaginaba el buen recorrido que tendrían sus «iglús». Ahora que me siento a escribir esta reseña ya van por la séptima edición; La acústica de los iglús ha debido de convertirse en el libro de relatos mejor vendido del año en España.

Yo he podido leer al fin (tenía demasiados libros acumulados) la primera edición del libro dedicada por la autora. Siempre me gustan estos detalles.

Para hablar de esta recopilación de diez cuentos y unas 150 páginas, he decidido establecer una división un tanto aleatoria: voy a tratar los cinco primeros como si fuesen un bloque y luego hablaré de los otros cinco. Los cinco primeros ocupan unas 100 páginas y los cinco restantes unas 50; así que, ya de entrada, podemos apreciar que los primeros son cuentos más largos.

La señora Smaig es el primer cuento. En él encontramos ya una serie de elementos que van a ser esenciales en la poética de Sánchez: La señora Smaig está narrado en primera persona por una voz femenina que suele ser una niña o bien una chica joven. Las voces narrativas de los cinco primeros cuentos, sin ser la misma, están fuertemente emparentadas.

En el primero, la narradora nos hablará del periodo que estuvo encerrada en un hospital al comenzar su adolescencia («Me inyectaban morfina, calmantes y antibióticos entre paredes muy blancas»: pág. 14).

Uno de los recursos que se utilizan en estos relatos, con intenciones poéticas, es el de la enumeración de cosas en apariencia incoherentes. Así, en la página 14, podemos leer: «Con tantas inyecciones y medicinas, se me olvidaban cosas básicas, como por ejemplo: el método para resolver una ecuación, la diferencia entre verdura y hortaliza, el nombre de mi profesor de griego o la risa de mi hermano Nico». El tercer cuento se llama Apuntes desde la bóveda celeste: en él, una chica ha de aceptar un trabajo que consiste en viajar al espacio para recoger basura cósmica. Puedo extraer de este cuento otro ejemplo de lo que estoy comentando: «En cuatro meses he capturado: una sanguijuela, una pata de jamón, varias plumas de pájaro ‒intuyo que son de avestruz‒, una ventosa, una tuerca hexagonal, una peluca albina (¿pertenecerá a Luis XVI?), las púas de un cactus, una bombilla fundida, una máscara de gas y un chicle de mora, aplastado» (pág. 55).

Otro recurso muy utilizado en estos relatos es apelar a una afirmación sorprendente o extraña, que implica una «verdad» dentro del particular mundo de la narradora: «Lo peor sucede así, cuando estamos yendo a algún sitio y no acabamos de llegar» (pág. 17); o en la página 62: «Las peores tragedias suceden en habitaciones de hotel».

También se apela mucho al surrealismo: «En uno de mis bolsillos creció una planta abominable. Percival la alimentaba con sus moscas muertas, cargadas de nutrientes» (pág. 35).

Las jóvenes narradoras de los cinco primeros relatos son chicas (adolescentes o jóvenes, como ya he apuntado) desnortadas, que escriben desde el aislamiento, la incomprensión del mundo y la extrañeza de la vida.

El escenario en el que se sitúan las historias implica incomodidad y disconformidad: un hospital (o manicomio) para La señora Smaig; una furgoneta, que la madre conduce por Inglaterra durante meses con la narradora y su hermano Percival, en El frío a través de los engranajes; una pequeña nave espacial para una única persona en la que recoger basura espacial en Apuntes desde la bóveda celeste; un hotel impersonal en el que una familia se recupera de un divorcio en El nadador del Hotel Minerva; una exigente escuela de piano en El arte incrustado.

Estos cinco cuentos, que –como ya apunté– ocupan los dos primeros tercios del libro, me han gustado. Me han parecido originales; en ellos, Almudena Sánchez consigue imprimir a sus narradoras una particular voz propia muy poética.

Hablemos ahora del segundo bloque de cuentos, los cinco últimos, que ocupan el último tercio del libro. El primero de ellos es Eclipse y su primera página la he usado como frontera de mi particular división del libro, porque enseguida me llamó la atención una diferencia en el comienzo frente a los cinco anteriores: está escrito en tercera persona. Habla de una pareja de ancianos que viven en un pequeño pueblo y que deciden gastar sus ahorros en viajar, ahora que consideran que les queda poco tiempo de vida. El mundo propuesto en este cuento es algo apocalíptico: «La Tierra comenzaba a convertirse en un páramo de residuos industriales» (pág. 95); o «Fuera del hogar, tanto en las ciudades como en el campo, el mundo se había transformado en un cráter bastante doloroso: cada día las autoridades alertaban de un grave incendio, huracán o epidemia a la vista. No se podía salir de casa, ni siquiera para comprar arroz. Los días en calma, que eran pocos y humeantes, se podía viajar» (pág. 97); o bien: «Debido a que los vehículos de transporte tradicionales se habían quedado obsoletos y se incendiaban con el aire abrasador de la ciudad, se había inventado el teleférico, que funcionaba con un motor blindado» (pág. 99). Esta ciencia-ficción poética (a lo Ray Bradbury) tiene bastante encanto, y Eclipse es también un cuento original.

De los cuatro últimos destacaría El triunfo humano, sobre dos amigas que se embarcan en un crucero, en el que la narradora no acaba de pasarlo bien. De nuevo, como en los cinco primeros relatos, nos encontramos con un escenario incómodo. Este cuento me ha recordado en su planteamiento a El arte incrustado, ya que ambos hablan de la relación entre dos mujeres (o niñas en el segundo caso) y los dos me parecen más ajustados en el lenguaje, en el uso del surrealismo poético, a otras propuestas. Los dos me gustan.

Hay tres cuentos en el segundo tramo del libro: Compostura: la línea imaginaria, Cualquier cosa viva e Introducción al relámpago que me han parecido inferiores al resto. Me parece que, en ellos, Almudena Sánchez repite propuestas ya mostradas en cuentos anteriores a una escala menos lograda.

En general, de los diez cuentos de La acústica de los iglús hay siete que me han gustado bastante, que me han parecido escritos con un hálito de poesía surrealista muy atractiva. Son cuentos originales y con una voz propia. El peligro, como apuntaba en el párrafo anterior, de este tipo de propuestas es caer en la repetición. Por eso, habrá que estar atentos a los próximos libros de Almudena Sánchez para saber qué camino decide tomar. A día de hoy, lo que debemos hacer es celebrar la aparición de una nueva e interesante voz en el vivo contexto del cuento en castellano. Enhorabuena, Almudena, por este libro.

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