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La fe en el talento, por Sergio del Molino

Aurora Venturini murió el mismo día que un mensajero dejó en mi casa las tres novelas que acaba de publicar Literatura Random House: Las primas (publicada ya en Caballo de Troya en 2009 y causa de toda la fama de su autora), El marido de mi madrastra y Los rieles. No había tenido tiempo ni de abrir el paquete cuando me enteré de su muerte por Facebook.

He leído Las primas inquieto y tembloroso por la casualidad. Es cierto que tenía noventa y tres años y que a esas edades uno de muere de repente, pero ya es pena que sucediera justo cuando se publicaban sus novelas en este lado del mar, cuando podía empezar a tener un reconocimiento transatlántico.

La historia de Venturini es bien sabida en el mundillo. Tras una vida de publicar libros en editoriales minúsculas y locales de Argentina o en autoediciones para los amigos, en 2007 se presentó al Premio Nueva Novela Página/12, un galardón convocado por el periódico de Buenos Aires para descubrir nuevos talentos. Y por nuevos se suele entender jóvenes. Cuenta la leyenda que, cuando Vila-Matas abrió la plica y comprobó que la autora de la novela que había enamorado al jurado por su audacia y frescura era una señora de La Plata de ochenta y cinco años, pensaron que era una broma. Todos estaban convencidos de que detrás del seudónimo de Beatriz Portinari se escondía una joven punk y perdonavidas. ¿Quién podía imaginar que era una anciana que llevaba toda la vida esperando un momento así?

Lo de Venturini emociona por su persistencia. En 1948 recibió un premio de manos de Borges y parecía que iba a emerger como una voz poderosa de la emergente literatura argentina. Pero los años pasaron sin que pasara gran cosa. Venturini vivió mucho sin dejar de escribir. Fue dibujando una biografía bien condimentada, con sus aventuras francesas y sus amistades intelectuales y sartrianas en el París rebelde aquel, pero nadie le hacía caso como escritora. Conmueve su persistencia, la forma en que creyó en su propio talento y la fe que tenía, a una edad en la que la mayoría de la gente ya ha perdido hasta un riñón y una válvula cardíaca (cuando no la vida misma), en que alguna vez sería reconocida. ¿Por qué si no se presentó a un concurso de nuevos talentos con ochenta y cinco años?

Venturini ha vivido ocho años reconocida, admirada, entrevistada, celebrada y hasta leída. Privilegios que le fueron negados toda su vida.

Creo que eso es lo que me conmueve mientras devoro Las primas, más que la sospecha de que soy un gafe y el miedo que tengo de pronto a interesarme por cualquier autor anciano, no sea que mi interés arrastre alguna maldición que no controlo.

 

(La fotografía de Manuel Abramovich pertenece al rodaje del documental Beatriz Portinari, basado en la vida de Venturini.)

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