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“La hija de Robert Poste” de Stella Gibbons, una lectura de David Pérez Vega

La hija de Robert Poste, por Stella Gibbons

Editorial Impedimenta. 357 páginas. 1ª edición de 1932, ésta es de 2010.

Traducción y notas de José C. Vales

Ya comenté hace unos meses que entré, después de años tratando de evitarlo, en una librería de segunda mano que abrieron en mi barrio, y acabé comprando cuatro libros por once euros. La librería (me lo preguntó más de un lector) pertenece a la Fundación Melior y está en la calle General Pardiñas, 118, en Madrid. Los libros cuestan dos, tres o cinco euros. Entre los cuatro que compré había dos de la editorial Impedimenta: La juguetería errante de Edmund Crispin, que ya leí y reseñé, y La hija de Robert Poste de Stella Gibbons (Londres, 1902-1989).

En la contraportada del libro podemos leer que La hija de Robert Poste «está considerada la novela cómica más perfecta de la narrativa inglesa del XX». Cuando puse en Facebook una foto con mis cuatro nuevas adquisiciones, uno de mis amigos en esta red social me comentó que él consideraba que esta novela no era, en realidad, tan divertida como la pintaban; un comentario que tal vez hizo disminuir mis expectativas sobre la novela, pero del que ya hablaré más adelante.

En agosto estuve ocho días de vacaciones en Londres y el día anterior al vuelo había acabado de leer Padres e hijos de Iván S. Turguénev. Me pareció una buena idea llevarme a Inglaterra el que había sido, durante el siglo XX, uno de los más prolongados best-sellers de su literatura. Durante el viaje (casi todo el día estaba en la calle) me dio tiempo a leer algo más de la mitad y lo acabé en Madrid.

La protagonista principal de La hija de Robert Poste es Flora, cuyo padre (Robert Poste), y también su madre, han fallecido cuando comienza la narración. Flora tiene diecinueve años y un carácter alegre y resuelto. La renta que le queda para vivir −100 libras al año− no es excesiva. Al principio se irá a vivir con un amiga en Londres, la señora Smiling, quien le recomendará que aprenda un oficio (por ejemplo, secretariado) para poder ganarse la vida. Pero Flora tiene otros planes: aunque la sociedad reprueba el comportamiento de las personas que sablean a sus amigos, no hace lo mismo con las personas que viven de sus familiares, así que, antes que prepararse para tener un oficio, decide escribir cartas a sus familiares y ver quiénes le contestan y en qué casa le conviene más iniciar su «carrera como parásita» (pág. 30). Al final decidirá viajar al condado de Sussex, a un pueblo llamado Howling, donde unos familiares lejanos poseen la granja Cold Comfort.

Cuando llega a Cold Comfort, sus familiares –los estrambóticos Starkadder– se empezarán a referir a Flora como «la hija de Robert Poste». La prima Judith le comentará que no le queda más remedio que acogerla debido a lo que su marido le hizo en el pasado a su padre (una afrenta que no se concreta), y a los derechos de Flora sobre la granja. Como lector, pensaba que una de las líneas narrativas (si no la línea narrativa) de la novela iba a centrarse en las pesquisas que iba a iniciar Flora para averiguar qué había ocurrido en Cold Comfort con su padre y el resto de la familia. Imaginaba que este misterio iba a ser el leitmotiv de la narración, pero acaba siendo algo que queda siempre en un segundo plano.

Los Starkadder son presentados como seres primitivos, pegados al terruño y a alguna obsesión (religiosa, poética, sexual…) que parece definir sus individualidades. Todos viven bajo el dominio de la tía Ada Doom, una anciana que casi nunca abandona su estancia en la parte superior de la casa, y que al parecer está un poco loca porque de niña «vio algo sucio en la leñera», siendo esta expresión un motivo recurrente en la novela. Los Starkadder no pueden alejarse de la granja porque eso enloquecería a la tía Ada, y cumplen con esta premisa hasta el punto de mantener en secreto sus matrimonios y tener a sus mujeres en el pueblo cercano, mientras ellos trabajan y duermen en la granja. «Siempre ha habido Starkadder en Cold Comfort», será la segunda sentencia irreparable de la tía Ada, junto a la ya comentada y que hace referencia a lo que vio en la leñera.

Pese al ambiente opresivo de la granja, Flora no pierde su alegría y toma la decisión de arreglar la situación que encuentra en Cold Comfort. Y este será el verdadero motivo narrativo de la novela. De los encuentros con sus familiares y el deseo de conducirlos hacia una vida más satisfactoria para ellos surgen las situaciones más simpáticas del libro. Y escribo «simpáticas» y no «divertidas», porque lo cierto es que el primer adjetivo describe mejor lo que he sentido al leer este libro que el segundo, aunque la contraportada afirme que La hija de Robert Poste «está considerada la novela cómica más perfecta de la narrativa inglesa del XX», como ya he comentado al principio. El comentario de mi amigo de Facebook me confirma que es posible que las expectativas de alguien que se acerque a este libro pensando que va a reírse mucho con él van a quedar defraudadas, o tal vez no, porque el humor es un asunto muy particular. «Deliciosa… La hija de Robert Poste posee la mordaz ligereza de Woodhouse y el descarado aplomo de Evelyn Waugh», es otra de las citas (procedente del periódico The Independent) recogida en la contraportada. En el prólogo, el traductor José C. Vales nos habla de algunas de las dificultades que ha encontrado al trabajar en este libro: parte del humor de la novela reside en la forma de hablar de los habitantes de la granja, algo que es difícil de trasladar a otra lengua; de hecho, en más de un diálogo, Gibbons hace transcripciones fonéticas de la forma de hablar del sur de Inglaterra, lo que podría ser muy divertido para el lector londinense de la época, pero un problema para un traductor. Además, Stella Gibbons juega también a inventarse palabras, y algunas de ellas se han incorporado a la lengua humorística inglesa.

En muchos casos, Gibbons parodia las novelas románticas y folletinescas del siglo XIX, y hace hincapié en ello con comentarios como «en las novelas nos solemos encontrar con…». Como lector, tal vez me faltaban las referencias para saber exactamente qué novelas estaba parodiando Stella Gibbons.

En la página 202 me encuentro con un detalle narrativo muy curioso: Flora baja desde la granja hasta el pueblo para hacer una llamada a Londres. Quiere hablar con su amigo Claud. Leemos: «Claud giró el dial del televisor y se entretuvo estudiando el rostro amable y pensativo de Flora» y un poco después: «Ella no podía verlo a él, porque los teléfonos públicos del pueblo no estaban acondicionados con cámaras de televisión». La novela está publicada en 1932. ¿Es que en esa época existían las videoconferencias? Imaginaba que no, pero lo he buscado en internet por curiosidad y no he encontrado nada al respecto. Parece un extraño elemento de ciencia-ficción que entra de repente en la novela.

En la página 282 se habla de estrellas de cine y se dice: «Al pobre Morelli lo frieron en la silla eléctrica en el cuarenta y dos» o al hablar de Clark Gable se dice que de su éxito han pasado ya veinte años.

Estos detalles que comento hacen pensar que el tiempo de la narración no es anterior a 1932, fecha de su publicación, sino posterior. Tengo que reconocer que el detalle de la videoconferencia me dejó perplejo.

Por lo que he comentado hasta ahora (principalmente que no me he reído a carcajadas con la novela) da la impresión de que ésta no me ha gustado; en realidad, lo que trato de explicar es la confusión que puede provocar la contraportada: si un lector español del siglo XXI (o al menos el lector español del siglo XXI que soy yo) se acerca a este libro pensando que va a morirse de risa, quizá quede defraudado, pero si cambia su perspectiva y piensa que lo que va a encontrarse es un libro con «encanto», un libro con ese English charm del que hablé cuando comenté La juguetería errante de Edmund Crispin (una novela que a mí me pareció más divertida que ésta), es posible que lo disfrute más.

Lo cierto es que las escenas dibujadas en La hija de Robert Poste están descritas con precisión y Stella Gibbons usa siempre un lenguaje cargado de gracia. Quizá me habría gustado más que indagara con mayor profundidad en el misterio de la pasada presencia del padre en la granja, pero los capítulos en los que se describe el trabajo y los choques de Flora para mejorar la vida de los habitantes de la granja se leen con simpatía y se aprecia el orden y el equilibrio en la composición de las escenas.

Sin maravillarme, quizá un tanto decepcionado por las expectativas incumplidas, he acabado La hija de Robert Poste con una sensación de agradable ligereza.

 

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