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Los hombres topo quieren tus ojos, una lectura de David Pérez Vega

Los hombres topo quieren tus ojos, por Varios Autores de la Era Dorada del Pulp norteamericano.

Editorial Valdemar. 559 páginas. 1ª edición de los cuentos: décadas de 1930; esta edición es de 2009.

Traducción de Marta Lila Murillo

Prólogo y edición de Jesús Palacios

 

Yo crecí leyendo ciencia-ficción y terror. Si a los catorce años mis escritores favoritos eran Isaac Asimov y Stephen King, a los dieciséis fueron Philip K. Dick y H. P. Lovecraft. A los diecinueve (casi a los veinte) dejé la fantasía por el realismo, y ya pasados los treinta decidí revisitar aquella literatura de género que hizo de mí un lector. Normalmente vuelvo a estas lecturas en verano. Si el año pasado leí Noctuario de Thomas Ligotti y la antología Felices pesadillas. Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar cuando finalizaba el curso escolar y más tarde me encontraba, a la sombra de unos pinos, en una playa de la bahía de Alcudia (Mallorca), este año que repetía playa también quise volver con Valdemar. Así, no mucho después de acabar el curso escolar, tomé de los altillos de mis estanterías del Ikea Los hombres topo quieren tus ojos y otros relatos sangrientos de la Era Dorada del Pulp, que me había regalado en las últimas Navidades mi pareja (también una gran admiradora adolescente del género de terror y de la editorial Valdemar).

El prólogo de Jesús Palacios –que además ha seleccionado los cuentos de la antología‒ no tiene desperdicio. En él, Palacios nos explica qué se conoce con el nombre de Weird Menace, un subgénero del pulp que se publicó, durante aproximadamente una década, en las llamadas revistas Shudder Pulps. Henry Steeger se convertiría en el editor de revistas pulp que inició este movimiento, tras visitar París y descubrir allí el Teatro del Grand Guiñol, cuyas tramas teatrales tendían a la truculencia. En 1933 Steeger hace desaparecer de su revista las historias de detectives para cambiarlas por las de Weird Menace, un subgénero de las revistas de quiosco con las siguientes características: se plantea una narración en la que pronto aparecen asesinatos. La explicación parece ser sobrenatural, pero al final la historia quedará explicada dentro de la realidad, aunque para conseguirlo la verosimilitud narrativa quede muy dañada. En la historia suele haber una pareja joven: él es fuerte y decidido, ella es muy atractiva. Es posible que la secta oriental que secuestre a la chica (suelen ser sectas orientales, la incorrección política es otra de las características del Weird Menace) la torture y además vaya perdiendo la ropa por el camino. Habrá cadenas, vísceras, cuevas, sectas secretas, ratas, atractivas mujeres ligeras de ropa, asesinatos, aparatos de tortura, científicos locos…

Jesús Palacios reivindica el pulp de los años 30: muchos de los escritores seleccionados en esta antología escribían entre un millón y dos de palabras al año, lo hacían en habitaciones con varias máquinas de escribir (una para los relatos de ciencia-ficción, otra para los de aventuras bélicas, para los westerns, para los de terror o para los de detectives, y también para sus variantes: los relatos de ciencia-ficción picante, los westerns picantes, etc.) y adaptándose a las portadas que les mostraba previamente el editor. Firmaban sus obras con pseudónimos y a veces es difícil saber quiénes eran, porque aparecían y desaparecían de las revistas pulp sin dejar rastro, sin saber si eran los mismos escritores u otros nuevos. Y dentro de la gran oferta de revistas pulp de la época (cuyo público objetivo era la clase media o baja), que se vendían en quioscos, lo más bajo de la cadena eran las revistas de Weird Menace, cuyas portadas con mujeres ligeras de ropa, atadas con cadenas y acosadas por seres repugnantes, no solían mostrarse directamente en los ventanales de los quioscos.

A lo largo de mi infancia creo haber visto en quioscos o en el rastro de Madrid revistas con estas portadas perturbadoras, en las que se mezclaba el erotismo, el sadismo y el terror. Especulo que lo que se vendía en Estados Unidos durante la década de los 30 llegó a España a finales de la década de los 70, y se ofrecían en el rastro durante los 80. Nunca tuve oportunidad de acercarme a alguna de aquellas revistas; me he desquitado, sin embargo, este verano, pasados ya los cuarenta años.

En la página 51 del libro, Palacios acaba su prólogo diciendo:

«¿Qué menos que un elegante ejemplar en imperecedera tapa dura, cosido y cuidadosamente encuadernado, con eruditas –espero– introducciones y notas, y brillante portada en color, para cobijar a los más miserables y vilipendiados escritores de la historia de la literatura moderna, los autores de pulp y, más concretamente, los parias de los Shudder Pulps?

No olvidemos que hubo un tiempo, no muy lejano, en el que maestros hoy consagrados por crítica y fans, como Lovecraft, Howard, Hammett, Chandler, Irish, Leiber, Asimov, Leigh Brackett, Bradbury, Vance y tantos otros, fueron, simple y llanamente, escritores de pulp fiction».

Además del extenso e interesante prólogo, Jesús Palacios introduce cada uno de los trece relatos de esta antología con una nota biográfica de cada autor y la historia del relato y sus características. Si se juntaran estas notas se podría formar un librito a semejanza de la Historia de la literatura nazi en América de Roberto Bolaño, porque las biografías de estos escritores suelen ser muy curiosas: personas que empezaron a publicar con menos de veinte años y que siguieron haciéndolo con más de noventa, que enlazan la era del pulp con la de las publicaciones online en internet, o autores que acabaron siendo guionistas de algunas de las series norteamericanas más famosas de la televisión.

El primer relato de la antología es Los hombres topo quieren tus ojos (1938) de Frederick C. Davis: en un pueblo del interior de Estados Unidos, una noche aparece una joven desnuda y con las cuencas de los ojos vacías. La población está siendo atacada por una serie de semihombres esqueléticos y posiblemente ciegos. Se especula con que son los locos escapados de un manicomio que se refugiaron en una mina, que fue volada y sellada. Pero tal vez dichos locos (perturbados sexuales en la mayoría de los casos) sobrevivieron y han encontrado un modo de volver al exterior y vengarse. Tal vez hayan secuestrado a uno de los más famosos oftalmólogos del mundo (que casualmente vive en este pueblo) y le estén obligando a trasplantar los ojos sanos de las jóvenes del pueblo en sus propios ojos, cegados por años de oscuridad. También uno de los más famosos criminólogos del mundo (casualmente, de nuevo) vive en este pueblo y ayudará a la pareja protagonista a encontrar al oftalmólogo y resolver todos los misterios.

En realidad, como ocurre con la mayoría de las historias seleccionadas para este libro, más que hablar de relatos deberíamos hablar de novelas cortas, porque Los hombres topo quieren tus ojos tiene más de cincuenta páginas.

El relato tiene más de una sorpresa final y acabará con la joven pareja abrazada y contemplando un positivo y prometedor horizonte (otro de los convencionalismos de este género).

La verdad es que, a pesar de los escenarios siniestros y de esas bellas jóvenes a las que se les arrancan los ojos, no podía dejar de reírme al leer esta historia. Como diría César Aira: era tan mala, que era genial. Los hombres topo quieren tus ojos no se puede leer en serio, pero como despropósito narrativo está plagada de hallazgos desternillantes.

Sospecho que Frederick C. Davis no escribió esto en serio y que su público tampoco se lo tomó así. Me imagino a Davis muerto de la risa tecleando en su máquina para historias Weird Menace, pensando ya en pasar a su siguiente máquina de escribir para hacer un relato de ciencia-ficción picante. Y me imagino también meses después a un adolescente de Detroit, sin ningún criterio literario, leyendo esta historia, enganchado a su ritmo, a su locura, a su morbo y a su impostura de cartón-piedra y oscuridad.

Los hombre topo quieren tus ojos parece estar escrito por un Edgar Allan Poe ciego de ácido, o por un César Aira posmoderno entregado a la destrucción de los géneros literarios. Una lectura muy refrescante.

Con El señor de los muertos (1933) llegamos hasta Robert E. Howard, el creador de Conan el Bárbaro y del género de espada y hechicería. Sé que en Estados Unidos hicieron una película sobre su vida. Aquí no llegó y me quedé con ganas de verla. Howard es todo un personaje: casi no salía de su rancho de Texas, y fue uno de los mejores amigos de H. P. Lovecraft (otro de los grandes personajes de la literatura del siglo XX), aunque nunca llegaron a conocerse en persona (su amistad era epistolar). Howard, además de crear el género de espada y hechicería ‒es decir, de ser un precursor de Juego de tronos‒, también se suicidó a los treinta años, después de la muerte de su madre. Yo leí, hace mucho, un libro suyo: Rey Kull, con un personaje parecido a Conan, que a mis dieciocho años me gustó bastante, y también he leído otros relatos suyos en antologías de Valdemar. Me gusta Howard, no al nivel de Lovecraft, pero me gusta. De hecho, puede que El señor de los muertos sea el relato mejor escrito de toda esta antología (que no se caracteriza precisamente por la prosa elevada. El propio Palacios lo dice en el prólogo y en la introducción de cada autor: los cuentos se han seleccionado para mostrar las características del Weird Menace y no por su calidad literaria).

En El señor de los muertos nos encontramos con un detective enfrentado a una peligrosa secta oriental en el barrio chino de una gran ciudad americana. La historia se resolverá con el detective tomando un hacha y enfrentándose a sus atacantes, armados con espadas. Claramente, éste es un caso de «demasiada pasión por lo suyo», o bien de «la cabra tira al monte».

El barco del demonio dorado (1939) de Lazar Levi es un relato especialmente delirante. En él, un grupo de contrabandistas fingen que las costas están amenazadas por un barco fantasma para dedicarse a sus actividades delictivas sin que nadie les vigile. Lo más gracioso de este relato era su erotismo barato. Aquí nos encontramos con un tipo de personaje que va a repetirse en más cuentos: la mujer fatal, muy atractiva y sádica, deseosa de torturar a los hombres.

Con Terror en el rancho de vacaciones (1936) de Richard Tooker sobrepasamos ya la página 200 del libro y algo empieza a ocurrirme: en este relato volvemos a encontrarnos con una amenaza en apariencia sobrenatural, pero ya sé –porque me lo ha contado Jesús Palacios en su prólogo– que, al ser un relato de Weird Menace, la amenaza sobrenatural tendrá una explicación absurdamente realista. De nuevo tenemos aquí a una secta oriental haciendo de las suyas y de nuevo, tras serias amenazas de tortura, la pareja protagonista acabará abrazada y mirando hacia un prometedor horizonte.

Debo reconocer que, cuando el año pasado leí la antología de Valdemar Felices pesadillas, que seleccionaba una serie de relatos publicados previamente por la editorial, los cuentos me parecieron más variados: había cuentos de fantasmas, de vampiros, algunos abiertamente sobrenaturales, otros sólo de forma sugerida, había relatos violentos y no sobrenaturales… Al no saber a qué género se iba a adscribir cada cuento, los leía más intrigado y su efecto era mucho más intenso. En esta antología, después de haber leído ya dos o tres historias, empiezan a pesar sobre el lector las expectativas truncadas por los convencionalismos del género. De hecho, entre los motivos que señala Palacios para explicar la desaparición de este tipo de revistas, no solo se encuentra la censura, sino el exceso de repeticiones temáticas.

Sin embargo, es una suerte que la quinta novela corta seleccionada sea Tumbas para los vivos (1937)de William Irish, porque Irish es un escritor todavía recordado por sus novelas negras, y esta historia está mejor escrita que otras del libro. Además tiene algún alarde técnico, como el cambio de la tercera persona a la primera. El tema aquí es el de los enterramientos vivos, y también hay una secta malvada, pero lo he leído con genuino interés. Lo dicho: uno de los mejores relatos del libro.

Locura rubia (1934) de Arthur Humbolt recrea el gran tema del artista loco que necesita diferentes partes de bellas mujeres para crear a la modelo perfecta. Es corto, divertido y previsible.

La cosa que cenaba muerte (1936) de John H. Knox está algo mejor escrito que la media, y contiene alguna escena de gore realmente «grimosa», por usar el mismo adjetivo que Palacios.

La profecía (1934) de Hugh B. Cave es uno de los relatos que más me han gustado del libro. Me gusta su tono realista: en vez de encontrarnos aquí con la ya consabida secta oriental, los protagonistas del relato (blancos) acuden a un acto religioso un tanto perturbador, llevado a cabo por negros que creen en el contacto con el más allá. Su final, en el que se juega a la existencia de una explicación natural, o tal vez sobrenatural, me ha parecido sutil. Este relato me ha gustado más porque el conflicto me parece más realista y verosímil que otros y porque su final, paradójicamente, puede ser fantástico.

Sangre para el vampiro muerto (1940) de Robert Leslie Bellen vuelve a resultarme repetitivo, pero introduce la variante del vampirismo como posible explicación sobrenatural a los hechos narrados y esto le hace ser un poco diferente. Como dicen ahora los adolescentes: «Next».

Tigresa (1937) de David H. Keller es uno de los relatos más famosos del conjunto. Está ambientado en Italia y esto hace que presente ya una peculiaridad, al salirse de los escenarios norteamericanos. Una nueva variante mórbida del mito de la mujer fatal. Está bien.

Cuando la bestia negra se sació (1937) de Hal K. Wells parece imitar en sus comienzos a un relato de H. P. Lovecraft, pero enseguida pasa del posible terror sobrenatural y sugerido a la real amenaza de los asesinos portadores de objetos cortantes. Divertido.

De Momias a la carta (1940) de E. Hoffmann Price me quedo con su atractiva ambientación egipcia. Por lo demás, un poco de lo de siempre: calabozos, enterramientos, bellas mujeres, muertes, sectas, cuchillos, luchas…

Creo que Jesús Palacios ha dejado astutamente para el final el que puede ser el mejor relato del libro: Novias frescas para la hija del diablo (1940) de Bruno Fisher. Otro relato de loca mujer fatal, pero con mayores dosis de erotismo sádico y perversión que en otras piezas. Al leer este cuento no me reía, lo leía en serio, con creciente angustia.

En resumen: ya he apuntado antes que conocer las premisas teóricas con las que está construido un cuento de Weird Menace (presentación sobrenatural del relato, pero resolución realista, aunque inverosímil; presencia de sectas secretas, a las que les gustan las mazmorras y las torturas; leve erotismo, un poco enfermizo; un poco de gore; escena cursi final de la pareja protagonista que ha conseguido sobrevivir a los peligros…) hace que el lector ya sepa, más o menos, cómo va a avanzar la narración y esto le hace perder frescor a su lectura. Además, debería apuntar que entre las antologías Felices pesadillas (cuentos seleccionados por su calidad literaria dentro del género de terror) de la propia Valdemar, y Los hombres topo quieren tus ojos, me quedo con la primera. Pero también he de decir que este libro que comento hoy no deja de ser una rareza muy divertida y quizás bastante posmoderna, ahora que desde las alturas literarias se reivindica tanto la literatura de género.

Por otro lado, resulta curioso observar la profunda influencia de este tipo de narraciones marginales de los años 30 en gran parte del cine adolescente de los 80. Por citar algunos ejemplos que no menciona Jesús Palacios en su prólogo (su análisis de la influencia del Weird Menace en la literatura y el cine es verdaderamente brillante) se pueden citar El templo maldito, la segunda parte de la saga de Indiana Jones, que contiene casi todos los elementos del Weird Menace, o la película El secreto de la pirámide, sobre las aventuras del joven Sherlock Holmes.

Me ha gustado el apunte que hace Palacios sobre H. P. Lovecraft: aunque su amigo Robert E. Howard sí que accedía a escribir cuentos según las sugerencias –o mandados– de sus editores, y lo hacía en muchos casos usando seudónimos, Lovecraft, poseedor de un potentísimo mundo propio, no conseguía plegarse a esas imposiciones externas. Y si esto me parece honroso, no deja de ser paradójico que también me lo parezca lo contrario: me gusta que Jesús Palacios y la editorial Valdemar homenajeen a escritores profesionales tan vilipendiados y menospreciados como éstos (si Los hombres topo quieren tus ojos, el primer relato del libro, lo escribiera ahora mismo César Aira, lo celebraríamos como una más de sus genialidades y no dudaríamos en calificarlo de alta cultura).

Resumen del resumen: este libro es una curiosidad muy atractiva, un libro tan loco como divertido, que interpela directamente al lector adolescente que llevamos dentro (ese lector un poco pervertido, un poco sádico, al que le gusta pasar miedo y asco y reírse de sí mismo pasando miedo y asco). A ese lector adolescente, un poco playero y piscinero, que nos convirtió en los lectores adultos que somos ahora.

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