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Patas de perro de Carlos Droguett, una lectura de David Pérez Vega

Patas de perro, de Carlos Droguett.

Editorial Malpaso. 303 páginas. 1ª edición de 1965, ésta es de 2016.

Prólogo de Lina Meruane.

En el verano de 2016, cuando estaba en la playa de la bahía de Alcudia (al norte de Mallorca), abrí en el móvil un pdf que me había enviado al correo José de Montfort, el representante de prensa de la editorial Malpaso. En ese pdf se anunciaban las próximas publicaciones de la editorial. Rápidamente me llamó la atención la reedición de la novela Patas de perro, que apareció por primera vez en el Chile de 1965, escrita por Carlos Droguett (Santiago de Chile, 1912-Berna, Suiza, 1996). El dossier de prensa recogía una cita de Manuel Rojas: «La mejor novela chilena de todos los tiempos». Manuel Rojas es el escritor de Hijo de ladrón, novela publicada en 1951 y que he hojeado más de una vez. Una novela que sé que tarde o temprano leeré. Hijo de ladrón es una de las novelas más importantes de la literatura chilena, y aunque aún no la he leído, sí que la conocía. Pero… ¿quién era ese Carlos Droguett del que Rojas hablaba de manera tan elogiosa? Como ya he dejado claro en mi blog más de una vez, a mí las historias sobre escritores hispanoamericanos injustamente olvidados me encantan, así que anoté este título para solicitárselo a José de Montfort cuando saliera. José me lo envió a casa a finales de 2016 y lo leí en marzo de 2017.

El narrador de Patas de perro es un hombre de cuarenta y cinco años llamado Carlos. En el entusiasta prólogo de Lina Meruane (por cierto, su novela Sangre en el ojo se ha reeditado ahora en España y es muy recomendable) se apunta que Carlos es un escritor sin obra publicada. Esto me ha llevado a leer la novela esperando que Carlos hablara de sus escritos, pero lo cierto es que no se apuntan más datos sobre este asunto, salvo el hecho de que está escribiendo la crónica que el lector tiene entre manos. En ningún momento se dice que en el pasado tuviera una vocación literaria (o bien yo me despisté durante la lectura y no encontré esa información). Carlos es un hombre solitario que en hace tiempo deseó ser profesor de filosofía, pero no tuvo éxito en su empeño. También llegaremos a saber que trabajó en una imprenta. En algún momento deseó casarse y empezó a buscar casa antes que esposa. En este proceso conocerá a Roberto (Bobi), un niño de trece años procedente de una familia pobre al que adoptará para que viva con él en su casa solitaria.

Bobi no es un niño normal, ya que nació con dos contundentes patas de perro en vez de piernas. Sus patas de perro serán una fuente de sufrimiento, pero también su seña de identidad: así, Bobi se sentirá ofendido cuando Carlos le regale unas botas con la intención de cubrirlas. Sus patas de perro son el motivo de su distancia con respecto a los demás: «El profesor Bonilla me odiaba no porque yo fuera lo que era, sino porque consideraba que mi figura era en sí misma una insolencia, una falta de respeto y de cortesía, decía que yo no era humilde cuando debía serlo, que no me ocultaba como debiera hacerlo, sino que ostentaba mi cuerpo con cierta desenfadada impudicia que lo tornaba razonablemente furioso», leemos en la página 63. Sus patas de perro también son el germen de su angustia existencial: «¿Qué soy yo?, me preguntaba avergonzado, humillado y rencoroso, ¿qué soy yo, pues?» (pág. 26).

En la página 72 leemos: «Bobi no será nunca feliz, nació deforme como los artistas y, como la de los artistas, su deformidad es perfecta». Quizá en esta frase se encuentre la clave de la novela, su significación última: Carlos Droguett se desdobla en la desvalida voz del personaje de Carlos y en el desubicado adolescente Bobi para hablarnos de la condición del artista. Droguett como escritor se siente un hombre solo que necesita «escribir para olvidar una terrible historia» (la idea de «escribir para olvidar» se repite varias veces en la novela. A la vez, siente que su mirada sobre el mundo es la de un adolescente perdido, una mirada orgullosa y sorprendida. Su presencia provoca miradas de extrañeza entre los demás. Bobi ha llegado al mundo en un hogar pobre, con un padre borracho que sentirá la presencia de su hijo como una ofensa, y que no dudará en pegarle, y una madre que, aunque no le pegue, no deja de llorar su desgracia. El profesor Bonilla siempre mirará con recelo a Bobi, a pesar de ser el alumno más aventajado de su clase. Este personaje parece representar al estamento de la cultura institucionalizada que no acaba de sentir como propio al nuevo artista. Las autoridades ‒agentes del orden‒, representadas por el abogado Gándara y el Teniente, siempre se acercarán con recelo a Bobi, al que no pueden comprender. Algo diferente será la actitud del padre Escudero o el ciego Horacio que, uno desde la piedad y otro desde la marginalidad, tendrán una visión más positiva de la peculiaridad de Bobi.

He escrito que Bobi puede representar al Artista, pero también a cada Hombre y sus peculiaridades, coartadas por una civilización alienante, y Bobi podría ser un trasunto de Jesucristo. Las interpretaciones del texto pueden ser variadas y yuxtapuestas. También los comunistas querrán hacer de Bobi una causa, pero Bobi (o el Artista) no quiere abrazarse a nadie, sino perderse entre los marginados. Por eso querrá ser amigo de los perros, que al principio le rechazan.

El estilo de la novela es poderoso y elegante. Carlos Droguett es un gran degustador del idioma. Me ha llamado la atención que Patas de perro, frente al uso del lenguaje de otros autores de su país, apenas contiene chilenismos, y parece más bien bucear en fuentes antiguas y claras del español. Su uso de la adjetivación es destacable. Muchas de las páginas de esta novela tienen la fuerza de un poema. El autor suele prescindir de los puntos a favor de las comas, creando así párrafos muy extensos de frases enlazadas. Dentro de este lenguaje poético del que hablo, también gusta Droguett de la repetición de palabras («pasaban zapatos, zapatos gastados, zapatos viejos, zapatos rotos, zapatos rompiéndose, zapatos hinchados por la enfermedad, zapatos secos por el abandono, zapatos que iban cansados, trajinados, cayéndose, zapatos que iban vertiginosos, como huyendo, zapatos desmoronándose, quedándose en el camino, rompiéndose, abriéndose, desfigurándose (…)», leemos en la página 257).

La novela narra una pérdida desde el presente. Cuando Carlos empieza a escribir para olvidar, el lector comprende que Bobi ya le ha abandonado.

En su introducción, Lina Meruane señala algunos paralelismos entre la obra de Carlos Droguett y la de su compatriota Roberto Bolaño, sobre todo entre la obra Todas esas muertes de Droguett y Monsieur Pain de Bolaño. Lo cierto es que a mí Patas de perro me ha recordado más a algunas páginas de José Donoso, sobre todo por el aire alucinado que esta novela podría compartir con, por ejemplo, El obsceno pájaro de la noche de Donoso, o el gusto por las máscaras (una de las escenas clave de Patas de perro ocurre durante el carnaval), muy propio de Donoso.

Patas de perro es una novela desasosegante, escrita con densidad y poesía, con una serie de imágenes poderosas (no estamos ante una novela de trama muy marcada), que tienen que ver con la diferencia de uno (Artista, Persona…) frente al mundo. De ella destaco sobre todo su prosa potente y la extraña sensación que causa. Aunque algunas de las páginas acaban siendo un tanto morosas, otras resultan sobrecogedoras y deslumbrantes. Destacaría por ejemplo el capítulo en el que Bobi va al matadero para que le regalen carne cruda. Dejo pendiente la lectura Hijo de ladrón de Manuel Rojas.

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