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Qué vergüenza de Paulina Flores, una lectura de David Pérez Vega

Qué vergüenza,por Paulina Flores

Editorial Seix Barral. 291 páginas. 1ª edición de 2015, ésta es de 2016.

Hace unos meses, empecé a leer elogios ‒tanto en prensa como en las redes sociales‒ hacia la escritora Paulina Flores (Chile, 1988), palabras celebrativas que hablaban de «la nueva voz de la narrativa chilena» y, a mí, que me gusta mucho la literatura del Cono Sur, me apeteció acercarme a su libro. Se lo solicité a la editorial y ésta me lo envió a casa, junto con un trabajado dossier de prensa, que contenía reseñas aparecidas en Chile e incluso alguna entrevista, además de las novedades del nuevo trimestre. Muchas gracias.

Qué vergüenza está formado por nueve relatos, aunque en el caso del último, con sus 86 páginas, bien podemos hablar de novela corta. El primer relato, el que da título al conjunto, ganó en 2014 el premio Roberto Bolaño. En 2015 este libro apareció en la editorial chilena Hueders y, tras su positiva recepción en Chile, lo ha publicado en 2016 Seix Barral en España.

Al ir leyendo los cuentos de este libro y sentir que cada vez me iban seduciendo más sus historias y propuestas, había empezado ya, de forma medio inconsciente, a pensar que iba a repetir un esquema que he utilizado más de una vez para hablar de un libro de relatos: decir que el primero no me parece el mejor y que el conjunto me conquistó a partir del tercer cuento (en este caso). Pero, después, al estar a punto de acabar el último cuento, decidí, ahora que ya había conectado de forma clara con la propuesta narrativa de Paulina Flores, volver a leer el primero y reconsiderarlo, para dejar ahí mi lectura, en este conato de acercamiento circular. Ha ocurrido lo que sospechaba que iba a ocurrir: el primer cuento de Qué vergüenza (el titulado igual que el libro) me ha gustado más en su relectura y no creo que desentone, para nada, con los logros del conjunto. Qué vergüenza habla de un padre joven (veintinueve años) y la relación con sus dos hijas (de nueve y seis). La historia está contada, principalmente, desde el punto de vista de la hija mayor, Simona. Lo que me descolocó en la primera lectura era que la historia, contada en tercera persona, dejaba de vez en cuando suspendida la mirada del punto de vista de Simona y se la cedía a otros personajes. De este modo, me estaba pareciendo que el relato perdía misterio, ya que el lector recibía demasiada información sobre lo que estaban pensando, en cada momento, todos los personajes, o sobre su configuración psicológica proveniente del pasado. Creo que, de forma inconsciente, estaba pensando en la perfección constructiva de un relato de Raymond Carver, en la descripción física de las acciones de los personajes y en cómo el lector ha de ir descubriendo, o suponiendo, lo que está sintiendo ese personaje en cada momento, y esto va generando una sensación de amenaza inminente. Este primer cuento de Paulina Flores no funciona así: lo que le interesa a la autora es mostrar la distancia que hay entre las diferentes miradas que confluyen en la narración, contar sobre todo la incomprensión que siente Simona del mundo de los adultos, y cómo puede acabar desmoronándose la mirada idealizada que deposita sobre su padre.

En el segundo cuento −Teresa− también nos encontramos con un padre de unos treinta años y una hija de unos seis. Ahora la historia está contada desde el punto de vista de una mujer joven a la que le gusta resultar seductora. Esta vez el juego de miradas no se queda así, y acompañará al padre y a la hija al apartamento de ambos. El cuento tiene tensión, pero me ha defraudado un tanto su final, en exceso ambiguo.

Talcahuano es el tercer cuento, y el primero del conjunto escrito en primera persona. Me ha gustado mucho, es uno de los mejores del libro. Abandonamos los escenarios de Santiago de Chile, y el cuento empieza así: «Vivíamos en una de las poblaciones más pobres de una de las ciudades más feas del país: la Santa Julia, en Talcahuano.» (pág. 51). Estamos en 1997 (muchos de estos cuentos que tratan de niños y adolescentes se desarrollan en la década de 1990) y el protagonista de esta historia tiene trece años. El narrador no parece estar muy pendiente de lo que ocurre en su casa entre su padre y su madre, porque durante el verano del que se habla aquí pasa casi todo su tiempo con su pandilla de amigos, que parecen empeñados en perpetrar un robo de instrumentos musicales en la iglesia del pueblo, que no promete acabar bien. Aquí asoma un poco el pasado dictatorial del país, pues el padre del narrador es un militar retirado, por el que el resto de vecinos parecen sentir un temor innato. Este tipo de historias sobre el fin de la infancia y la comprensión del mundo de los adultos las he leído más veces. Estoy pensando, por ejemplo, en el cuento de Tobias Wolff titulado Intrépidos pilotos, con el que éste de Paulina Flores guarda más de un paralelismo compositivo; o, por no salirme de Chile, en el cuento Noche de reyezuelos de Marcelo Lillo. La propuesta no es nueva, por supuesto, pero sí efectiva. Como ya he dicho, Talcahuano es un gran cuento.

En alguna ocasión, los cuentos de Paulina Flores me han hecho pensar en los de Marcelo Lillo, de los que se habló también bastante hace ahora un lustro. Quizás mi relación entre ambas propuestas era más sentimental que real: ambos son chilenos y hablan de Santiago de Chile, de los años 90, y, lógicamente usan expresiones chilenas (como, por ejemplo, «tomar once» por nuestro «merendar»). El estilo de Lillo es más parco, más duro que el de Flores, que tiende más a la introspección poética. Pero, en muchos casos, los dos tratan de reflejar a un tipo de personas similares: la clase media baja de Chile.

En Olvidar a Freddy, sobre una joven que ha regresado a la casa de su madre tras una ruptura sentimental, se mezcla la tercera persona con la primera, gracias al uso narrativo de un diario. Es un cuento hermoso, poético, trabajado con gran profusión de detalles psicológicos.

En Tía Nana una joven recuerda el tiempo en el que tenía siete años y la relación con una tía de su madre que la cuidaba. En este cuento, como en otros del libro, las protagonistas femeninas se han ido pronto de casa (sobre los dieciocho años) y han tenido que aprender a ganarse la vida, mientras estudian, desde muy jóvenes; algo que estas protagonistas de los cuentos comparten con la propia escritora.

En este cuento, como en otros del libro, también se usa la expresión «padre cesante», que en el español de España sería «padre en paro». En muchas de estas narraciones, los hijos, niños o adolescentes, posan su mirada sobre sus padres, y empiezan a comprender que no son las personas que tienen todas las respuestas, acechados por la incertidumbre económica y que, en la mayoría de los casos, también acaba siendo sentimental.

Espíritu americano es otro de los cuentos que más me ha gustado del libro. Dos chicas que fueron compañeras de trabajo en un Friday´s se reúnen, gracias a Facebook (las nuevas tecnologías están incorporadas de forma muy natural en estos relatos) en su antiguo lugar de trabajo y hablan de los viejos tiempos, descubriendo algunas zonas oscuras tanto de la otra persona como de sí mismas. Éste es un gran relato sobre las claudicaciones diarias.

Laika sobre una niña que recibe en la playa tocamientos de un familiar joven (en el último curso del instituto), acaba generando en el lector una gran tensión, puesto que está contado desde la inocencia de la niña, y no se sabe hasta dónde va a llegar el abuso. Es un relato tan poético como escalofriante.

Últimas vacaciones, sobre un adolescente cuya familia está en riesgo de exclusión social y que pasa un verano con unos familiares a los que les va mejor económicamente, también me ha gustado mucho. En cierto modo, su temática entronca con la del fin de la infancia propuesta en Talcahuano, pero aquí se añade el tema de las diferencias sociales, una de las fuentes de conflicto presentes en este libro.

Ya apunté que Afortunada de mí, la última narración de Qué vergüenza, con sus 86 páginas, más que un relato es una novela corta. En ella confluyen dos planos narrativos: una niña recuerda, en primera persona, un episodio de su infancia, que tiene que ver con la relación con una amiga (en la que las diferencias sociales y los conflictos que generan entran de nuevo en juego) y el descubrimiento de la verdadera naturaleza del mundo de los adultos; con la narración de la misma niña, convertida en adulta, parte que está contada en tercera persona. Por un momento llegué a pensar que estas dos narraciones que se van dando paso en la historia podían haber sido separadas en dos cuentos independientes y habrían tenido completo sentido. Hacia el final descubrí que Flores crea un nexo, mediante una explicación psicológica, para relacionar lo que ocurre en el pasado con el presente. Este nexo, del que hablo, me resultó un tanto forzado, la verdad; pero en estas 86 páginas podemos apreciar que Flores tiene actitudes que apuntan hacia la escritura de novelas en el futuro.

En resumen, Qué vergüenza me ha parecido un conjunto de relatos destacable, que retrata a la clase media baja chilena, poniendo su énfasis en la mirada de los niños o adolescentes sobre sus padres, con acierto y poesía, con un gran cuidado de detalles y coherencia formal.  Vi en las redes sociales que Seix Barral va a sacar ya la cuarta edición de este libro. Que un libro de relatos se venda en España es ya un hecho para celebrar, porque el mercado prefiere las novelas, pero que además los relatos sean de una escritora joven hispanoamericana (más difíciles de vender aquí), con una propuesta tan atractiva como ésta, merece una doble celebración.

Qué vergüenza es un debut narrativo que cualquier persona interesada por el cuento en España debería leer y celebrar.

 

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