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Tener una vida de Daniel Jándula, una lectura de David Pérez Vega

Ya he comentado más de una vez que suelo estar pendiente de las novedades de Candaya, una de las pocas editoriales que apuestan por el mercado de alto riesgo de la nueva narrativa en español. Por eso me llamó la atención ver en su página web una novela con un gran título, Tener una vida, y escrita por un desconocido para mí, Daniel Jándula (Málaga, 1980). ¿Quién es Daniel Jándula? ¿Me he topado con él en algún rincón de internet? ¿Somos amigos en Facebook? ¿Está Candaya apostando por un total desconocido? En realidad, Tener una vida no es la ópera prima de Jándula, que ya publicó en 2009 otra novela titulada El Reo pero, teniendo en cuenta la distancia entre 2009 y 2017, es casi como si hubiera vuelto a empezar en el mundo de las letras.

Ya he comentado también más de una vez, a la hora de escribir mis reseñas, que no quiero leer constantemente novedades editoriales, que mi intención es regresar a los clásicos de forma frecuente. Aunque las novedades siempre están ahí, delante de mis narices, tentando al crítico literario aficionado que llevo dentro. Al final me animó a solicitar este libro a sus editores, Olga y Paco, un artículo que escribió Alberto Olmos sobre él en Mala Fama, su sección de El Confidencial con el sugerente título: ¿Quién soy yo para decirte que debes leer obligatoriamente este libro?, donde le dedica grandes elogios.

Me encontré con Tener una vida en el buzón de mi casa el miércoles 3 de enero, después de un día complicado (diez horas en un hospital) y, según lo tomé y saqué del sobre, me apeteció sentarme a leerlo. Al fin y al cabo había acabado, unas horas antes, un libro de Cátedra y estaba con las notas iniciales, que bien podían aguardar unos días. Empecé Tener una vida el 3 de enero y lo terminé el 4. Podría haberlo acabado el 3, pero estaba un poco agotado del hospital y me dejé un tercio para el día siguiente.

Tener una vida arranca con una gran frase: «En la pared del salón de mi casa hay un agujero que no deja de crecer». Un narrador innominado y que el lector, por las referencias que se van acumulando, entiende que debe de ser de la edad del autor –nacido en 1980– nos habla con una voz que parece débil o que nos llega desde la distancia. El narrador se ha despertado tarde la mañana que comienza su historia y esto hace que pierda un vuelo que le iba a llevar hasta el otro extremo del mundo, a las islas de la Patagonia en Chile. El vuelo que pierde, sabrá horas después, ha desaparecido sobre el océano Atlántico con todos sus tripulantes.

Los elementos fantásticos se suceden en la novela: el agujero de la pared se va agrandando y atrayendo hacia su interior los objetos de la casa, hasta un punto en que una mesa queda suspendida con dos patas en el aire. Tal vez Héctor, vecino del narrador y físico de profesión, pueda ayudarle a saber qué pasa.

Además, el narrador acaba de cortar una relación de ocho años y medio con su novia Lidia. Muchas de las páginas de esta novela breve, que en realidad no alcanza las 120 páginas, son una reflexión acerca de la relación del protagonista con su exnovia. Y el lector puede acabar pensando también, que los elementos fantásticos de la realidad son simbólicos, que la novela es más a lo Franz Kafka que a lo Ray Bradbury, por ejemplo. Leemos en la página 61: «Me frustra también no ser capaz de cubrir el agujero, de impedir la sensación de vacío que me provoca perder mis pertenencias». El narrador está perdiendo su pasado y su vida de forma literal por un agujero metafórico mientras que en la realidad está perdiendo sus pertenencias físicas por un agujero real en la pared de su casa. El juego planteado entre la realidad y su representación es uno de los logros de esta novela.

Ya he comentado que la voz del narrador parece débil o que nos llega atravesando un espacio indefinido. El lector pronto empezará a sospechar del narrador: ¿por qué asume de forma tan sencilla la realidad increíble de lo que le sucede? ¿Es ésta una historia de fantasmas? ¿Quién es el fantasma?

Las páginas de la novela, además de contar con la presencia inquietante de ese agujero que crece en la pared, contienen pequeñas reflexiones o historias del narrador sobre su pasado o procedentes de su imaginación. En estas páginas el tono es más poético que en las restantes, escritas de forma más bien sobria. Por ejemplo, el narrador evoca los paisajes que pensaba visitar en la Patagonia (y que hasta entonces conoce gracias a guías de viaje que consulta en la biblioteca) y dice: «Las fotografías no hacen justicia a un entorno que no cabe por los ojos, pero sí permiten intuir que en aquel lugar viven gigantes. El viento bate el silencio del destierro (donde van a comer manzanas los locos y los caballos salvajes) y hace olvidar todas las utopías, hasta las de las sociedades más enfermas que han trastornado la realidad» (pág. 15).

La novela, además de reflexionar sobre las relaciones de pareja y su pérdida, también plantea un debate entre la generación del narrador y la de sus padres. No se dice en qué ciudad está ubicada la historia, pero en algún momento se habla de Madrid como de la capital, así que el país ha de ser España y la ciudad se describe como una con costa. Sobre los conflictos generacionales podemos leer, por ejemplo:

«Para nuestros progenitores, el viaje no formaba parte de su ocio, aunque la memoria del lugar de origen, aun siendo el paraje más yermo y desierto, era terreno sembrado para la melancolía, el anhelo, o un refugio para el alma» (pág. 95).

«Me abruma la facilidad con que la gente de mi generación se refugia en los libros de superación personal y culpa al sistema de su propio fracaso» (pág. 120).

No falta tampoco aquí la frase sentenciosa o subrayable: «Lo peor de esta vida sin sobresaltos es que el aburrimiento encuentra pronto espacios en los que asentarse» (pág. 68); o «Sabes que tienes una edad cuando el mundo te parece un rompecabezas irresoluble» (pág. 89).

No quisiera contar nada más que pueda revelar el argumento. En realidad, gran parte del encanto de Tener una vida se encuentra en la tensión que crea el hecho de no saber desde qué posición vital está narrando el protagonista. Tener una vida me ha parecido una novela inquietante, que en sus pocas páginas abre muchos interrogantes y juega con la rotura de moldes y cauces narrativos conocidos. Tener una vida es una narración madura e inteligente, una buena novela.

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