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Un paseo por la desgracia ajena de Javier Moreno, una lectura de David Pérez Vega

Un paseo por la desgracia ajena, de Javier Moreno 

Editorial Salto de página. 169 páginas. 1ª edición de 2017. 

Javier Moreno (Murcia, 1972) le pidió a Pablo Mazo, el editor de Salto de página, que me hiciera llegar su último libro de relatos, y éste se materializó en mi buzón. Lo cierto es que –según mi propio código ético de reseñista aficionado– no me siento con obligación de leer los libros que llegan a casa sin que yo los haya solicitado (cuando esto sí ocurre, estoy obligado, por el mismo código ético, a leerlos y reseñarlos en un periodo de tiempo razonable), y, sin embargo, decidí que sí iba a leer Un paseo por la desgracia ajena. Nunca hasta ahora había leído nada de Javier Moreno, pero sí reseñas sobre sus libros, y me parecía que sus propuestas sonaban interesantes. También he coincidido con él en diversas presentaciones de libros durante los últimos años y me parece una persona cordial, que además posee grandes conocimientos de literatura. Sabía que era profesor de instituto y había supuesto que su asignatura sería Lengua y Literatura, pero descubrí hace poco que en realidad da clases de Matemáticas (yo también he sido profesor de Matemáticas durante bastantes años y esto hace que me sienta cercano a Javier). Creo que este dato, la formación matemática, acaba siendo relevante a la hora de componer sus relatos, que reflejan (como apuntó el escritor Miguel Espigado en la presentación del libro) una mente científica. 

Un paseo por la desgracia ajena está formado por diecisiete relatos, lo que hace que los cuentos tengan una media de diez páginas (los hay de cuatro y también de más de veinte). El primero se titula Boca abajo y se desarrolla en el interior de un coche en que viaja una pareja con su hija. Es un relato tenso que tiene que ver, en última instancia, con la casualidad y las leyes del azar (aquí se puede observar esa predisposición científica de la que habló Espigado el día de la presentación). Dos relatos más comienzan dentro de un coche: Gota de ámbar y Coche fúnebre. Este dato del escenario cerrado y minúsculo me parece significativo, porque Moreno compone sus cuentos creando mundos asfixiantes y autoconscientes; reales, pero un tanto distorsionados. Gota de ámbar –el segundo cuento– es un gran relato sobre el dolor que conlleva la pérdida de un hijo. Coche fúnebre, en cambio, es más bien un relato cómico, de un humor negro un tanto desangelado, que cae en el absurdo, muy presente en este libro. 

Los relatos de Moreno no son fantásticos, pero su realismo bordea lo inverosímil y gusta de la exageración. Moreno es un gran admirador de escritores como J. G. Ballard y Don DeLillo. De hecho, hace no mucho se tradujo su novela Alma al inglés y el libro acabó en manos de DeLillo, que dedicó un comentario elogioso y manuscrito (la nota circuló por Facebook) a la escritura de Moreno. Estas influencias están presentes en este libro. 

Destaco otra idea de Miguel Espigado durante la presentación: la voz narrativa que se encuentra detrás de estos cuentos es la de una persona madura, que contempla el mundo desde el escepticismo. En este sentido me parece destacable de los cuentos las reflexiones que proponen. El texto está cuajado de sentencias interesantes sobre la realidad analizada («con mirada de antropólogo», apuntó el propio Moreno en la presentación de su libro). Por ejemplo: «La madurez es un estado ficticio, un mito sociológico que busca atemperar el deseo y el instinto a cambio del disfrute de cierta seguridad económica y emocional. A un hombre maduro le delatan sus convicciones, como si el objetivo de la vida fuese extraer un conjunto de reglas a las que atenerse y juzgar a los demás» (pág. 55); «El deseo nunca es inmediato. Uno acaba deseando lo que desea el otro. No sabemos lo que queremos hasta que alguien lo valora con su mirada. Deseamos el deseo del otro» (pág. 61); «La suerte, esa excepción estadística que actualiza lo posible y lo inviste de acontecimiento» (pág. 45). 

Me gustaría destacar también que Moreno empezó en la literatura como poeta, y esto también se aprecia en el juego metafórico de sus páginas; por ejemplo, en la página 57 leemos: «Su risa sonaba como un estante de copas haciéndose añicos». El cuento El discurso del método comienza con una cita de Mark Strand, una de las referencias actuales en la poesía mundial. 

En la presentación, Moreno apuntó que considera que la suya es una escritura de «ideas». Me gustaría comentar esto: creo que mis escritores de relatos favoritos escriben relatos de «personajes» y no de «ideas». Es decir, Jon Bilbao –uno de mis referentes actuales en cuento español– compone sus relatos (deudores de la literatura de John Cheever o Raymond Carver) creando personajes y haciéndolos interactuar con sus conflictos internos. En estos relatos se juega con la parte expuesta de los personajes y la que queda sumergida y que el lector ha de imaginar. Supongo que un escritor como Bilbao piensa en conflictos personajes y no en ideas. El propio Moreno señaló cuál podría ser uno de los peligros de componer los relatos en torno a «ideas»: separar las buenas ideas de las que se quedan en ocurrencias.

En este sentido, los cuentos que menos me gustan de Un paseo por la desgracia ajena son aquellos que me parece que se quedan cerca de la mera ocurrencia. Esto me sucedió al leer, por ejemplo, El discurso del método, sobre los pensamientos de un mimo que en la madrileña plaza de Sol imita a Descartes. Entiendo el juego, la plasmación de los pensamientos del personaje es una parodia de la escritura de Descartes. Pero no encuentro aquí interacción entre personajes, conflicto… y esto hace que el cuento se quede para mí en la ocurrencia. Como siempre, la escritura está contenida, es poética y reflexiva, pero en un cuento como El discurso del método estas virtudes no me parecen suficientes para sostenerlo. Esto mismo me ocurre con Sniper Alley, otro cuento sin interacción de personajes y que me resulta pobre. 

Sin embargo, en El sueño más dulce, pese a que sólo hay un personaje y, por tanto, podría adolecer del problema planteado arriba, la situación creada me parece más sugerente. Aquí, un hombre obeso, adicto a la ingesta masiva de caramelos Solano gana el premio de poder pasar unos días en la fábrica. Allí se quedará encerrado, en un mar de caramelos que amenazan con engullirle. Como decía al principio, las narraciones de Moreno no son fantásticas, pero muchas de ellas rozan el absurdo y lo inverosímil. Esto las hace crecer. 

Dos parejas es el cuento más largo del libro y es diferente al resto porque su fuerza recae en los diálogos de cuatro personajes y no en la narración indirecta. Dos parejas han quedado para realizar un intercambio sexual, que no parece que vaya a acabar bien. Durante una noche de borrachera se irán escupiendo algunas verdades sobre cada uno. Dos parejas es un cuento áspero e intenso. Cuando el día diez de octubre acudí a la presentación del libro a un teatro de la zona de Embajadores, llevaba medio libro leído. El siguiente cuento, que empezaría al día siguiente, era justo Dos parejas. La presentación se hizo en un teatro porque este cuento había sido representado como obra de teatro y Moreno había contactado con los actores para que volvieran a representarlo. Por supuesto, cuando a la mañana siguiente leí el relato en el autobús que me acerca al colegio donde trabajo, no podía dejar de recordar a los actores recitando el texto. Fue una sensación extraña y privilegiada. 

En un cuento como Dos camisas iguales, Moreno juega con la idea del doble y quizás este relato adolece del problema comentado antes, que al no existir interacción entre personajes se queda más en un relato de «idea» que de «personajes», lo que para mí (una idea del relato totalmente subjetiva, por supuesto) lo empequeñece frente a otras propuestas. 

Me ha resultado curiosa la lectura de En busca del fuego, porque está basado en una anécdota real que (igual que Moreno) yo le había escuchado contar a Pablo Mazo: la experiencia madrileña del 15-M como juego alucinógeno. Es un cuento divertido. 

Me dejo para el final los cuentos más destacables del libro, que serían algunos como PhoenixSelfie-vampsEl arquitecto y la modeloEllo y D. J. En ellos, Javier Moreno despliega el que para mí es su más claro talento: percibir los cambios que las nuevas tecnologías están introduciendo en nuestras vidas. Son éstos, en algunos casos, cuentos ligeramente futuristas, de una ciencia-ficción muy cercana a la realidad. En Selfie-vamps, por ejemplo, dos adolescentes se fotografían en poses desenfadadas con suicidas o personas a punto de morir detrás, buscando el éxito en las redes sociales. Un cuento muy logrado, muy inquietante. En Ello, las personas le han dejado todos sus datos a una aplicación que decide por ellos, en el supermercado, en las relaciones… 

«Resulta cada vez más infrecuente tratar con alguien sin la mediación de las redes sociales.», leemos en la página 135, y en esta frase se encuentra una de las ideas compositivas más potentes de estos últimos cuentos que destaco aquí. 

Como siempre ocurre al leer un libro de relatos, algunos de los diecisiete contenidos en Un paseo por la desgracia ajena me parecen más logrados que otros. Su lenguaje cuidado, analítico, ligeramente sentencioso, pero también poético, los une. Algunos, como ya he apuntado, se quedan en pirotecnia formal, pero los más logrados, sobre todo cuando se vuelven ligeramente futuristas, me parecen muy inquietantes, muy conseguidos. Por tanto, el Javier Moreno escritor de cuentos me parece una voz a tener en cuenta en el panorama nacional, competitivo y pequeño, del libro de relatos. 

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