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Álbum ecléctico de Viena, por Inma Luna

 

Viena podría ser demasiado palaciega para mí, prejuzgué. Cuando se viaja se ve la ciudad que se deja ver, eso no siempre es elección de la viajera. Puedes dejarte llevar. Tomar la calle y abandonarte a una deriva de parques y descampados, de barriadas y cementerios o puedes encauzar tus pasos en la ruta marcada, dirigirlos al centro y resolver turísticamente el pasatiempo de unir los puntos de interés. En cualquier caso, la ciudad posará para ti según y cómo.

Foto 1: Besos y huesos

Si una ciudad tiene un MuseumsQuartier, o sea un barrio de museos, hay que ir. Pero en Viena, antes de entrar en ninguno de ellos conviene asomarse a la plaza, esa gran sala de estar con sus tumbonas de colores, sillones y sofás que tientan a la lectura y a la contemplación (clic). Hay no obstante que resistirse, de momento, y entrar en el Leopold Museum para darse de bruces con los Klimt y los Schiele, degustarlos como si entrásemos en una agridulce confitería. Dos pintores de abrumador carácter pictórico que fallecieron hace justo cien años (clic). Klimt, espiral, color, cuerpos curvados, cuellos dúctiles. Klimt, mujeres en la cama que se retuercen, muestran, se estiran y se ovillan. Klimt, abrazos, paisaje, retrato. Klimt, con su túnica, su gato, sus ojos que miran y transparentan, líquidos. Si se buscan besos, El beso, hay que ir al Palacio Belvedere y sortear fotógrafos y modelos (clic) para deleitarse con la originalidad de lo mil veces reproducido.

De Schiele, trazo y hueso, manos y dedos separados, posturas imposibles, muñones, selfies discomplacientes. Schiele, casitas con ventanas, ropa tendida. Schiele, expresionismo, erotismo, el color torturado, la muerte prematura (clic).

Foto 2: El secreto de la niñera

Hotel en las afueras que exige caminatas y regala asombros. En un solar donde una pared recuerda en su dibujo que hubo una casa, dos mujeres y una performance. Hacen su vida. Se levantan de la cama, se bajan las bragas, se sientan en el retrete y, luego, se comen un tazón de cereales. Paso y me paro (clic). Observo con pudor. Entiendo el espacio donde hubo una alcoba, un baño, una cocina, paredes invisibles que han dejado al aire la intimidad. El arte es también ese reconstruir, esa evidencia.

Un poco más allá, un cartel en un muro, otra cosa que Viena quiere que miremos: La exposición de Vivian Maier, una niñera anónima de Nueva York que tenía escondido un gran secreto que no se reveló hasta su muerte hace nueve años. Entonces se encontraron en su casa decenas de miles de instantáneas que la han situado entre los grandes de la fotografía. Un centenar de sus obras y unos nueve rollos de vídeos caseros se pueden ver en la Galería Westlich (clic). Mujeres, niños, hombres, la calle y lo que en ella pasa, el reflejo también de eso que pasa. Y pienso, cuánta modernidad en ese ojo, en esos fabulosos retratos y autorretratos y qué poca necesidad de reconocimiento, cuánto talento en tan poco ego. Mucho que aprender al respecto (selfieclic).

 

Foto 3: Pasear la maqueta

Mi gusto arquitectónico oscila entre la decadencia y la ultramodernidad y es fruto de mi ignorancia técnica y mi pasión por la armonía. El campus de la Universidad de Viena WU puede parecer una maqueta visto desde una de las atracciones más altas del cercano Prater (clic), el parque de atracciones más antiguo del mundo, y fue desde ahí desde donde me hizo un guiño.

Llego en la biblioteca del campus (clic), obra de una de mis arquitectas favoritas, Zaha Hadid, mujer de grueso trazo curvado, que confería a lo sólido una ilusión de maleabilidad. Este es un edificio magnífico, relajante y con doble mirada, hacia adentro y hacia afuera, un carácter.

Hay también un conjunto de departamentos de la arquitecta barcelonesa Carme Pinós, un damero tridimensional (clic); una geométrica construcción donde el sol reverbera, de los arquitectos madrileños de NO.MAD y que alberga la executive academy (clic); y, al final del campus, la decidida herrumbre del edificio para estudiantes, obra de BUSarchitektur ZT Gmbh, de Viena (clic).

 

Foto 4: Panorámica

Corramos un rato cual grupo de turistas tras el paraguas del guía. Al Cementerio Central (clic), más de dos kilómetros cuadrados con sus músicos inmortales muertos, con tumbas de judíos, católicos, islamistas, budistas…, que descansan en paz. A la Ópera de Viena para sentarnos en una butaca y dejar que nos conmuevan los fantasmas sonoros de siglos (clic). A tomar una tarta Sacher que nos chocolatee los sentidos (clic). Al mariposario (clic) y su onírica atmósfera. La isla del Danubio, en pleno festival de música y comida (clic). La catedral (clic), los parques (clic), el mercadillo de Naschmark (clic), el Belvedere (clic), los gasómetros (clic, clic, clic)…

La ciudad se queda con mucho para sí, se sabe, pero es generosa en lo que nos regala. Solo hay que dejar que se exprese y disparar una última foto. Por ahora.

Foto: @ Inma Luna

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