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Cuchillos, por Sergio del Molino

Entrevisto a Jesús Carrasco por La tierra que pisamos y no puedo ni quiero evitar caer en aquello del miedo escénico y de la presión por escribir una segunda novela tras todo lo que le pasó con Intemperie en 2013. La pregunta es obvia y reiterativa, pero pertinente. Quizá lo que sobraba en ella era una alusión a los cuchillos y las envidias literarias que en este país parecen moneda corriente (supongo que tan corriente y abundante como en el resto de países). En realidad, sólo replicaba una advertencia que me hizo mi editor al contratarme un segundo libro: “Ten cuidado, que te están esperando con los cuchillos”.
Cuando se dejan flotando en el aire estos lugares comunes, lo normal es asentir vagamente. Los lugares comunes están para poner cara de sobreentendido, un poco pesarosa, un poco de complicidad forzada (ya-sabes-tú-cómo-va-esto-qué-te-voy-a-contar). En el fondo, es lo que los ingleses llaman small talk, cortesías que no comprometen y que ayudan a empezar una conversación entre gente que no se conoce. Pero Carrasco me sorprendió saliendo del juego. Lo negó todo. Dijo que aún no había visto un solo cuchillo. O no los había o él era muy hábil dándose la vuelta justo cuando los demás los sacaban. Y aludió a nuestra camaradería y a nuestros encuentros en la entrega del premio Biblioteca Breve en Barcelona, donde un montón de escritores de toda España y de toda condición acabamos emborrachándonos sin que, hasta donde yo sé, se hayan producido muertos o heridos por arma blanca.
Yo no sé si otras generaciones de escritores se han llevado tan bien. Sospecho que no. Por supuesto que hay de todo y sería idiota describir el panorama de los narradores españoles que ahora tenemos entre treinta y cuarenta años como una Arcadia hippie, pero, en general, nos llevamos mucho mejor que bien. Sin formar piña generacional. Cada uno escribe desde su esquina, muchas veces desde una esquina real, desde una periferia alejada de los centros editoriales, pero también desde una esquina simbólica. Nos comprometemos con nuestros propios libros, nuestros temas y nuestros estilos. No buscamos el consenso ni la aceptación del grupo porque eso ya no existe y no tiene sentido para nosotros. Si algo caracteriza a los autores de mi generación (entiéndase “generación” en un sentido muy amplio) es la polifonía, pero también la disposición a leernos unos a otros y, sobre todo, a respetarnos.
Por respeto entiendo el reconocimiento del otro como escritor, aunque su literatura no tenga nada que ver con la nuestra o, incluso, atente gravemente contra nuestros principios estéticos. Esto es raro, aunque parezca de lo más normal. Carrasco cuenta que, desde que irrumpió con Intemperie (porque lo suyo ha sido irrumpir), no ha encontrado más que generosidad, buen rollo y buenos amigos. Y eso me hizo pensar en mi propia situación: yo también he encontrado mucha generosidad, buen rollo y buenos amigos. He hecho algunas amistades espléndidas y he gozado del cariño desinteresado de autores que, antes de dedicarme a esto, eran mitos inalcanzables, casi estrellas de rock con cuyos pósteres decoraba mi habitación de fan. Hoy, algunos de esos ídolos son mis amigos. Y no sólo eso: son mis mentores. Tengo que esforzarme para recordar cosas feas de gente que ha actuado con ruindad. Las hay, pero son tan pocas y me importan tan poco, que quedan escondidas frente a las manos tendidas y los abrazos que me han dado.
Tengo que darle la razón a Carrasco. Al hablar de cuchillos asumí el prejuicio del neófito, hablé como un novel resentido por el rechazo editorial, cuando ni él ni yo somos eso. No está mal, de vez en cuando, recordar que aquí hay gente que se admira, se quiere y se echa una mano cuando se necesita. Que a veces, más que jungla, esto es un parque francés por el que no avanzamos a machetazos, sino cogidos del brazo de un buen amigo.

 

Fotografía de Elena Blanco

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