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Ecuador y el filo de la novela, por Juan Bautista Durán

 

Meses atrás, a propósito de Bogotá39 y la publicación del libro compilatorio, la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda preguntaba al auditorio de la librería La Central quién conocía a otros escritores de Ecuador. Era una pregunta retórica, no esperaba —era poco probable que alguien lo hiciera— la respuesta de nadie. Quería poner en relieve la labor de las editoriales independientes aparecidas en lo que va de siglo al apostar por nuevas voces, sea cual fuere su procedencia o padrino. Pero hay más autores ecuatorianos, claro que sí, y los hay muy interesantes, como lo es la propia Ojeda.

Leonardo Valencia es uno de ellos. Nacido en Guayaquil en 1969, los últimos veinte años ha vivido en Barcelona, por cuya Universidad Autónoma es Doctor en Teoría de la Literatura. Además de ejercer la docencia y escribir en distintos medios, ha publicado las novelas El desterrado (2000), El libro flotante (2006) y Kazbek (2008), el libro de relatos progresivo La luna nómada (1995) y el ensayo Soles de Mussfeldt. Viaje al círculo del fuego (2014). Fue seleccionado también para el Hay Festival de Bogotá39, salvo que diez años antes que Mónica Ojeda. De él aseguró Vila-Matas que era un escritor de un envidiable porvenir. Ahora publica un breve ensayo sobre la novela y la crítica literaria, Moneda al aire, en la colección Singladuras de la editorial Fórcola. En él vuelca con asombrosa concisión el desarrollo de un género que en seis siglos pasó del desprestigio a la canonización, con los pros y los contras que eso conlleva. “La novela siempre fue rebelde a los sometimientos de una fórmula”, escribe.

Dos cuestiones cobran importancia desde las primeras páginas del ensayo: 1) ¿cómo se lee una novela? y 2) ¿es necesario justificar el disfrute de su lectura? Sobre ellas basculará el texto a partir de las consideraciones de Pierre-Daniel Huet (s. xvii), Madame de Staël (s. xviii) y el Marqués de Sade (s. xviii) hasta alcanzar la novela moderna. Las finalidades moral, lúdica y transgresora de la misma se van sucediendo en el tiempo sin un éxito claro en ninguno de los casos, como tampoco a posteriori, cuando los totalitarismos intenten imponer en la ficción su discurso único. ¿Acaso tenéis miedo?, les habría dicho el Marqués de Sade. Pues claro que sí: miedo de que mediante la ficción el novelista muestre la otra cara de la moneda, de que al desdoblarse en los personajes alcance cotas muy superiores a la escasa realidad que ellos conceden, y que, por tanto, el lector se vuelva contestatario. La novela, dijo Sade, “tiene que hacernos ver al hombre tal como puede llegar a ser, tal como sería por las modificaciones del vicio y por todas las agitaciones de la pasión”.

En un artículo reciente Mónica Ojeda reclamaba a la ficción un fuerza similar, claro que dos siglos después de Sade. Que la escritura sea instinto, decía, un acto cuanto más extremo, mejor, en el que el autor esté dispuesto a ensuciarse. Lo titulaba ‘Sodomizar la escritura’, lo que viene a ser, en sus propias palabras, transgredir dentro de la palabra a la palabra como un estudio de las zonas más opacas de lo humano. Que la palabra sea un fin en sí misma, ahí está la clave, y que el autor no la tema. A la crítica especializada le corresponderá trabajar, no sólo con una visión amplia, sino con una capacidad imaginativa que le permita extrapolarse, salirse si hace falta de su canon para analizar la obra desde ese instinto, es decir, la palabra, el personaje, el tiempo interno de la narración.

En esa obligación de la crítica incide Leonardo Valencia hacia el final de su ensayo. “Los grandes críticos destacan los elementos diferenciales en una obra más que eliminarlos para someterla a una línea de sentido global”, escribe. Una novela no puede ser vista como un documento plano donde se da cuenta de unas aspiraciones colectivas, sean del grupo que sean, del cual los personajes son meros representantes. No lo debe ser y, por tanto, la crítica no debe leerla como tal. Puede servir para reflejar unos rasgos comunes, dentro de un ‘corpus’ con infinitas posibilidades que habrá de leerse con total independencia. “El novelista se juega a sí mismo en la realidad con ‘su’ realidad, y termina por arriesgar su persona aunque recurra a un ejercicio de ocultamiento en la creación de narradores o voces aparentemente diferentes a él”, escribe Valencia.

Son muchos los conceptos que el autor revisa, de Cervantes a Ishiguro, en uno de cuyos personajes se fija y toma como ejemplo. Es un ejercicio necesario, hoy que a cualquier libro se le atribuye un rango novelesco, este de poner el ojo en la novela y estar atentos a las múltiples direcciones en que puede y debe disparar. Ésta es su naturaleza, a la cual se refiere la moneda del título. Desde el momento en que alguien la encuentra, la coge, la propulsa, ve subir y luego caer, hay un proceso —podríamos decir, la novela misma— cuyo hecho determinante estriba en que puede caer de uno u otro lado, quedar mal inclinada o incluso, en un caso de virtuosismo máximo, rodar sobre su propio filo.

 

Foto: @ Marc Rauw (Todos los Creative Commons)

 

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