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El escritor feriante, por Sergio del Molino

Mi madre dice que debería ir al médico, pero no tengo tiempo y siempre habrá unas urgencias abiertas y una ambulancia dispuesta a resucitarme si se diera el caso. Hace mucho que no dispongo de un minuto para pedir cita, así que me automedico y arrastro mi alergia con la cabeza embotada y la espalda hecha un señor que vive en Notre Dame con la confianza de que no se me note demasiado que estoy hecho un asco, porque mi trabajo estos días es hablar y sonreír y volver a hablar y volver a sonreír. Soy un comercial de mí mismo, un viajante con una maleta llena de muestras que salta de feria en feria contando a todo el mundo más o menos lo mismo. No sé qué ha pasado este año, pero no piso mi casa ni un día, llevo toda la primavera de ciudad en ciudad.

En mi viaje, tropiezo una y otra vez con Luisgé Martín, que es mucho más profesional que yo. Me invitan al Palacio Real al almuerzo del premio Cervantes, y ahí está él. Me invitan a la fiesta de Sant Jordi de La Vanguardia, y allí está él. Siempre templado, mundano, elegante, en su sitio. Yo poso en el photocall de esa fiesta y me tienen que poner un pie de foto más grande de lo normal para que el lector no me confunda con un transeúnte que se ha colado. Si tuviera una plancha, haría algo con esa camisa que llevo puesta.

También tropiezo con Rodrigo Fresán. Me da vergüenza porque aún no he leído La parte soñada, su último libro. Es la primera vez que me pasa, suelo leer sus libros en cuanto salen de la imprenta. Hace años que mantengo una relación de idolatría hacia él absolutamente perversa, no sé cómo consiente mi presencia y mi amistad. Bromeo y le llamo escritor del régimen porque ese mismo día Soraya Sáenz de Santamaría le ha regalado su novela anterior, La parte inventada, a Oriol Junqueras. Algunos políticos de menor rango también han regalado y alabado mi último libro, así que nos damos condolencias mutuas. ¿Qué ministerio le iría mejor a Fresán, ahora que es un intelectual orgánico? Lo obvio es el de Cultura, pero creo que estaría más a gusto en uno de nuevo cuño, un Ministerio de la Lectura, que suena más maoísta y más esotérico.

El día siguiente, Sant Jordi, empieza bien y va terminando mal, y lo cuento en una columnita que me encargan en El País que concluye con una tertulia literaria que improvisamos Javier Cercas y yo en un urinario. A la mañana siguiente me llaman para que lo cuente en la Ser con Gemma Nierga, pero yo ya estoy en Santiago de Compostela, porque cada día duermo en una ciudad distinta, así que tengo que buscar la emisora de Santiago, y me pierdo buscándola y casi no llego, pero sí llego, y entro en directo y, como ya sospechaba, me ponen al habla con Cercas (¡sorpresa!) para que recreemos nuestro encuentro urinárico. Anoto una idea: tertulias de urinario, vendérselas a Eñe para hacer un festival literario de inodoros. Fin de la nota.

Llego a Pontevedra, donde las libreras de Cronopios han montado un show fenomenal. Susana Pedreira, periodista de Onda Cero, graba un programa en la librería y unos altavoces sacan nuestra conversación a la calle. La gente se pega al escaparate como en The Today Show, y yo espero que alguien saque un cartel o enseñe una teta, pero hace frío en Pontevedra, y la gente se tapa. Al día siguiente visito Allariz, un pueblito cerca de Ourense, donde tengo una conversación literaria en la Fundación Vicente Risco, que además de prócer fue un tipo muy esotérico, y el ambiente es un poco espiritista, dan ganas de invocar a los muertos. El público, en la penumbra, se vuelve fantasmal, pero también puede deberse a mi alergia y a mi espalda. Oigo a mi madre decirme dentro del cráneo que debo ir al médico. Calla, mamá, que estoy trabajando, no hagas interferencias espiritistas.

Paso por casa, pongo una lavadora, duermo un par de horas y me disculpo con Eñe porque no soy capaz de escribir mi entrega semanal. Me disculpan. Luisgé Martín lo hace en persona, porque es ubicuo y aparece en mi despacho para decirme que no me preocupe. Qué bien vestido va, como siempre. Luego se marcha, con la mano en el bolsillo, bon vivant y coctelero. Lleva una copa de champán en la mano, creo que es de mi cocina, pero no me atrevo a pedirle que me la devuelva. Vuelvo a hacer la maleta sin planchar las camisas y me largo a… ¿Adónde tenía que ir? A sí, a Almería. Dios mío, también leen en Almería. Hay lectores en todas partes, y luego dicen que no se lee nada.

Llego en avión y aterrizo en un charco. Diluvia en Almería, hasta el punto de que compruebo que no me he equivocado de vuelo y estoy en Galicia de nuevo. Me viene a buscar mi amiga Pilar González, que me lleva a comer al barrio de Pescadería y a conocer La Chanca, lo más parecido a una favela que hay en España. Un lugar que enamoró a Juan Goytisolo y a José Ángel Valente, un sitio donde la gente vivía en cuevas hasta hace menos de veinte años. Bajo al centro alucinado y ya no me importa que llueva y que la feria del libro haya tenido que suspender los actos y trasladar el mío a un salón del ayuntamiento. Me dan igual los desastres.

Termino la semana en Granada, con los hermanos José María y Ernesto Pérez Zúñiga. Ernesto me pregunta cómo lo hago. Él también está de gira y lleva fatal esto de salir por la noche y enfrentarse a los actos. Le respondo que siendo medio sensato: tenemos una edad, Ernesto, si saliéramos a diario estaríamos ya muertos, lo que me recuerda que mi madre insiste en que vaya al médico. ¿Y cómo se hace eso?, dice Ernesto, porque la verdad es que es difícil cuando tienes amigos en cada ciudad, amigos a los que ves poco y te apetece alargar la noche con ellos, pero hay que ser un poco monje, y los hoteles están para llegar a ellos a una hora razonable. Esa noche incumplo mi mandato. Cenamos con Andrés Neuman y Erika Martínez y acabamos hablando muy animadamente de escritura y masturbación, que sería un tema estupendo para la primera tertulia de urinario organizada por Eñe.

Ahora escribo esto, porque prometí una suerte de dietario para este Juicio Final, sin menoscabo del que escribe Miguel Ángel Hernández los miércoles, y sigo sin tener tiempo para ir al médico. Mañana me toca viajar otra vez. ¿Dónde? Barcelona, creo. Y luego Salamanca. No sé.

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