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Émulo de Tales, un cuento de Gabriel Borsella

De manera imprevista e inoportuna he caído en un pozo. Me duele el coxis. En apariencia no hay síntomas de fractura, tan solo magullones localizados. La barbilla, codo y hombro izquierdo, además del talón de mi pié derecho, que obró de fortuito amortiguador.

Ahora bien ¿en qué venía pensando? Verdaderamente, no recuerdo con claridad. Miraba el cielo, eso sí. De allí entonces que no advirtiera la abrupta interrupción del camino.

Oí risas, a todas luces desencadenadas por mi accidente entre los transeúntes. Es curiosa tal reacción, por demás refleja. Sospecho que he sido el lamentable protagonista de una situación absurda: un tipo que camina mirando el cielo, seguramente ensimismado por aquellas cuestiones etéreas que le atañen al mismo (o por burda tortícolis), el cual súbita e inopinadamente desaparece bajo los límites del horizonte. No cabe duda que la esencia del absurdo se manifiesta en esta clase de situaciones en toda su pureza.

Está bien, puedo aceptar mejor esa espontaneidad primitiva y libre de prejuicios que la soga que arrojan esas mismas personas para auxiliarme. ¿Y por qué he de aferrarme a la soga? ¿Acaso han consultado mi opinión acerca de mis intenciones actuales?

No, decididamente no haré lo que ellos quieren. ¿Y a qué tantas arengas y preocupación cuando un instante atrás se hubieran descostillado de risa con una caída más aparatosa y grotesca? Porque he de convenir que, aún sin la práctica suficiente, he caído con dignidad, como un noble debe caer incluso a pozos u oquedades más profundas de terrenos aleatorios.

Desde aquí abajo veo recortarse las siluetas de sus cabezas, negras contra la cegadora luz que los trasciende. Gritan. Ahora han pasado directamente al insulto banal y hacen oscilar la soga con vehemencia.

Es extraño que no sepan aceptar que deseo, por un rato al menos, permanecer en este sitio particular que el hado me ha deparado. Cuando quiera salir no me sentiré humillado al clamar ayuda a quien atine a escucharme. Sí me humillan en cambio con la necesidad de lavar sus culpas por la risa, arrojándome esta soga que me golpea la cara en cada sacudida. Son bofetadas que no merezco. ¿Qué falta hay en caminar mirando el cielo y caer repentinamente a un pozo que coincide en el camino?

Las siluetas se agitan y desaparecen, tal parece que decepcionadas por mi actitud. La soga es retirada al mismo tiempo. Sólo un enajenado permanece entre el cielo y yo. Se ha empecinado en decidir mi suerte. Me arroja piedras. Una impactó de lleno en mi testuz y la sangre caliente se difunde por mis pómulos.

Con el dolor de la herida ya no puedo concentrarme en otra elucubración, como por ejemplo el sentido del piedrazo furibundo, pero al menos sirvió por lo visto para atemperar su frustración y decidió marcharse.

Ahora, desde este nuevo y más seguro hábitat que la superficie, en donde pululan esas gentes con tan extraños y contrapuestos comportamientos, puedo mirar el cielo sin temor a volver a caerme. Quizá pueda recordar lo que venía pensando antes del inusitado quiebre en mis cavilaciones. Pero el dolor en la frente se agudiza, al igual que en el coxis. Debo decidirme por uno para que eclipse al otro. Concentración e introspección. La herida sangrante cede lentamente. El eclipse comienza.

La luz que proviene de la abertura azul de arriba se eclipsa también. Si no me equivoco, están tapando el pozo con una roca.

Por fin una actitud racional que enmienda todo lo anterior: alguien más podría caer aquí dentro. Entonces mi situación se volvería sumamente desagradable.

Foto: © Oiluj Samall Zeid (Todos los Creatives Commons)

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