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La débil mental, de Ariana Harwicz

La escritora argentina Ariana Harwicz acaba de presentar en Madrid La débil mental (Editoria Mardulce). En Eñe tenemos el privilegio de ofreceros un fragmento de su novela. ¡Que la disfrutéis!

 

Ariana Harwicz dice de sí misma

Escribo. Nací en Buenos Aires y vivo en el campo, en Francia, desde el año 2007. Publiqué mi primera novela Matate, amor en 2012, en España (Lengua de Trapo) y en Argentina (Paradiso) y fue traducida al hebreo (Zikit Books, 2014) y luego Tan intertextual que te desmayas en colaboración con Sol Pérez (Contrabando, 2013), La débil mental (Mardulce, 2014) y Precoz (Mardulce, 2015).

Actualmente se realizan las adaptaciones teatrales de Matate, amor en Israel y de La débil mental en Argentina.

Ahora escribo una nueva novela, Racista, un experimento que intenta armar o desarmar un lenguaje entre el francés y el castellano y el argot del campo.

 

Sobre la obra

Un viaje a las entrañas más radicales de los vínculos familiares, a una relación casi animal entre madre e hija.

La literatura de Ariana Harwicz es profundamente perturbadora, una experiencia de lectura de una intensidad fuera de lo habitual. En La débil mental, Harwicz nos arrastra a las entrañas más radicales de los vínculos familiares, a una relación casi animal entre madre e hija.

Escrita como un flujo de consciencia que recuerda la mejor tradición de la literatura moderna –Virgina Woolf, Nathalie Sarraute– cruzada con una violencia desatada poco presente en la narrativa argentina, La débil mental es el relato de una pulsión sexual inagotable, de la desolación de una infancia sin respuesta, de la biografía de un cuerpo donde todo está sepultado. Narrada a través de tremendas escenas breves (madre e hija en clubes, con hombres, con whisky; pero también jugando juntas, divirtiéndose), la novela nunca se vuelve sórdida, sino al contrario: roza la poesía y formula una poderosa interrogación sobre la condición humana, sobre el deseo, sobre los imposibles mandatos familiares.

 

LA DÉBIL MENTAL (Fragmento)

 

Lo real de mi pasión, hija mía, es su imposibilidad. Ay, no, ya sé mamá todo eso. Shhh. Digo que si fuera posible, no sería posible, eso es algo que aprendí el día que subiendo al capot con una mochilita en la espalda le dije a mi rubio alto, me voy con vos, soy tu posesión, quiero morir en tus brazos, y nunca más lo volví a ver. O sea, quiero decir, que es posible, porque es imposible. Pero ya lo sé. Shhh. Sabiendo esto de memoria, que es el sufrimiento de la imposibilidad de una pasión, lo que la vuelve pasional, seguimos luchando por volverla posible. ¿Por qué mierda? Ahora sí, te dejo hablar. Shhh. Porque así somos las mujeres, seres endemoniados y testarudos. Así somos de huecas. No queremos sufrir,odiamos sufrir, tenemos terror al corazón latiendo en todo el cuerpo y al asma cuando nos anuncie que ya no está enamorado, que no se acostumbra a nuestro olor, o cualquiera de esas estupideces, pero si no sufrimos no hay pasión, sufriendo, volvemos posible lo imposible, la pasión misma. En los pocos momentos en que el sufrimiento, el temor a perderlo, a que sea de otra, desaparece, esto lo sé bien porque hubo días, escuchá bien, hubo días, los únicos en toda mi imbécil vida, en que el rubio me traía regalos fabricados por él, cajitas de fósforos, gusanos pintados, ramas con formas, en esos días me besaba pesadamente y parecía que su lengua fangosa se quedaría pegada a mí hasta gastarme. Entonces, esos días no sufrí para nada, tardes enteras sin sufrir al borde del lago, pero tampoco gocé. Enamorarse es la gran condenación. Enamorarse es el diluvio con un refugio electrificado. No sé si me entendés. No sé si estoy siendo clara, ahora tenés edad. Yo siempre me decía, esperá a que deje los pañales, esperá a que hable de corrido, esperá a que menstrúe, a su primera vez para decírselo y nunca pude. Enamorarse es ponerse delante de la cobra de dos metros. No pude instruirte a tiempo, te pido mil perdones. Me lo enseñaste, mamá. Fallé en todo, empecé tu infancia al revés. Debería haberte educado correctamente, no dejarte meter la mano en el caparazón y arrancar la babosa. Pero no, si con verte me bastaba para entender. La escucho tumbada sobre el musgo, una fina capa vegetal me cubre como arenilla. Estoy echada como un mamífero con las orejas lanudas sobre los ojos. Estoy tapizada, forrada, y entre nosotras corre un acantilado y el agua trepa y resbala.

 

 

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