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La huésped de Florencia del Campo

Hoy en Eñe tenemos el placer de ofreceros un fragmento de la novela “La huésped” (Editorial Base, 2017) publicada por Florencia del Campo. ¡Esperamos que lo disfrutes!

 

SOBRE EL LIBRO

La Real Academia Española propone cinco defi niciones para la palabra «huésped». La primera y la última, respectivamente, son: «Persona alojada en casa ajena» y «Vegetal o animal en cuyo cuerpo se aloja un parásito». Entre estos dos extremos se mueve esta novela: entre ser alojada y alojar; entre ser persona o animal. La narradora nos cuenta su traslado a Francia, a casa de su suegra, junto a su marido. Allí se instalan en lo que fue la habitación de él durante la adolescencia: un cuarto bajo tierra, que ella no tarda en bautizar como «el búnker». En ese ambiente, en la región nevada de Picardie, sin luz, con frío y sin dominio de la lengua, ella se propone buscar los modos para una convivencia. La huésped es una mujer en casa ajena que no comprende ni una palabra de cuantas pronuncia su suegra y que empieza a no poder reconocer a su marido. Pero también es huésped el propio cuerpo de esta mujer, donde se alojan los síntomas, a modo de parásitos. De esta doble condición, que habita con el ser-familia y noser-madre, nace sobre todo una pregunta elemental: ¿dónde cabe la mujer?

 

SOBRE LA AUTORA

Florencia del Campo nació en Buenos Aires en 1982. Cursó el ciclo de grado de la carrera de Letras para más tarde graduarse de Editora en la misma Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Cursó, además, estudios de Cine en diversas escuelas privadas. Tiene publicados, en España, tres libros infantiles; y dos novelas en editoriales argentinas independientes. Actualmente reside en Madrid. La huésped (bajo el título Bertangles ) ha resultado finalista del Premio Equis de Novela 2014.

 

 

 LA HUÉSPED (Fragmento)

 

IV.

Amanece. El amanecer sobre la nieve es plateado. El suelo se convierte en una lámina de metal por los reflejos de la luz. Sin embargo, la nieve que cubre nuestro búnker no es de la lisa y resplandeciente, virgen e impoluta, sino de la expuesta y alterada. A pesar de ello, desde la cama me imagino el amanecer que está sucediendo, y lo imagino sobre esa nieve plana y brillante. El sol en lonchas, abarcando el horizonte.

Ya no me siento cansada, podría levantarme a pesar de que es temprano. Pero me invade una duda, un escalofrío, una falta de certezas acerca de cómo proceder, de cómo encarar el día y a las fieras. Me pongo la misma ropa de ayer y paso las dos primeras puertas. Al llegar a la horizontal alzo la vista para destrabarla, para quitar ese cerrojo que me dejó sola toda la noche, y noto que tengo resaca; es el movimiento de la nuca hacia atrás, ese pliegue cervical, lo que me lo confirma.

Mi marido y Benoit aún duermen. Duermen cada uno en un sofá. Ahora sí puedo ver la utilidad de tener dos sofás de tres plazas. Decido hacerme el desayuno con mucho cuidado de no despertarlos, después de todo es muy temprano todavía. La tostadora eléctrica es lo más ruidoso; cuando las rebanadas de pan salten, será el escándalo. No debería hacerme tanto problema, en cualquier caso los ronquidos de cerdo de Benoit tapan cualquier sonido de artefacto doméstico. Y el escándalo de lo cotidiano, tal vez, no esté en una máquina tan pequeña.

 

–Buen día –le digo desde uno de los sillones al primero que abre los ojos.

Ojos naranjas, es mi marido. No me saluda. El cerdo se despierta con mi voz, así que le doy también los buenos días mientras hago girar, con movimientos circulares pero sutiles, el café que sostengo.

–Buen día –me responde Benoit.

Mi marido sigue en silencio. Va a la cocina a preparar el desayuno. Le pregunta desde allí a su amigo si quiere café. Benoit responde que sí, y luego no sabe dónde posar la mirada.

–Hoy nieva –le digo.

Me parece una linda frase para comenzar el día. Benoit no me responde, solo atina a darme un tercio de sonrisa, y luego va al baño, la mejor escapatoria por las mañanas.

Me quedo en el sillón mirando mi café: tiene manchas en la superficie del líquido, rayas moradas y azules forman una serpentina. Qué asco. Dejo la taza y pienso que podría vomitar. Pero el baño está ocupado y mi marido viene de la cocina; no hay tiempo ni lugar para mis malestares. ¿Qué hiciste anoche?, ¿estás tonta? No, no estoy tonta, pero me daba miedo dormir sola sin echar el cerrojo. Pero si no ibas a dormir sola, se supone que ibas a dormir conmigo. Es que como tardaron, entendí que cenarían aquí arriba y yo ya me quería acostar. ¿Qué me estás contando?, no tardamos.

Benoit entra al salón, creo que se siente incómodo, que preferiría no presenciar esta conversación, pero no le queda remedio. Al menos las tostadas le dan excusa para anclar la mirada. Se entretiene untándolas. Siempre es mejor tener las manos en movimiento cuando una situación no es confortable y uno opta por callarse.

–Sí tardaron. Y me dio sueño.

–Y te importamos una mierda.

–Pensé que no regresarían.

–¿Y dónde crees que iba yo a dormir?

–Tenés razón –cedo, me encojo, pero no es real, es una representación del arrepentimiento, lo hago por él, no por mí.

Todavía hago cosas por él.

 

El día va transcurriendo sin sobresaltos. A todos deja de incomodarnos lo que pasó la noche anterior. Creo que lo que sentía Benoit era vergüenza ajena, eso me hace pensar que puede que yo sea patética y no tenga ningún registro al respecto. Es preocupante ser patética en un país donde no hablan tu idioma. Quién podría advertirme de algo, cómo. Estoy sola y enterrada en mi patetismo, si acaso ahí estoy.

El incidente de anoche no pasa a mayores; hay que reconocerle a mi marido que tiene un temperamento especial: no es del todo cálido pero es comprensivo, eso ayuda. Lamento lo que le hice, ahora que lo pienso. Me da pena, necesito remediarlo. Quiero darle cariño. Estar cerca, acompañarlo. Quiero abrirme de piernas ahora mismo si lo precisa de ese modo.

Benoit no regresa a París hasta mañana por la mañana. Pasará toda la tarde y la noche de nuevo con nosotros. Yo no puedo ocuparme de entretenerlo, necesito a la mujer roja aquí, ya mismo, ella es la conductora de esta casa. Es la inacción y la acción, el silencio y la palabra, la comida. No confío en lo más mínimo en que mi marido se ocupe de su amigo. Él se mueve por instintos, no por sentido común. Hará lo que tenga que hacer, lo que instintivamente necesite sin importarle las consecuencias ni ninguno de nosotros. ¿Y si anoche eché el cerrojo instintivamente? Ahora lo veo claro. En realidad no hay ningún mérito en su temperamento, si acaso en su sentido de la justicia. Lo comprendió a la perfección, él habría hecho exactamente lo mismo: me habría dejado dormir como un perro, bajo la nieve. Cretino. Si yo hubiera estado con una amiga y hubiera hecho lo que él, las dos habríamos acabado exactamente en el mismo sitio donde acabaron ellos anoche. No hay nada que a él y a mí nos diferencie. Creo que Francia nos está volviendo mutuamente salvajes.

–Voy a visitar a Manon, ¿me acompañas? –me pregunta Benoit en un español que no mejora–. Mientras él –y señala a mi marido– termina de colocar esas lámparas.

No puede ser, esto tiene que ser una pesadilla.

Mi marido asiente y nos ofrece el coche.

–Así no van andando con este frío –agrega.

Sigo a Benoit hasta el coche. Voy robóticamente. Cumplo voluntades ajenas. Obedezco por instinto. No decido ni planteo alternativas en mi mente. Voy. Como siguiendo el olfato. Como persiguiendo una presa. Allá voy.

 

Nuevamente cerebritos de colores, me había olvidado de ellos. Tal vez sea una señal: vine a cazar a mi presa. Son cerebritos, no podría ser más carnívoro todo esto. La casa de Manon es espantosa. La cocina está a la izquierda de la entrada. Blanca: no tiene alma. Blanca: parece un hospital. Está sospechosamente limpia, como sin estrenar; esto habla muy mal de tu condición de ser humano, Manon. En el salón tiene dos sofás y un gato más gordo que los cojines de esos dos sofás. Si Manon no se ofende, creo que me voy a descalzar y a intentar calentarme los pies en los pelos del gato. Luego tiene dos dormitorios, uno destinado al ordenador y a los pocos libros que se leyó en su vida. Prefiero ni acercarme a ver de qué se tratan, todavía quiero tenerle un mínimo de respeto.

El precio a pagar por calentarme los pies en su gato es tener que pasar una tarde hablando de imbecilidades. Que el gato toma medicina homeopática, y nos muestra los frascos. Cómo se puede ser tan imbécil, a quién le importa. Benoit parece entretenerse con la conversación, yo estoy por tener fiebre. Puede que sea el pelaje y la consecuente temperatura de mis pies, sumado a la calefacción, o que sea la homeopatía y el gato. Manon me enferma, es evidente. Perciben que estoy mal. Yo ya no puedo disimular, la boca se me está torciendo hacia un lado, tengo cara de espanto.

–¿Te encuentras bien? –me pregunta Manon.

Le digo que no pasa nada, que tengo la regla, cosa que es cierto pero no me descompone tanto como todo esto. Manon se solidariza conmigo, dice que me comprende, que recuerda lo feo que era, y me ofrece un calmante.

–No, gracias, no es para tanto, aguanto.

Pero me pongo de pie y voy al baño. Meto los dedos en la garganta para provocarme el vómito, no sé por qué lo hago, pero quiero vaciarme. Regreso al salón más liviana y con aliento ácido. Ahora si me vuelve a hablar en español, voy a soplarle en la cara.

 

Por si no éramos suficientes, Manon también viene con nosotros a la casa, a cenar. Mi suegra ya está en la cocina manos a la obra. Mi marido se pone contento al vernos, nos estaba esperando sentado a la mesa, viendo el teledario, cortando una baguette y bebiendo vino. Lo abrazo porque me reconforta volver a estar en casa con él. Me siento a su lado, le doy algunos besos, le sonrío, él me responde con miradas breves, al menos no me ignora. Sé que está contento de verme, aunque no lo demuestre.

Mi suegra destapa la olla y adentro hay un conejo en trozos. El animal flota en el caldo como las manchas flotaban en mi café de la mañana. La carne de conejo es fortísima y huele que da terror. Benoit festeja la cena, mi suegra sonríe, Manon mastica con ruido y mi marido mira el televisor. Estoy descompuesta, mareada y agobiada. Mojo un trozo de pan en el caldo y me lo llevo, goteando, a la boca; por dentro estoy colapsada pero aún creo que puedo seguir comiendo. Me seco los labios con la servilleta roja y aunque tengo intenciones de otra cosa, como por ejemplo de sonreír o mirar el televisor, clavo la mirada en la servilleta. Soy consciente de mi posición corporal, y sin embargo, incapaz de modificarla o deshacerla. Escucho los latidos de mi propio corazón y me siento el pulso en el cuello. Sigo mirando rojo, los dedos están hinchados, los anillos empiezan a apretarme. Respiro, solo veo la servilleta de papel; tengo la mente perfectamente activa y el cuerpo absolutamente inmóvil. Quiero moverme antes de que alguien note mi estatismo. Me propongo contar y ponerme de pie cuando llegue a veinte, pero lo paso sin haber podido mover las piernas. Continúo el recuento y mi próximo desafío es el número cuarenta; tampoco me funciona. En sesenta finalmente consigo levantarme. Me sujeto a la mesa para no caerme y recuperar equilibrio; me mira la única persona que se percató de que me pasa algo: mi suegra. Doy pasos cortos y lentos en dirección al baño pero me falta mucho para alcanzarlo. Mi suegra dice algo en francés, tal vez les esté advirtiendo de mi posible, ante sus ojos, malestar. Yo ya estoy abandonando el comedor cuando escucho sus palabras, pero todavía me queda atravesar toda la cocina. No lo logro, vomito sobre las baldosas, junto a la nevera. Viene mi marido a rescatarme. Me ayuda a llegar al baño. Sigo echando el conejo ahí, en el váter. Me sale caldo por la nariz y lágrimas de odio. Las paredes laterales, salpicadas. Incorporo la cabeza y miro a mi marido: no puedo más, le digo.

 

No puedo más, me lo repito una y otra vez en la negrura del búnker, en el silencio de la nieve, mientras intento conciliar el sueño con sabor a óxido que me dejó la cena. Todo se está oxidando en este sitio. Todo vira hacia el color propio del óxido. Incluso huele a óxido. Ellos habitan en esas manchas; las llevan en la piel como marcas naturales, pero no me atrevería a comprobar que no son pecas, que son quitables. No. No me atrevería. No puedo más. No puedo más de conejos y zanahorias. De rojizos y anaranjados.

 

V.

Nieva en Picardie. La nieve sucede como en cámara lenta. El fuego de la chimenea destella. Cada tanto se resbala un trozo grande de leña: suena, me asusto, giro a mirarlo, veo chispas alteradas, un fuego descontrolado. Me parece que explotó una bomba, que viene el incendio, pero en realidad apenas se movió una madera y el fuego susurra. Suele ser la hora de la siesta. No se escucha a nadie. No se ve el cielo. Se ha formado una pantalla gris claro. A través del ventanal del salón no puedo ver nada, ni la mesa del jardín ni los pinos. De pronto no hay paisaje, no hay exterior. Se desmaterializó la posibilidad de encontrar algo por fuera de esta casa. Vuelvo la vista a la chimenea: lo que ilumina está de este lado. Los objetos y las personas también. Mi marido duerme la siesta en un sofá. Parece un lince embalsamado. Estoy de pie. La nieve sucede como en cámara lenta. Yo ahora estoy quieta. Tal vez ya ni sucedo.

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