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Los libros que nadie quiere, por Sergio Galarza

¿Han visto esas pilas de libros que parecen todos el mismo (sobre todo los de Novela Negra) y que inundan los espacios más visibles de las cadenas de librerías? Apuesto a que para la mayoría de clientes esos libros son los campeones de la literatura. Pues se equivocan, de todos esos títulos los editores se conformarán con que dos o tres entren en la lista de los más vendidos. Son editores que trabajan usando la red más grande para capturar a cuanto lector encuentren bajo el mar de las novedades, a diferencia de las editoriales pequeñas que pescan con anzuelo. Entonces, ¿qué pasa con los libros que no compran ni la familia del autor?

Esas son las devoluciones, los libros que no se venden después de un par de meses expuestos al polvo. ¿Y por qué no se venden? Puede tratarse de la publicación de una editorial pequeña que no ha encontrado la forma adecuada de publicitarlo pese a su calidad o porque el libro es malo desde la portada (es cierto, las editoriales llamadas independientes también editan libros malos o los editan mal), o de una publicación de una editorial grande que ha recibido críticas negativas o ha sido ninguneada, aunque a las editoriales grandes no se las ningunea. En el primero de los casos, un librero que lea (sí, no todos los que venden libros leen y sucede más allá de las grandes superficies) y entienda el esfuerzo que demanda publicar un libro experimentará el remordimiento por no atreverse a rebelarse contra la hoja de excel que se elabora en base a los ejemplares vendidos. En el segundo caso hay cero remordimientos.

¿Y qué pasa después de las devoluciones? Las editoriales pequeñas no rematan sus libros. El distribuidor guardará los ejemplares en su almacén y se venderán durante años hasta agotar el stock, o el mismo editor los irá vendiendo de feria en feria, esperando quizás que su autor publique un libro que se convierta en un best-seller y que arrastre a sus libros menos vendidos. Las editoriales grandes sí rematan los libros que no han sido un buen negocio, y es probable que un cliente encuentre ese libro a 5,95 euros junto a la edición de bolsillo a 7,95 (es común que por contrato un libro que ha sido un fracaso en tapa dura o rústica se edite también en bolsillo para seguir siendo un fracaso). Al menos así recuperan los gastos.

Y si he dicho que en el caso de las devoluciones que pertenecen a las editoriales grandes hay cero remordimientos, he obviado el placer que produce ver en esa hoja de excel a los advenedizos de la literatura, a los gurús de la autoayuda (la de andar por casa y la que aplican las empresas para subir el ánimo en vez de los sueldos), a los esotéricos, a los que dan consejos para padres cuando bien sabemos que el trabajo sucio se los hace la niñera, a los que inventan terapias sin base científica, a los que en general quitan espacio en las estanterías a los libros importantes. Esos días hasta podría parafrasear al líder del Equipo A: “Me encanta que las devoluciones salgan bien”.

 

Fotografía: Camilo Durán (Todos los Creative Commons)

 

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