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No somos flores de Lucía Marín

La Editorial Nazarí ha publicado “No somos flores”, una colección de relatos que supone el debut literario de la joven escritora Lucía Marín. Hoy en Eñe tenemos el placer de ofrecerte uno de los cuentos que componen el libro.

Si además de leer el relato quieres recordar las palabras que nuestro reseñista Santi Fernández Patón dedicó al libro, puedes encontrarlo aquí.

¡Que lo disfrutes!

 

Sobre la autora

Lucía Marín (Granada 1985) siempre ha disfrutado contando historias. Escribe narrativa, dramaturgia y ha participado en encuentros de narración oral y varias piezas de teatro. Además de haber cursado talleres de escritura creativa y formarse en arte dramático, nutre sus relatos de diversas experiencias personales como la vida en colectivo, la maternidad o los talleres de igualdad de género que imparte en colegios e institutos. Reside desde 2011 en un pueblo de La Vera (Cáceres) donde escribe No somos flores, su primer libro.

 

Sobre la obra

No somos flores habla desde sus protagonistas con cercanía y honestidad: niñas lúcidas, jóvenes incautas, adultas incomodadas y ancianas de vuelta de todo. Nos cuenta cómo se enfrentan al mundo ajeno y al propio, cómo vacilan entre el conformismo y la transgresión, a través de una variedad de tonos y registros: desde el monólogo interior al realismo mágico, pasando por la distopía o la autoficción, para dejarnos al final un regusto amargo, provocarnos un suspiro de ternura y alivio o bien, una risa floja.

A lo largo de estos doce relatos, ensartados en un hilo sin duda violeta, la autora reivindica con sus propias palabras “un lugar para nuestras historias y nuestro punto de vista; para que la literatura pueda llevar a una comprensión más empática de algunas realidades no tan evidentes”.

No somos flores supone el descubrimiento de una autora con oficio, dueña de un mundo personal y las ideas muy claras sobre qué quiere contar y cómo hacerlo. Por si fuera poco, ese qué y ese cómo nos hacen mucha falta.” (Santi fernández Patón)

 

 

CARRILLERAS CON PIMIENTOS 

(Relato completo)

 

¿A quién se le ocurriría elegir una encimera de un color tan claro? Ya le vengo diciendo a Fermín lo de la obra; según se lo vengo diciendo, él lo viene retrasando. Para el verano, me dijo primero, y luego para navidad, con la paga extra. Pero como Manuel empieza la universidad, ni lo uno ni lo otro. Estas manchas ya no se quitan ni con amoniaco, se han quedado grabadas desde yo qué sé cuándo. Como el azulejo roto de al lado de la puerta, de cuando al pequeño le dio por entrenarse con la raqueta hasta en la cena. Virgen Santa, entre uno y otro, y su señor padre, van dejando huellas y una, una sola, las tiene que ir borrando. Me voy a poner los guantes, que luego las manos se me quedan todas secas, y total, para lo que tocan, que ni una caricia me dejan hacerles los niños ya. Ay, el sofrito, que se me quema. Menos mal que le he dicho al carnicero que me trocee las carrilleras, porque si ahora me tuviera que poner yo a partirlas… Voy a echarlas todas, con una mano, que así me quito solo un guante. Voy a echarlas todas, sí, que así le quedan a Fermín para la cena. Dios sabe lo que comerá por ahí, que llega siempre con el ardor quemándole en la garganta. Estos azulejos, del año de la tos, no hay quien los haga lucir; pero ya me conozco, empiezo con uno y no paro, que cuando limpias cuatro, se nota más la mugre de los otros de alrededor. Y dice Manuel que para qué quiero hacer obra, si total, ellos se irán de casa más pronto que tarde. ¿Qué se creerá este niño? ¿Que quiero una cocina nueva para darle gusto a ellos? ¡Y una porra! Pues más limpia se mantendrá, me digo yo, sin sus zarpas y las fritangas esas que les gustan que les cocine. Más pronto que tarde, habrá que verlo, porque con estos tiempos que corren me los veo en casa hasta la cuarentena. No me digas que me he olvidado las zanahorias… Si lo he sacado todo del carro. Habrá sido cuando… Bueno, pues con pimientos se las preparo, que van muy bien con las patatas. Qué despiste, pero a ver, una no puede estar en todo. Habrá sido cuando me ha hablado ese hombre. Yo le había dado la vez, y va y le dice a Carmenchu, deme a mí de esas mandarinas que ha pedido la señorita, que se la ve muy experta. Señorita, me dice, a mis años. ¿Se ríe usted de mí? Ni mucho menos, perdone si la he ofendido. Vaya. Y me lo ha dicho con una sonrisa que parecía Cary Grant. Que solamente creyó que yo tendría buen ojo para la fruta. Así, pues me he despistado. ¿Qué más te pongo? Me dice la hija de Carmenchu, y yo, nada, nada, cóbrame. Que lo más que quería era irme de allí. Pero no sin las zanahorias, eso ha sido por error. Voy a echar ahora el caldo, que como empiece con los altos, me va a pillar a desmano. Y cuando ya lo había guardado todo en el carro, con cuidado de no aplastar la lechuga, ni los tomates, que me los he llevado bien maduros, me dice que si me ayuda a cargar. Pero si llevo el carro, le digo, y usted otro tanto. Andrés, me puedes llamar Andrés. Mira tú, como mi hijo, el pequeño, pero le decimos Sito. ¿Tiene usted hijos, entonces? Dos tengo, sí. ¿Qué hago yo hablando con este, que parece salido de verdad, de verdad, de una película de las de mi época? Con esa elegancia al hablar, tan suave, como si estuviera cantando un bolero… Pues déjeme entonces que la acompañe, que soy nuevo en el barrio y me gustaría conocerlo un poco mejor. Virgencita, no se me estará insinuando, pensaba yo. Qué vergüenza, cómo va a ser eso. ¿Usted no tiene hijos? Así se lo pregunté, en negativo, que una tiene sus intuiciones. ¡Concho! Se ha acabado el gas. Cuando ponga la cocina nueva, me voy a poner vitrocerámica. Debe de ser la única casa, la mía, que aún vive en la prehistoria de las bombonas de butano. Pues no tiene hijos, ni mujer tampoco. ¿Divorciado? Viudo, me contesta, con una carita de cachorro que me han dado ganas de adoptarlo. Válgame el cielo, qué cosas digo. Pues un poco verdad sí que es. Una aquí, dejándose la piel en cuidar de todo y de todos, y vamos, ni unas gracias merecidas me llegan. Y sin embargo Andrés, Andrés, empujando el carro de la compra, que hasta en eso es elegante… va y me invita a una caña. Dios sabe cuánto tiempo hace que no me tomo yo una. Desde las bodas de plata lo menos. Me imagino que tendrás mucho que hacer, me ha dicho, pero si no nos retrasamos… Anda mujer, ¿por qué no? Me he dicho yo para mis adentros, si acaba de llegar, y no conoce a nadie, está solo y necesita un poquito de vida social. Bueno, bueno, me he contestado, pero que conste que lo hago por ayudarle. Voy a abrir la ventana que así el fregado se va a secar más rápido, y en cuanto esté me pongo a hacer el salmorejo.

Lo que nos hemos reído, que Andrés cuenta su vida con una gracia… Aun con el disgusto de lo de su mujer, tiene sentido del humor, el pobre. Es gracioso hasta sin querer, hay gente que le pasa eso. Debía de viajar mucho, por su trabajo, que era algo como comercial y algo de obras de arte. Voy a ventilar el cuarto de Sito, al menos él sí que me deja entrar sin permiso, y de paso me llevo la ropa sucia y le estiro un poco el edredón. Este no ha querido quitarse el edredón en todo el verano, de verdad que a los adolescentes de ahora yo no sé qué les pasa por la cabeza. Yo recuerdo que fui bastante normalita, no como los míos, que tienen cada rareza… Al cuarto de Manuel ya no entro, hace dos años que se independizó, como él dice. La independencia la tiene de su puerta para adentro, menudo caradura, aunque parece que desde que sale con esa chica lo tiene un poco más apañado. Pues yo hace que no voy al Museo del Prado unos veinte años. De golpe me he arrepentido de decirle eso, se va a pensar que soy una paleta. Pues si quieres vamos juntos, me ha dicho. No se habrá creído que estaba yo buscando una cita. Bueno, pues vale, le he contestado. ¿Mañana? ¿No trabaja usted? Ya no tanto, porque ahora ha montado una sala de exposiciones y delega mucho en los empleados. Que al morir Begoña, su mujer, se dio cuenta de todo el tiempo que dedicaba al trabajo y eso… Qué lástima, que se dé cuenta ahora, uno no sabe lo que tiene, hasta que… En fin.

Madre mía, qué despistada estoy, no sé qué he hecho con la batidora que se me ha salpicado todo de tomate. Ay, María Jesús, qué te pasa, que te ríes sola. Tendré que ponerme un vestido un poco elegante, para lo del museo. Imagínate que otro día me lleva al de París, el Louvre, ¿no? Allí sí que tendré que ponerme como Dios manda. Podría sacar los zapatos de tacón y las medias finas. ¿Pero qué estoy diciendo? Si parezco una chiquilla… Con el miedo que me da a mí volar… Por suerte me acuerdo un poco del francés que aprendí en el instituto. Seguro que Andrés conoce un sitio bueno donde ir a tomar vino de ese, que no da dolor de cabeza después. Ay, después…

Voy a meter el salmorejo en la nevera, que aunque sea septiembre, aún hace calor, claro, el veranillo de San Miguel. El apuro sería conocer a sus amigos, que seguro que son todos unos intelectuales de esos que no se les entiende nada cuando hablan. Y yo que solo tengo un par de vestidos buenos. Por lo menos aquí, al volver de París, podría lucirme preparándole buenos guisos, en eso sí que soy experta. Podríamos ir a bailar. Seguro que le gusta ir a bailar, por cómo se mueve, lo digo. Además tiene unas manos como de tocar el piano, o la guitarra al menos. Si hará años que no bailo yo… Pero no se me daba nada mal. Claro que, si lo que le gusta es la música clásica, eso no se puede, porque lo que no voy a hacer es vestirme de bailarina, habría que verme, con tutú… De todas formas, se va a quedar boquiabierto con la carne estofada con compota de manzana, o con un buen potaje con espinacas y huevo duro, receta de mi madre. A no ser que tenga asistenta, que le limpie y le cocine. Entonces, para qué me va a querer, todo el día en casa, pintando la mona. Igual podría apuntarme a clases de pilates, eso sí que está muy de moda. Pero lo de los museos no sé si va a cuadrar mucho conmigo… A ver si a estas alturas una va a tener que aprender corrientes artísticas modernas, de esas que igual te ponen un váter como si fuera una obra de arte.

Un mensaje, Manuel, que se trae a la novia a comer, que a ella también le encantan mis platos. Ay, este muchacho, cómo es, que se lo perdono todo. Pues así se acaban el salmorejo, que si no, no me iba a entrar todo en la nevera para esta noche. Si tuviera una de esas de dos puertas sí, claro, pero seguro que se me llenaba también. Basta con tener más hueco para que se llene de esto y aquello. Seguro que las vecinas me ponían verde, de envidia, la Pili la que más, de verme pasear con él y salir a cenar a sitios buenos. Buenos, pero sin pasarse de caros, y tampoco muy a menudo, que a una no le gusta que se lo paguen todo. Una invitación vale, pero no así, por costumbre, que luego la factura llegará por otro lado. Seguro que dejaban de hablarme, las vecinas, porque una mujer que abandona al marido y a los niños. Aunque estos ya están criados y poco les importa lo que haga su madre. Pero Fermín, con la de cosas que hemos pasado juntos… Y con cómo tiene el riñón de tocado… Por no hablar del colesterol, que le sube más cuando está nervioso; esas cosas que solo yo sé darme cuenta… Y mi suegra, esa se muere del disgusto.

¿Cómo puede ser que se acumule tanto pelo en el desagüe de la ducha? Esto va a ser cosa de Sito, que ahora le ha dado por llevar melena, para luego hacerse rastas de esas, dice. Primero lo del agujero en la oreja y ahora esto. Como no has tenido hijas, mamá, yo te sirvo un poco. Hay que ver, que sabe cómo hacerme reír hasta enfadada. Bendito sea el cielo, que no los quiero yo abandonar, y menos por un galán viudo que embauca señoras en el mercado del barrio. Un donjuán que seguro, me apuesto lo que sea, a que luego también tiene sus manías. Porque uno no llega a los cincuenta sin ellas. O a los sesenta, más bien. Lo sabré yo, que me conozco las de todos los maridos de mis amigas: al que no le huelen los pies porque ni para dormir se quita los calcetines, es que le gusta fumar en la cama o dios sabe qué. Y al menos, con esas, una puede lidiar. Pero a saber qué chifladuras se le descubren a un burgués acostumbrado a una vida de comodidades, y más en el mundillo de los artistas, que seguro que son, cómo se dice, unos excéntricos. Quita, quita, virgencita que me quede como estoy. Al museo, bueno, eso no compromete a nada. Pero no está una para lanzarse a un romance, así, tan de repente. No, señor.

Ni una pizca de sal le hace falta a las carrilleras. Seguro que con la vitro no me habrían quedado igual. Al final va a resultar que ni la obra de la cocina merece la pena, con el lío que es, y lo que cuesta, mejor nos vamos a Barbate estas navidades, Fermín y yo, como en la luna de miel, a ponernos hasta arriba de pescaíto frito, y no fregar ni un plato hasta el año nuevo.

Si acaso cambiamos la encimera y punto.

Con el cariño que le tengo yo, a esta cocina mía.

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