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Nuevo estilo, por Juan Bautista Durán

Hay artículos que se empiezan y no se concluyen, no llegan siquiera a desarrollarse. Lo mismo pasa con algunos relatos, aunque ésa es otra historia. Que un personaje eche a andar y no encuentre, transcurridos unos párrafos, el camino que buscaba ni la necesidad de seguir buscándolo, en cierto modo puede ser un alivio. Una de las preocupaciones más recurrentes a la hora de escribir un relato es si merece la pena poner en marcha tantos medios, es decir, personajes y andamiaje, para una nueva representación de la realidad en tono íntimo o coral o nada más que literario. El estilo es el clima, pero en sí mismos ni estilo ni clima parecen razón de peso para el lector exigente. Son medios cuya naturaleza consiste en adaptarse a la historia, aun cuando se hallen en perpetua situación de cambio, si no de inestabilidad, como sucede de un tiempo a esta parte.

Habría que tener presente la definición de estilo que Enrique Lynch da en su breviario intermitente, Nubarrones: «Escribir con eficacia y precisión y la elocuencia justa.» Y añade: «Es como montar a caballo, porque el lenguaje es como un corcel brioso y arisco: dos seres vivos de especies diferentes e inteligentes [que] se encuentran, se rozan, se sienten el uno al otro y, de común acuerdo o a la fuerza, deciden moverse juntos.» Esa precisión y elocuencia justa son lo que muchas veces ayuda a terminar un artículo, sobre todo aquéllos que deben ser terminados, que al fin y al cabo no operan sino a modo de revisión interna y por tanto de puesta al día. El jinete debe forzar al corcel, espabilarlo para que, en palabras de Lynch, «lo reconozca y decida complacerlo». Pero uno no siempre lo logra: encaja mal los pies en los estribos, está incómodo, no alcanza un ritmo satisfactorio. Y que esto suceda pone en evidencia ciertas lagunas personales, la necesidad de repetir algunos movimientos básicos y volver al punto de partida.

Hay artículos, decía, que se empiezan y no se concluyen, en los que uno ensaya las primeras frases y a cada palabra crece la sensación de extravío. Éste iba a versar en torno al cambio climático, a las temperaturas extremas que año tras año vienen asentándose, con la añadida inmovilidad de los anticiclones, esta poca gracia actual que produce sequías en zonas donde en la vida faltó agua. Esto lo decía un personaje, un muchacho joven, adulto pero todavía joven, bastante preocupado por la cuestión aunque sin otro conocimiento que a través de la prensa diaria.

Se está dando un paseo con una amiga, inquieta también por la situación climática. No tiene remedio, dice ella: cada año suben las temperaturas un grado y medio, y esto no lo podemos frenar, nos vamos a quedar sin invierno y el verano será insufrible. Chica, dice él, tampoco es para tanto, no exageres. ¿Cómo no voy a exagerar, con lo que a mí me gusta el frío? Ya sé que es un pensamiento egoísta, pero no me dirás que no es grave. Claro que sí, dice él, lo que es una exageración es tu planteamiento; la temperatura no sube un grado y medio cada año, es una media tomada después de muchos años. Es que tú eres un conservador, responde ella, un pesado; ¿por qué tienes que enfriar esa sensación mía de calor intenso?

Él se ríe, pero no de una manera golosa, como podría reírse ella, sino tan conservadora como en su análisis. ¿No crees, dice la amiga, que hoy tendría que hacer más frío? Ya llegará, dice él, tampoco es que la temperatura sea impropia del momento. Lo más preocupante, añade, es que no llueve. Y ambos llevan la vista al cielo, como si en ese mismo instante, por haberla nombrado, fueran a juntarse un puñado de nubes listas para descargar un chaparrón. Uno tras otro, más bien. No hay tutía, dice él, cada vez los periodos de sequía son más largos y, cuando llueve, el peligro de que las lluvias sean torrenciales, mayor.

Ella ha escuchado en la información meteorológica que donde más importa que llueva es en los manantiales, cerca de los ríos. En todas partes importa, dice él, ¿no crees? Sí, responde ella, digo lo que escuché. Yo también lo escuché, todos lo hemos escuchado: cómo se forman las nubes, por qué llueve, qué es un anticiclón… Y en tono de bachiller, suelta: una zona atmosférica de alta presión, superior a la del aire circundante. Esto es un anticiclón. Así dicho, murmura ella, parece una obra de arte. O una ficción, dice él. Y se detiene de nuevo, no para mirar el cielo, despejado, un cielo que en los próximos días traerá un frío intenso y luego otra vez templado; se detiene medio turbado, con la mirada de repente gacha, instalado un nubarrón casi en el entrecejo. Lo dibuja en el suelo, con la punta del pie. Y dice: figúrate que tantas explicaciones no son más que un modo de mantenernos entretenidos, y en alerta al mismo tiempo, para que tomemos consciencia de lo que pasa; que el anticiclón, o el cambio climático o el efecto invernadero, o cualquier otro hecho de los que venimos hablando, no tienen otra finalidad que esta misma, darnos que hablar, fascinarnos con la introducción de un lenguaje que parece exclusivo. A ti, por ejemplo, hace unos años te horrorizaba el frío y andabas la mitad del año deseando que llegara el calor, deseando quitarte la ropa de lana y la chaqueta y poder ir a la playa; y ahora, en cambio, te preocupa el frío; te gusta y te preocupa. ¿No es así?

Ella lo mira con suspicacia, atenta a los movimientos del nubarrón en su frente, a punto casi de desarmarse, ya menos nubarrón aunque oscuro todavía, un fenómeno que a buen seguro merecería un nombre. Y él continúa: el acontecimiento, quiero decir, no es tanto la llegada del cambio climático como la manera de introducirlo en la sociedad, en nuestras conversaciones, como un discurso político del que paradójicamente los políticos se desentienden bastante. Entonces, dice ella, ¿no crees en el cambio climático? Claro, es una evidencia, no podemos creer o no en ello; aunque ahora se formara un campo de nubes negras y cayera un aguacero, dice, el cambio seguiría ahí.

El rumor de la palabra es más fuerte que los hechos en sí, eso quería decir el chico, al igual que su andar es ahora más intenso que sus pensamientos. Han reiniciado la marcha, los dos en silencio. Ninguno tiene una respuesta clara más allá de sus pasos sobre el pavimento seco, tantos días igual. La chica alcanzó a decir que sí, será eso, pero aun así me preocupa; y él advierte que quizá, con el cambio, más allá del problema en sí, lo que emerge es una frontera entre el mundo viejo y el actual. Una nueva manera de narrar nuestra existencia. Un nuevo estilo.

Fotografía: James Boyes (Todos los Creative Commons)

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