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Un acontecimiento excesivo de Javier Avilés, una lectura de David Pérez Vega

Un acontecimiento excesivo, de Javier Avilés.

Editorial Rango finito. 145 páginas. 1ª edición de 2016.

Siempre he disfrutado mucho de El lamento de Portnoy, el blog literario de Javier Avilés (Barcelona, 1962), que comenzó su andadura en 2004. Además de ser, a estas alturas, uno de los blog decanos de la crítica literaria en internet, se ha convertido también en ese lugar cibernético en el que uno puede leer algunos de los comentarios sobre libros más brillantes que existen en la red.

Conocí a Javier Avilés en persona en marzo de 2012. Los dos habíamos sido invitados a un encuentro de blogs literarios que tuvo lugar en el Medialab-Prado de Madrid. Me cayó muy bien; como es fácil de suponer, es una enciclopedia de literatura. En algún momento pensé leer Constatación brutal del presente, su primera novela, que fue publicada en 2011 por la editorial Libros del silencio, pero al final se me pasó.

Hacia finales de 2016 me escribió un mail Raúl Navarro, que se presentaba como fundador de una nueva editorial llamada Rango finito. Me informaba de que iba a comenzar su aventura publicando Un acontecimiento excesivo, la segunda novela de Javier Avilés, y me pedía una dirección postal para enviarme el libro si quería leerlo. Me apeteció apoyar su iniciativa y acepté el envío. Me he puesto con Un acontecimiento excesivo a finales de junio, mientras acababa el curso académico en el colegio donde trabajo.

«Aquí será donde aparezco por primera vez, saludando afablemente, explicando mi situación, descartando muchas cosas, lamentando la irrelevancia tanto de mi presencia como de mi discurso». Con esta frase comienza la novela. Como podemos ver, en Un acontecimiento excesivo existe una voz narrativa autoconsciente de su función, que aparecerá y desaparecerá de forma imprevista del texto.

Las calles de una ciudad, que puede cambiar de forma de un día a otro, son recorridas en fila india por una serie de personajes: un mendigo, una doctora, un marinero, un hombre con un bastón, un niño japonés (a veces) y un hombre con un maletín. En la página 68 podemos leer sobre Un acontecimiento excesivo: «Su argumento podría resumirse así: un grupo de personas caminan por una ciudad vacía en la que los edificios no tienen puertas. En ocasiones son cuatro personas; en otras, cinco; en otras parece adivinarse una presencia fantasmal; a veces aparece un niño. Los motivos de su peregrinaje no están justificados y se adivina mediada la proyección que no llegarán a ninguna parte». Un poco más abajo, en la misma página, leemos: «Por una extraña elección del director los personajes parecen difuminarse dentro de la ciudad y convertirse en estereotipos indefinidos, incluso yendo más allá, en meros soportes para unos diálogos intrascendentes».

Los personajes deambulan por la ciudad, y en ocasiones bajan a los sótanos de sus subsuelos. Se alimentan de los productos envasados que extraen de unas máquinas expendedoras. En la página 116, el narrador reflexiona sobre la esencia del realismo: en tono de broma nos dice que no ha hablado de las necesidades fisiológicas de los personajes: «Hay tantas cosas que aún no se han dicho y ya no se dirán. Por ejemplo el asunto de las necesidades fisiológicas. De acuerdo, coloquemos cabinas y retretes portátiles en cada esquina en la que se detienen a descansar, del mismo modo que colocamos las máquinas expendedoras. ¿Es eso realismo?».

En otras ocasiones, se reflexiona sobre la propia esencia del concepto de narración o de novela: «Si somos congruentes y dotamos de explicaciones coherentes a los detalles de la trama, una exigencia que no me siento obligado a satisfacer (…).» (pág. 77) o en la página 87: «Tendemos a buscar un significado, exigimos que las historias que nos cuentan tengan significado y si éste ha sido pervertido somos capaces de encontrar otro».

Los personajes a veces tienen que evitar el «magma negro», un «flujo entrópico imparable» que se mueve por las calles de la ciudad cambiante. Este detalle me ha recordado al cuento Gelatina de Mario Levrero. La comparación es pertinente hasta cierto punto: las escenas oníricas o surrealistas que describe Avilés en su libro podrían recordarnos a las de algunas páginas de Levrero, pero Levrero siempre dibuja escenas nítidas, escenas que, por extrañas que sean, el lector puede «visualizar»; en ellas existe una continuidad temporal, algo que no ocurre en este libro. «A cayó a un río. Nadó y a muchos kilómetros de distancia pudo llegar a la orilla. Allí se encontró con un duende. Éste le pidió dinero, y al no tenerlo A echó a correr y se metió en un túnel, iluminado por antorchas. Al fondo se oía una canción»: así podría narrar Levrero. Su fantasía es visual; en cambio la de Avilés es imprecisa. El lector puede imaginarse algunas escenas, pero éstas mutan y no tienen continuidad ni importancia compositiva. De repente, se narra un descenso al subsuelo de los personajes y, sin más explicaciones, se da paso a una reflexión sobre el paso del tiempo o sobre una película de Stanley Kubrick. En la página 48 leemos: «Toda esta larga perorata sobre nada carece de sentido».

Algunas imágenes o ideas se van repitiendo en el texto de forma recurrente. Por ejemplo, se suele recordar la presencia en la ciudad de unos perros que ladran a lo lejos. En este sentido, el tono alucinatorio de Un acontecimiento excesivo me ha recordado a la prosa lisérgica del William S. Burroughs en El almuerzo desnudo.

Además de la fila india de personajes que enumeraba antes, existe en el libro la presencia del comisario I, que ve películas en las que (¿tal vez?) se cometen asesinatos. Alguna escena violenta se deja entrever en el texto, con la presencia de cuchillos, pistolas y algunas otras armas, aportando una sensación de amenaza y misterio que no se acaban de concretar.

He hablado de Levrero y Burroughs y tal vez la presencia más importante en este libro sea la de Thomas Pynchon. Sé que Avilés es un gran admirador de libros como El arco iris de gravedad o Contraluz. Yo no he leído estas novelas, pero, por lo que sé, me atrevo a enunciar la posibilidad de que Avilés escriba bajo su influjo.

Ya he comentado que El lamento de Portnoy me parece uno de los blogs de literatura más brillantes que se pueden encontrar en la red, y la prosa de Avilés en Un acontecimiento excesivo me resulta rica e inteligente. Sus reflexiones sobre el hecho narrativo son irónicas y su deseo de dinamitar las premisas bajo las que se suelen escribir novelas me parece legítimo. Dicho esto, he de apuntar también que a mí me resulta excesivo leer sobre personajes que deambulan por un escenario desdibujado sin objeto, sin continuidad lógica en las escenas propuestas, saltando de un pensamiento a otro. ¿Para qué escribir una novela si no se cree en la idea de novela? Si el juego es tratar de que el lector no se acomode en ninguna lógica, que no sienta empatía ni reaccione ante los personajes… ¿para qué leer? Si las escenas propuestas se borran en la mente del lector según se van dibujando… ¿con qué aliciente seguir? He leído con interés algunas de las páginas escritas por Avilés, apreciando la finura de la prosa, y también me ha ocurrido que dos páginas más tarde he sentido perfectamente que el texto me expulsaba de la página y los renglones se hacían refractarios a mi mirada. He tenido que forzarme a terminar el libro, y me ha parecido una pena porque Javier Avilés me cae muy bien y me parece estupendo que alguien tan entusiasta como Raúl Navarro funde una nueva editorial.

Todo esto me lleva a reflexionar sobre el hecho narrativo y lo que significa ser un buen lector, como lo es Avilés: llega un momento que cuando lees una novela puedes percatarte de todos sus trucos narrativos y de cómo funciona la construcción de personajes… Puedes explicar perfectamente todo esto a terceros. Entonces, quieres escribir con ironía para dinamitar los convencionalismos del género. Al final, lo que consigues es tener una no-novela, un texto sin personajes interesantes, sin trama, sin continuidad temporal. Creo que no leemos para percatarnos de lo inteligentes que somos, sino para volver a ser niños, para que alguien nos encandile con un cuento. Lo divertido no es que nos expliquen los trucos de magia, sino poder regresar a la infancia y dejarnos fascinar por un buen mago, aunque sepamos que nos está engañando. Yo lo que quiero es volver a sentir la emoción que experimenté al leer La isla del tesoro, no que alguien venga a decirme que nunca existieron piratas como aquéllos.

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