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Dos minicuentos de Enrique Jaramillo Levi

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El cuento es el gran género de la literatura panameña, y Festival Eñe América se traslada a Panamá para celebrarlo. El próximo mes de diciembre, los días 4, 5 y 6, la Casa del Soldado sede del Centro Cultural de España en Panamá, puesto que el festival se desarrolla allí gracias a la AECID— será el epicentro de la fiesta de los libros y los lectores, en este caso con una atención especial a las distancias cortas literarias. Escritores panameños, latinoamericanos y españoles se suman a un programa del que estamos informando en la página de Festival Eñe Panamá.

Desde Eñe. Revista para leer queremos trazar un recorrido, a propósito del festival, por el cuento panameño de ahora. Diversas voces, diversas temáticas y diversos estilos en cinco citas, domingo a domingo, hasta el final de esta fiesta de los libros.

Inauguramos nuestro camino con Pedro Crenes Castro y lo continuamos con Enrique Jaramillo Levi (Colón, Panamá, 1944), el gran sabio de la literatura panameña. Su bibliografía supera los cincuenta títulos y abarca todos los géneros: cuento, poesía, teatro, ensayo… Es licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Panamá, con maestrías por la Universidad de Iowa y doctorado en el Colegio de México y en la UNAM. Ha obtenido becas y premios, ha creado colecciones de libros y fundado revistas literarias, ha firmado numerosísimas antologías de cuento; en resumen, se trata del conocedor por excelencia de las letras panameñas de hoy, a lo que suma su propia labor creativa, con títulos como Duplicaciones (1973) o Luminoso tiempo gris (2002), por centrarnos en el relato. Estos dos minicuentos suponen un buen ejemplo de su gozosa escritura.

 

El ronroneo

No le gustaba ese ronroneo impertinente del animal ahí cerca, trepado en la repisa junto a sus libros, su insistente indolencia, esa pasividad agresivamente incisiva. No le gustaba. Y sin embargo no entendía por qué se sentía obtusamente fascinada, absorta, incapaz de meterse en su trabajo de una buena vez y terminar de cotejar semejanzas y diferencias en las citas de ambos textos asignados cumpliendo con la maldita tarea.

Por un rato pudo al fin concentrarse, avanzar un poco, no más de diez minutos, pero la presencia del felino volvió a distraerla, esta vez porque había subido de tono su enigmática cadencia. Ahora se tornaba densa, sincopada, como un mantra. Y la miraba, no dejaba de mirarla como si quisiera entrar en su cabeza, en su alma misma, literalmente engatuzándosela. Comprendió que se trataba de un macho cuando lo vio cambiar de posición, ladearse incómodo, erguido. Se estremeció toda.

Un rato después, sin pensarlo dos veces dio un ágil salto y desbaratando el precario equilibrio de tres libros en la repisa estuvo junto a él, lamiéndolo, ronroneándole su deseo.

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