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Pescador, de Melanie Taylor

Ya sabes que Festival Eñe América muda su sede año a año y de país en país. El próximo mes de diciembre, los días 4, 5 y 6, la Casa del Soldado sede del Centro Cultural de España en Panamá, puesto que el festival se desarrolla allí gracias a la AECID— protagonizará la fiesta de los libros y los lectores, con una atención intensa al cuento, figura central —pero no única— de la literatura de Panamá. Escritores panameños, latinoamericanos y españoles se suman a un programa del que estamos informando en la página dFestival Eñe Panamá.

Desde Eñe. Revista para leer queremos trazar un recorrido, a propósito del festival, por el cuento panameño de ahora. Diversas voces, diversas temáticas y diversos estilos en cinco citas, domingo a domingo, hasta el final de esta fiesta de los libros.

Comenzamos nuestro recuento de cuentos con Pedro Crenes Castro, seguimos con Enrique Jaramillo Levi y hoy nos detenemos en la narrativa breve de Melanie Taylor. Taylor (Panamá, 1972) escribe cuento, microrrelato, poesía y ensayo. Tiene un Técnico Superior en Violín, una licenciatura en Psicología y una maestría en Musicoterapia; es violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional de Panamá. Ha recibido diversos galardones por sus escritos en Panamá, Centroamérica y España. Ha publicado tres libros de cuento: Tiempos Acuáticos (2000), Amables Predicciones (2005) y Camino a Mariato (2009). Ha escrito en inglés y español para diversas revistas y sitios web: Diverse Magazine en Canadá, The Barcelona Review en España, 100words.org y revista Américas de la OEA. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, polaco y francés. Recientemente fue incluída en la antología de ciencia ficción latinoamericana Qubit, publicada en Cuba por la Editorial Casa de las América; en la antología Cuentos del Hambre, de Alfaguara Centroamérica; y en la antología Mujeres en la Historia, de la española Ediciones Irreverentes.

 

Pescador

Me gustan todas —musitó Ernesto mientras abría la puerta de su apartamento. El interior sobrio, ordenado, de intelectual progresista como le comentara el amiguito gay de su hermana Rosario, lo recibía como una realidad tibia, precisamente lo que necesitaba su espíritu. Se sentó en su silla de madera sobre la alfombra que imitaba la piel de cebra y miró su escritorio ordenado con alivio. Miró sus libros. Pequeños universos acomodados entre tapa y tapa esperando a que él los abriera, los husmeara, se impregnara de su esencia para luego volverlos a apresar y colocarlos en su lugar. Todo tenía un lugar específico en su vida excepto su gusto por las mujeres. Esto lo avergonzaba desde adolescente cuando los amigos lo empezaron a joder por su mal gusto o bien su gusto generalizado. Con el tiempo aprendió a disimular sus reacciones y relaciones. Salía con una chica a la que llamaba mentalmente “estándar”, alguien a quien sus amistades aprobaban y en sus ratos de ocio y en lugares estratégicos se liaba lo que le gustara en el momento, sin tabúes, sin líos y sin nadie que lo juzgara. Eso requería de creatividad. Deseaba dejar de hacerlo. No deseaba dejar de hacerlo.

Ernesto inició un diálogo interno consigo mismo, cosa que hacía a menudo. Pensaba que le ahorraba la terapia. Pero este diálogo llevaba ya mucho tiempo y no avanzaba a ningún lado, pues cada nuevo encuentro simplemente reafirmaba lo que ya temía. A Ernesto Barría le gustaban absolutamente todas las mujeres, lo que era absurdo y de mal gusto, al menos para uno de los dos Ernestos.

Ernesto le comentó a Ernesto: deberías avergonzarte. Un hombre con tu educación y cargo. A ver si un día te pillan.

Ernesto le contestó a Ernesto: no me avergüenzo y me divierto mucho.

¡Ernesto, eres un descarado! A ningún hombre le gustan todas las camisas. A unos le gustan las de rayas, otros las lisas y hay quienes odian las camisas y siempre andan en camiseta. Lo mismo con las mujeres.

Esa mañana había ido a Capira, a ver un terreno bastante alejado de la carretera principal e iniciar el proceso de avalúo para un cliente interesado en comprarlo. No había estado pensando en nada en particular, ni siquiera en mujeres. Se detuvo a comer unas frituras y un café y prosiguió su camino contestando las llamadas que le hacían desde la oficina. Estudio el terreno, lo midió y se preparaba para irse cuando divisó el río. Se fue acercando a la ribera dando largas zancadas con sus botas en el herbazal. El río corría limpio y raudo haciendo arabescos entre las piedras. Una de las piedras era de magnitud considerable y sobre ella se alzaban tres hombres. Ernesto les preguntó a gritos si el río era hondo y ellos asintieron con la cabeza antes de lanzarse al agua entre carcajadas y gritos, en particular el gordo quien causó un gran estruendo al tirarse de panza.  Emergieron del agua y se le acercaron. Él les pregunto sobre el terreno y el poblado cercano. Ellos contestaron amablemente sus preguntas y le invitaron a comer pescado fresco en el caserío donde vivían. ¿Por qué no? –se dijo y los siguió. Mientras comían los hombres, que resultaron ser dos hermanos y un primo, no dejaban de recordar a una tal “Eloísa”, quien cocinaba el pescado más rico de todo Capira. También la hallaban bonita y simpática.

–¿Y dónde está? —preguntó él curioso.

–Habrá que buscarla en el más allá, porque ya no está aquí. El marido celoso la mató de un solo machetazo, así mismito —contestó el gordo sin dejar de hincarle los dientes al pescado.

Ernesto caminó de regreso a su camioneta. Mientras se quitaba las botas y se calzaba sus zapatos, oyó la voz de una mujer cantando. Ernesto quedó paralizado. Hacia él avanzaba una mujer menuda, de cabello largo y piel canela. Sonreía. Sonreía de manera tal que a él le pareció la sonrisa más linda del mundo, el día más hermoso y el momento más propicio. Se entregaron el uno al otro de la forma más espontánea. Ernesto sonreía también cuando se abotonaba la camisa y le preguntaba: ¿Cómo te llamas? Ernesto ya no sonrío cuando escuchó Eloísa. Hubiese sido simplemente una coincidencia de no ser que la mujer ya no estaba frente a él cuando alzo la mirada. Torpemente terminó de subirse el pantalón y arrancó el motor a toda prisa. Es una coincidencia, se repetía a sí mismo una y otra vez. Cuando llegó a su edificio lo que más deseaba era darse un baño. Al abrir la puerta del auto apareció el conserje.

– Le dejaron una correspondencia —le dijo mientras le entregaba unos sobres–. Si quiere le lavo el auto mañana, como que estuvo usté trajinando con pescao fresco. En efecto un insufrible olor a pescado inundaba el auto.

–Sí, seguro—dijo sintiéndose avergonzado y a la vez aliviado de que el olor a pescado al menos era real.

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