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Apegos feroces de Vivian Gornick, una lectura de Javier Divisa

Apegos feroces (Vivian Gornick) 

Editorial Sexto Piso

Prólogo de Jonathan Lethem

Traducción de Daniel Ramos Sánchez

 

El aire transparente, el esplendor de la luz, las mujeres llamándose unas a otras, los sonidos de sus voces entremezcladas con el olor de la ropa secándose al sol, todas aquellas texturas y colores tendidos al aire. Me asomaba por la ventana de la cocina con una sensación de expectativa cuyo sabor retengo aún en la boca. Y ese sabor está coloreado de un verde tierno y brillante.

La familia, los vecinos, siempre han sido un magnífico universo para el material de las novelas, y a partir de esta premisa, adquiere Vivian Gornick con inteligencia, naturalidad y franqueza (¡si no fuera todo la misma cosa!) el compromiso teórico y pragmático que converge en la obvia e irrevocable reivindicación de que las mujeres de la familia sean protagonistas y heroínas en los desarrollos tragicómicos de sus vidas, siempre con todo el afán de superación de enfermedades, penas, asesinatos y duelos mortuorios, y cierto trasfondo a la luz del feminismo (queda claro que se reniega de la educación orientada a la caza del marido rico, la novela focaliza en la búsqueda de un artefacto de liberación), al menos en su relación con el psicoanálisis, la actitud contradictoria y de impugnación frente a las normas convencionales de los vecinos y el drama que puede implicar la muerte del hombre (el marido).

También con cierto sentimentalismo; la historia arranca en Nueva York, esa historia de Nueva York que comienza como quizá ya nos habían contado (feliz y con vecinos locos), pero siempre tan engatusadora del alma, esa edad en la que ella podía decidir qué quería ser en la vida, mucho antes de sus golpes. Antes de escoger los modelos de conducta, o entreverarlos, las mujeres que ella puede llegar a exaltar por diversas razones, antes del cólera y las tribulaciones:

Mamá. La mujer cabezota, obstinada, moderadamente neurótica. Atribulada, cruelmente lúgubre por la muerte del marido. Amante y sufriente del epicentro familiar

(En casa, un nuevo calendario había comenzado a marcar el paso del tiempo: la primera vez que nevó sobre la tumba de papá, la primera vez que llovió, el primer verdor del verano, el primer tono dorado del otoño. Cada primera vez quedaba anunciada con un lamento tenue y agudo que comenzaba a clavarse como una aguja en mi corazón para acabar haciéndolo en mi cabeza).

Nettie. Joven, viuda, madre de un bebé, bellísima, a veces tierna, a veces violenta, a menudo precoz deseo de los hombres, en aval de su voluptuosidad y erotismo

(Me preguntaba cómo se enteraba de todo, mamá, ya que Nettie nunca comentó con nosotras sus incursiones callejeras. Deducíamos las andanzas de sus consecuencias. Veíamos a hombres entrar y salir de su apartamento. Algunos venían una vez y no regresaban, otros venían dos o tres veces y otros estuvieron viniendo semanas o meses. No creo que les cobrase dinero. Lo más probable es que les permitiese regalarle cosas, -un abrigo para el invierno, una bolsa de la compra llena, una excursión a la costa-, pero Nettie no lo hacía por dinero).

Esconde por tanto la existencia unas grandes demandas para la elección del arquetipo femenino, ¿con quién vivimos?, ¿cuáles son nuestras raíces?, ¿cuándo empezó a torcerse todo?, ¿dónde quedaron las metas?, ¿cuándo empezamos a sobrevivir?, ¿qué carajos pasó?

No obstante, calma. La novela se lee con más actitud vivificante y reparadora que con angustia, o al menos esa ha sido mi predisposición, y ha fluido ligero el talante de lectura. De otra manera: puede ser que no llores (a no ser que seas Lidia Lozano, Víctor Sandoval o un pertinaz lector de poesía de Facebook) pero sí buscarás resoluciones, respuestas. Por tanto Apegos feroces es un libro de recorrido, de abismo y terrenos anegados, con diferentes raíces y conexiones, para explicar una historia, también la de los vecinos y las secuelas de la existencia. De igual modo, un libro triste como toda novela con añoranza y melancolía, una novela generadora de conciencia y con representación redentora, las aspiraciones a la estabilidad y las devastaciones de la experiencia; la iluminación de las zonas dramáticas recuperadas por la memoria despliega la herencia alegórica del pasado, y sólo quedan por aprender las dos lecciones del presente: la resistencia, la rebeldía ante el sufrimiento y la subversión en legítima defensa.

Llegó justo mientras yo echaba el pestillo y no le dio tiempo a frenar. Atravesó el cristal de un puñetazo para alcanzarme. Sangre, gritos, cristales rotos a ambos lados de la puerta. Esa tarde pensé: <<Una de las dos va a morir a causa de este apego>>.

La vida es difícil: es gloria y castigo.

Esta dicotomía, gloria/castigo, siempre se ha estado dirimiendo en la literatura, y puede que esa partición, su dualidad, haya contribuido a explicar la dinámica de la vida de las familias y nuestros vecinos. De ahí que Apegos feroces sea una novela necesaria para la depuración de las sospechas equivocadas. En cierta manera, la perenne disyuntiva de la memoria y la interpretación: qué hubiera pasado si en vez de…

Una novela acerca de la gran eventualidad, la ventura, la fatalidad de haber vivido.

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