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“Estrómboli” de Jon Bilbao

La editorial Impedimenta acaba de publicar Estrómboli, el último libro de relatos de Jon Bilbao. En Eñe tenemos el placer de presentaros el inicio del primer cuento de la colección, “Crónica distanciada de mi último verano”. ¡Esperemos que lo disfrutéis!

Sobre el autor

Jon Bilbao (Ribadesella, 1972) es uno de los narradores más premiados y reconocidos de su generación. Es el autor de tres novelas -Shakespeare y la ballena blanca (Tusquets, 2013); Padres, hijos y primates (Salto de Página, 2011) y El hermano de las moscas (Salto de Página, 2008)- y tres libros de cuentos -Física familiar (Salto de Página, 2014); Bajo el influjo del cometa (Salto de Página, 2010) y Como una historia de terror (Salto de Página, 2009)-. Entre otros, ha ganado el Premio Tigre Juan, el Premio Euskadi de Literatura y el Premio Ojo Crítico de Radio Nacional de España.

Sobre el libro

Una banda de motoristas acosa a una pareja que viaja por Estados Unidos; un hombre se ve obligado a comer una tarántula viva ante las cámaras de un programa de televisión para solucionar los problemas económicos de su familia; dos buscadores de oro aficionados sufren en las montañas un terrible accidente que pone a prueba su amistad; la muerte de dos vagabundos y el descubrimiento de unas ruinas misteriosas perturban la celebración de una boda; un hombre casado y su amante emprenden un viaje a la isla de Estrómboli para auxiliar a alguien muy importante para ambos…Los ocho relatos que forman parte de este volumen plantean preguntas como: ¿dónde se hallan los límites de las obligaciones familiares? ¿A qué estamos dispuestos para lograr lo que deseamos? ¿En qué medida los sacrificios realizados alteran esos objetivos? Lo que parece el fin de la relación entre dos personas ¿puede ser en realidad el comienzo de otra más poderosa pero completamente distinta?

 

Crónica distanciada de mi último verano (Fragmento)

 

Llevábamos dos semanas en Reno cuando sorprendí al motorista con la nariz metida en las bragas de mi novia.

D había recibido una beca para terminar su tesis doctoral en la universidad de Nevada. Casi al mismo tiempo, la revista de montajes e instalaciones mecánicas donde yo escribía quebró. Era la primera vez que me veía sin trabajo. D me propuso acompañarla.

Tienes que verlo como un período de transición, dijo. Unos meses en Estados Unidos te aclararán las ideas. Te ayudarán a decidir qué quieres hacer.

Ella pasaba el día en la biblioteca del campus o entrevistándose con profesores que podían ayudarla con su tesis. Mientras tanto, yo deambulaba por el desabrido paisaje de casinos decadentes, casas de empeño y moteles de dudoso aspecto que componía el centro de Reno. Algunas tardes me acercaba al campus y pasaba unas horas hojeando libros en la biblioteca. Pero lo más habitual era que me quedara en el diminuto apartamento que habíamos alquilado e hiciera de amo de casa.

Aquella mañana tocaba colada. En cada piso del edificio había un cuarto con dos lavadoras y otras tantas secadoras. Cargué hasta allí con la bolsa de la ropa sucia. D ya se había ido a la universidad.

No había nadie en la lavandería y todas las máquinas estaban disponibles. Metí la ropa en una lavadora y al ir a echar el detergente me di cuenta de que me lo había olvidado en el apartamento. Fui a buscarlo, dejando allí la ropa. Tardé un minuto en volver. Me encontré entonces con el motorista. En un rincón de la lavandería había un conducto que bajaba hasta la planta baja y desembocaba en un contenedor de basura. El motorista debía de haber ido a tirar algo. Por el camino había visto la ropa en la lavadora y cogido unas bragas de D. No me vio ni me oyó entrar. Estaba junto a la lavadora, con las bragas sobre la boca y la nariz, e inhalaba profundamente con los ojos cerrados.

Pocos años antes el edificio había sido un hotel con mala fama, frecuentado por drogadictos y prostitutas. Tras un cambio de propietario y un remozado de urgencia se había convertido en un edificio de apartamentos de alquiler. Su cercanía al campus lo hacía idóneo para los profesores e investigadores de paso en la universidad. Pero aún sobrevivía algún inquilino de la etapa anterior. El motorista era uno de ellos. Solía estar a menudo en el aparcamiento que había frente al inmueble, acompañado por otros como él, tipos barbudos con chalecos de cuero y pañuelos en la cabeza. Sentados en sus Harley-Davidson desguarnecidas bebían de botellas que escondían en bolsas de papel. Cuando pasaba un coche de la policía o del servicio de seguridad que vigilaba los apartamentos, le dedicaban miradas socarronas y escupían al suelo.

El motorista era más bien bajo, pero robusto y de brazos muy largos. Aparentaba unos cuarenta años, aunque probablemente fuera más joven. Llevaba el pelo largo y recogido en una coleta. El bigote y la parte de la barba que le rodeaba la boca estaban desteñidos y habían adoptado un tono amarillento. Aquella mañana vestía su atuendo de costumbre: pantalones tejanos –mugrientos de grasa y aceite de motor–, camiseta con la leyenda ASESINO DE MADRES SOLTERAS –también sucia y agujereada por quemaduras de cigarrillo–, chaleco de cuero y botas.

Me quedé paralizado, preguntándome qué hacer. No era una de esas situaciones que se resuelven hablando, ni el motorista parecía alguien con quien se pudiera dialogar. Por otro lado, no había nada que dialogar. Aquel tipo estaba restregándose unas bragas de D por la cara, puede que acariciándolas con la punta de la lengua, probando su gusto. Yo tenía que hacer algo. Pero nunca tuve predisposición a la violencia. Nunca me había peleado con nadie. Y todo indicaba que aquel tipo sí que lo había hecho, e incluso que pelearse formaba parte de sus diversiones habituales. Aunque era bastante más bajo que yo, no parecía que fuera a tener dificultades para darme una paliza.

Pero a pesar de todo debía hacer algo.

Fui decidido hacia él.

¡Dame eso!, dije, casi gritando, aunque ni siquiera la rabia con que hablé consiguió eliminar el tono afectado que tenía mi inglés.

Le arranqué las bragas de la mano y él retrocedió un paso. Me miró sorprendido y después sonrió enseñando una dentadura sarrosa. No se disculpó ni mostró inquietud. Me echó un vistazo, calibrándome, y se limitó a quedarse allí plantado, a la espera de lo que yo hiciera a continuación.

Arrojé las bragas a la lavadora y la cerré de golpe. El estampido reverberó en el reducido espacio de la lavandería. Ahora el motorista me miraba divertido.

¿Qué pasa? ¿Son tuyas?, dijo. Le dediqué una mirada que creí autoritaria. Él se rio y salió de la lavandería mascullando algo que no entendí.

Me quedé allí un rato sin hacer nada. Las manos me temblaban por el subidón de adrenalina.

Pasé el resto de la mañana dando vueltas a lo que había sucedido e intentando decidir si había actuado debidamente o no. La rabia con que me había dirigido al motorista –¡Dame eso!– había sido premeditada, lo que le restaba valor, si no se lo quitaba por completo. Y estaba seguro de que él se había dado perfecta cuenta. Cuando D vino a comer no le conté nada. Para entonces sus bragas ya estaban limpias y secas y plegadas en el armario junto con el resto de la ropa. Por la tarde la acompañé a la biblioteca y pasé un par de horas leyendo. Después, con mucho esfuerzo, convencí a D para que pusiera fin a su jornada antes de lo habitual y fuimos a pasear por la orilla del Truckee. El río atravesaba el centro de Reno. Sus aguas eran claras y poco profundas y discurrían sobre un fondo de roca. Las riberas estaban arboladas y habilitadas como zonas de recreo. Allí resultaba difícil sentir que estabas en mitad de una ciudad. Era el mes de agosto y había mucha gente bañándose y remando en piragua. Compramos unos helados y nos sentamos a comerlos con los pies en el río. Intenté no pensar más en lo que había pasado.

(…)

 

Fotografía: Markus Rico

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