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Malas palabras, de Cristina Morales

Después de irrumpir en la narrativa española con la peculiar propuesta de Los combatientes, Cristina Morales cambia de sentido, o quizá no tanto, con Malas palabras (Lumen), una de las seis novedades que te recomendamos para no perder de vista en este 2015. La protagonista de su segunda novela es Teresa de Jesús, en el que la santa da cuenta del momento más importante de su vida: aquel en el que, mientras espera que prospere la fundación de su nuevo convento, se dedica a la escritura de los textos que compondrán El libro de la vida.

Cristina Morales (Granada, 1985) es licenciada en Derecho Internacional, trabaja como intérprete legal y reside en Barcelona. Ha publicado el libro de cuentos La merienda de las niñas (Cuadernos del Vigía, 2008) y la novela Los combatientes (Caballo de Troya, 2013), que le valió el Premio INJUVE de Narrativa 2012. Figura en antologías como Pequeñas resistencias 5 (Páginas de Espuma, 2010), Bajo treinta (Salto de Página, 2013) y Última temporada (Lengua de Trapo, 2013). La fotografía de la autora es de Laura Rosal.

 

 
La gracia del Espíritu Santo sea con mi reverendísimo padre confesor y custodie su descanso, y le caliente esta noche fría, amén.

Son muy dadas las doce y tengo los ojos como platos. Las viejas dormimos poco, todo lo contrario que los viejos. Seguro que su reverencia duerme larga y profundamente y que a estas horas ya lleva dos acostado, respirando desde el estómago mismo. Yo estómago tengo poco, y sueño menos. Pero así aprovecho para ejecutar lo que el fraile me ha encomendado, que no es tarea fácil. Mientras él descansa, yo trabajo.

Sea, sea la gracia del Espíritu Santo con el dominico que ha acercado la boca a la celosía y bajando la voz me ha dicho: «Escribid las gracias y mercedes que el Señor os concede, madre Teresa, para mejor entender yo vuestra confesión». Y ha añadido: «Para entenderos mejor a vos misma». Y todavía ha susurrado: «Para que los grandes letrados os entiendan». También yo me he acercado a la celosía, imitándolo a él, y he olido su aliento de bien comido. Qué festiva me ha parecido su orden, qué promesa de riqueza en su voz. Me he sentido como un aprendiz al que su maestro le tiende por primera vez los pinceles, como el escudero cuyo señor le deja blandir su espada, como el esclavo que es mirado a los ojos por su amo. Le he respondido que sí con una sonrisa, con una sonrisa he recibido su bendición y con una sonrisa he corrido a mi cuarto, he preparado los pliegos, me he sentado y me he acercado la tinta. Me he quitado la toca, me he remangado el hábito. Entonces, con la pluma ya posada en el papel, con la primera frase en la cabeza y ya saliéndoseme por la mano, me he detenido. He vuelto a pensar en sus palabras. «¿Acaso no fuisteis ruin y vanidosa antes de ordenaros monja?» «¿Quién mejor que vos, madre, para explicar cómo Dios premia a las mujeres que dejan atrás su vida terrena?» «Vos sabréis mejor que nadie defenderos a vos misma, dejar claro que no abrazáis ninguna reforma, y así se acabará de una vez por todas esta ojeriza que os tiene la Inquisición y seréis vista como lo que sois: una santa en vida.»

La pluma, clavada en el papel, había dejado un negro manchurrón. Entonces, otra vez imitando al dominico, he sido yo quien ha mentado al demonio, que sabe más por viejo que por demonio. Esta humilde servidora cuenta ya los cuarenta y siete. ¿Quién es el más viejo de los dos, padre mío: vos o yo?

Me he vuelto a poner la toca y he bajado al rosario y después a cenar. Como siempre, he comido poco. Tan presente tengo a mi confesor que todavía con él en mente he ido a mis oraciones de antes de dormir. He empezado rezando por él, Dios le guarde, porque sé que me defiende ante los que me atacan. Y queriendo pasar a otro rezo no he podido, pues nuestra charla me lo llenaba todo. Le he pedido a Dios que me diera luz para entender mejor el encargo que el confesor me hacía. Le he dicho: Dios mío, ¿debo escribir que en mi juventud fui ruin y vanidosa y que por eso ahora Dios me premia? ¿Debo escribir para dar gusto al padre confesor, para dar gusto a los grandes letrados, para dar gusto a la Inquisición o para darme gusto a mí misma? ¿Debo escribir que no abrazo reforma alguna? ¿Debo escribir porque me lo han mandado y he hecho voto de obediencia? Dios mío, ¿debo escribir?

Y de todo ello ha resultado que Dios y yo estamos de acuerdo: que debo escribir lo que el dominico espera de mí porque otra cosa no admitiría y porque le debo obediencia. Que he de escribirlo porque quiero que los buenos letrados se me arrimen, que eso me hará mejor escritora y por tanto mejor servidora de Dios, y porque no quiero que la Inquisición me procese, aunque ahí me engaño. La Inquisición, si quiere, me procesará por el hecho de ser una mujer y escribir sobre Dios, y ni eso: por ser una mujer y escribir, por ser una mujer y leer. Por ser una mujer y hablar. De modo que vuelvo a sonreír ante el encargo porque al fin lo entiendo: Padre mío al que los ángeles cubran con sus cálidas alas: yo os daré lo que me pedís, y lo que no me pedís no os lo daré, pero no por ello dejaré de escribirlo, porque una se cansa de que no la entiendan, una se cansa de que quieran quemarla y legítimamente desea que ese tormento acabe, pero de lo que no se cansa una es de pensar el mundo, de contárselo y de intentar no ser tonta. Y eso es lo que estoy haciendo a la una de la madrugada en el palacio de doña Luisa de la Cerda, en Toledo, el once de enero del año de mil y quinientos y sesenta y dos.

Sea todo para mayor gloria y alabanza de nuestro Señor Jesucristo, que él sabrá mejorar las malas palabras de esta Su siempre indigna sierva

Teresa de Jesús

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