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Maleza de Daniel Ruiz García, una lectura de Javier Divisa

Maleza

Tusquets – colección andanzas

Daniel Ruiz

De un acto grotesco en su miseria y bestialidad, muere el perro Bruto, y se ilumina la vida del barrio Balseras (porros, maricona, bujarrón, pikachu, espinacas hervidas, litronas, jaramagos, descampados, la guapa y potente Viruta, Lucio, Panceta, Chamaco, Marcelo y el cielo, vómitos, patadas en el estómago, discotecas, ginebra) y se va proyectando según avanza esta desgarradora novela una luz intensa en la realidad del barrio periférico, y sus comparsas, sus héroes, sus cobardes, sus animales tristes que muestran su miseria y agresividad como identidad de la praxis costumbrista del barrio, casi sin reprochar nada a nadie, casi sin esperar nada de nadie. La narrativa de Daniel Ruiz, tan visceral y adyacente, rescata esta viveza y nos la entrega con una fogosidad impactante y lúgubre, de mala suerte, de navajas, de bates de béisbol, de polis amargados con viruela, fumando ducados con muy mala hostia. Basta con acompañarlos para no olvidarlos. Maleza casi se puede masticar y oler, y contribuye a la mitificación del chaval de barrio con un estricto e inflexible código moral que se inicia con maricona, bujarrón o hijo de puta, y sitúa a los muchachos en la búsqueda de un extraño horizonte que son chicas que huelen a estanques y cítricos, viajes alucinógenos, y como no podía ser de otra manera, sufrirán las consecuencias de sus condiciones de vida, su modus operandi y sus sueños.

Maleza es una novela periférica y por tanto desgarradora y trágica, de hundimiento metafórico y físico, y ratas abandonando el barco. Dentro de Maleza hay gente rara, triste, normal, gris, alegre, guapa, horrible, pero sobre todo gente sobreviviendo, gente extraviada, en bares de mala muerte, en ferreterías de mala muerte, en viviendas de protección oficial de mala muerte, pero sobre todo gente capaz (gracias al impacto visual de la narrativa de Daniel Ruiz) de obrar el prodigio y convertir lo fúnebre y sombrío en poesía, incluso en belleza, de hecho considero más trascendentes en la novela todos esos pasajes (aromas de otro mundo, agua limpia, chicas voluptuosas) que pasan por la cabeza de los muchachos sobre la propia realidad que están viviendo en Balseras, una realidad de campos de fútbol de albero, de pipas, chicles, caramelos, drogas de ínfima calidad, bujarras con el pantalón subido hasta los sobacos, navajas, golpes, perros muertos, descampados, niños huérfanos y muy a menudo niños noveleros y oníricos que ven el cielo limpio y traslúcido como el metacrilato, que no es otra cosa que un afán, una vehemencia de vida futura ante una realidad que les está aplastando los sueños, pues nadie en Maleza parece haber encontrado su lugar en el mundo y la vida se dispone en una gran farsa, en una gran paliza, hijo de puta, niñato, maricona. El agravio de los derrotados, la afrenta del desprecio y los reflejos psicológicos de los humillados, implacablemente capturados por Daniel Ruiz como un crisol de sórdida realidad. De albero, de grifa, de sangre, de barriada de hostia va, hostia viene, del perro muerto, del honor.

En realidad, este puñetero barrio es como una gran perrera. Aquella mancha que camina decidida con una pistola en el bolsillo trasero vale lo mismo que esa que esta mañana rajaba a otra junto a los chapolos. Ningún perro vuela en la perrera, no son pájaros ni moscas que puedan abandonar la jaula porque todos valen lo mismo: el mordisco que los mata.

En el declive de la periferia, siempre en deslizamiento por el inframundo, Maleza nos hace testigos de cargo de la literatura suburbana con muchas coyunturas que parecen mucho más afines a los años ochenta y noventa que al centro de las grandes ciudades en el siglo XXI.

Esta historia comienza con una mano, con un pedazo blancuzco de carne amputada, un choco cartilaginoso y buaj, qué asco, esto es lo que mueve esta historia, pero antes hay un corredor de fondo, una par de piernas embutidas en unos pantalones de nailon blanco que se mueven como tijeras, zigzag, zigzag.

Y luego una mano amputada, y la tos del niño, los kleenex de menta, y el puto jefe llamándole Montero, Marquitos, el viaje a Eurodisney, los pelotas de la empresa, y todo se empiezo a torcer con la vida convencional, familiar, corporativa, después del viaje de la Toscana; y por útlimo un niño con discapacidad mental que trabaja en el mantenimiento de una urbanización de clase alta, enamorado de la niña Sonia. Tu puta mae, tu puta mae, tu puta mae.

Pero ahora el mundo entero duerme, ahora la realidad se desenvuelve con puntos suspensivos, en ese instante su mujer soñará con Marquitos, o a lo mejor sueñan con él mismo, con aquel inolvidable viaje a la Toscana, cuando los ojos eran eléctricos y cuando aún podías sentir aquella sensación de cansancio satisfecho después de atardeceres de sexo intenso, cuando todavía eráis un poco como niños, sin hipotecas, sin piso de la playa, sin gritos ni deseo de abrir nuevas heridas o de hurgar en las que aún están en carne viva

Maleza es una novela que huye de sí misma, sin mayores perspectivas que las ya conocidas, un libro sobre la imposibilidad de fugarse de una vida difícil, imposible, sucia, sobre la mentira de nuestro tiempo, con alusiones publicitarias que representan la farsa y carteles de guapísimas modelos que representan los sueños y el deseo. Y ahí está Daniel Ruiz, inclemente, inflexible, para colocar la cámara, allí donde más duele. Ni siquiera la voluntad realista de esta novela concede una partícula de tremendismo.

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