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Marchamalo y Santos: autores con prenda, por Miguel Ángel Carmona del Barco

Una vez al año, Jesús Marchamalo y Antonio Santos se reúnen y eligen a un autor al que perseguirán a través de fotografías, correspondencia y biografías, hasta tenerlo frente a frente. Hasta conocerlo como se llega a conocer a un amigo de la infancia al que la muerte se llevó antes de tiempo, y cuyos recuerdos compartidos han sido manoseados por la nostalgia con una curiosidad hipotética.

Esta vez se encontrarán, acaso, en la Marisquería Norte y Sur, tan a mano del despacho de Marchamalo, tan adecuada para uno de esos largos cafés que acaban en nécora. Santos, escultor, grabador, pintor y, en general, modelador de la tierra y el aire, capaz de insuflar vida a la estampa con un requiebro del lápiz o del buril, llegará unos minutos antes de la hora acordada, camisa de cuadros impoluta, mirada endurecida presta a ablandarse al contacto del amigo, y pedirá un agua con gas. Marchamalo, poco después, desplazará su americana de raya diplomática hasta la puerta y mirará su reloj de esfera, como concediendo una tregua al descubrimiento que está por hacerse. Será entonces cuando entre y saboree, en el reencuentro con su colega, el poder de la resurrección que se acumula sobre la mesa escogida, junto al ventanal, como un hongo de polución o la capa de estática de un viejo televisor Elbe. Allí, ambos, decidirán dedicarle el quinto libro a Viriginia Woolf, porque el carisma de la baronesa Blixen, última protagonista de la saga, aún impregna cada pensamiento dedicado al futuro de la serie. Y ambos saben que el espíritu de una mujer como Isak Dinesen no puede exorcizarse si no es con el de otra como la Woolf.

Baroja (con abrigo), Pessoa (con gafas y pajarita) y Kafka (con sombrero), completan el elenco de esta colección, titulada Autores con prenda, editada con lucidez y eficacia por Nórdica en papel Arco Print Milk de 150 gramos y un formato de 15×12, que potencia la fuerza expresionista de los linóleos de Antonio Santos, que en algunos casos recuerdan a aquellos decorados del Gabinete del Doctor Caligari, y con los redondeados tipos Baskerville, que acompañan la cadencia del texto, de una rotundidad y un ritmo métricos, siempre como recitado al oído.

No son libros, son ventanas, ventanitas, ojos de buey a las vidas de escritores mil veces escritos, encajonados en los bastidores de las biografías magistrales y los libros académicos. Ay, qué maravilla sería ver estos en los planes de estudio, en las bibliotecas escolares, en todos aquellos foros donde se enseña literatura. Porque la obra del autor es indisociable de su propia vida, y estos opúsculos concentran, porque sus autores se dejan la piel para conseguirlo, la esencia de ambas cosas. Y enganchan.

Fiel a la tradición de la cual surgió esta colección, que no es otra que la costumbre que tenía Jesús Marchamalo de regalar a sus amigos un pequeño libreto editado por él mismo, este quinto que anunciamos, el que nos acercará a la figura de Virgina Woolf, saldrá en entre noviembre y diciembre. Lo estaremos esperando. Mientras tanto, les dejo con el arranque del primero, el de Baroja, que dice así:

Tenía Baroja un gato, negro como el de los cuentos de brujas, y dos abrigos. Uno oscuro, de paño, de diario, algo raído, y otro que guardaba en el armario, gris, para las ocasiones especiales. Con él y con un pañuelo de seda blanco al cuello, como el de un aviador de biplano, grabó un día para el cine; los pasillos de la casa cruzados de cables y las habitaciones cubiertas de esa luz homicida de los focos. Todo esto consumirá mucha electricidad, no?, preguntaba con persistente racanería.”

¿No les apetece asomarse?

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