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Museo animal de Carlos Fonseca, una lectura de Santi Fernández Patón

MUSEO ANIMAL (Carlos Fonseca. Ed. Anagrama)

En cuanto terminé de leer Museo animal corrí a encargar Coronel Lágrimas, la anterior novela de Carlos Fonseca y su debut, tal fue mi deslumbramiento con este autor recientemente incluido por el Hay Festival como uno de los narradores jóvenes más relevantes del momento en América Latina. A pesar de la juventud de este costarricense nacido en 1987 y criado en Puerto Rico, se diría que tiene tanta narrativa entre sus manos que el mayor esfuerzo que debe de haber hecho es el de la contención. Y es que estamos, para bien y para mal, ante una novela torrencial, por momentos hipnótica, que discurre por un cauce principal pero que continuamente se desvía por meandros para mostrarnos el paisaje del entorno y, cuando uno ya se ha maravillado, devolvernos al curso primero. El propio Fonseca, a preguntas de la prensa, ha resumido Museo animal como «[…] una novela sobre la búsqueda de una identidad que se retrae, sobre un viaje hacia esa identidad soñada que termina por mostrarnos que al final de ese viaje solo encontramos un juego de máscaras, un mundo que nunca es idéntico a sí mismo». Con ser esto cierto, resulta enormemente reduccionista, porque Museo animal es más, mucho más.

Si bien esa búsqueda de la identidad podría ser el cauce principal del que he hablado, la novela nos habla también de qué es el arte, la literatura misma, qué es o no la amistad, de las quimeras a las que nos atamos a sabiendas, las mentiras necesarias para vivir, la ficción de la familia, la proyección de nuestros deseos en las grandes hazañas de los otros, en esos en quienes, a fin de cuentas, nos gustaría ver una atisbo de nosotros mismos, por mucho que se escondan en la selva: mucho más que un juego de identidades a través del pasamontañas, la figura del Subcomandante Marcos, tal y como la presenta Fonseca, es también un espejo de la propia narrativa, de las palabras que necesitamos para construir resistencia y realidad, e incluso muerte y resurrección.

En ese torrente que es Museo animal cabe mucho, por tanto: cabe el fuego, las entrañas mismas de la tierra, también como metáfora, la soledad como castigo, o como huida, o como búsqueda, la impostura como juego e identidad, sí, pero también como forzadura de los códigos con los que leemos la realidad a través de los relatos que nos llegan. Fonseca crea así un retablo de personajes memorables, a veces alucinados, a veces reconocibles en su cotidianidad, a veces casi fantasiosos, y a todos ellos debe colocarlos en mundos, ambientes y situaciones tan distintas que su capacidad imaginativa, como decía al principio, deslumbra.

Esta podría ser casi una novela de novelas, pero no lo es, porque Fonseca siempre tiene claro hacia dónde nos quiere guiar y, cuando se desvía por uno de esos meandros sabemos que no es una deriva, sino la vida misma, eso a lo que dicen que debe parecerse la buena literatura, incluso si es exuberante como esta.

Para bien o para mal, he dicho antes, es una novela torrencial. Es cierto que en ocasiones parece que su autor no ha logrado contenerse del todo, que en esas historias que le salen aledañas a veces se recrea en exceso, y que tanto empuje acaba por descuidar la prosa en demasiadas ocasiones, con numerosas oraciones en las que abundan las repeticiones. Sería la única mácula a una novela cuyas hechuras no quiero desentrañar y dejar al lector o lectora que se meta de lleno en la que es hasta la fecha, para quien esto firma, la lectura que más le ha conmocionado este año. Carlos Fonseca ha escrito una grandísima obra, de esas que cuando uno termina de leer no sabe si agradecer o, simplemente, limitarse a proclamar su envidia. En el fondo es lo mismo: recomendar su lectura.

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