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Preestreno: Filtraciones, de Marta Caparrós

La etapa de Elvira Navarro al frente del catálogo de Caballo de Troya se cierra con un título que refrenda la apuesta editorial de la autora de La trabajadora: Filtraciones, de Marta Caparrós. Navarro, que ha atendido con intensidad a la nueva generación de escritura, vuelve a apostar por una obra atenta a la realidad, empeñada en dar la vuelta a nuestro concepto de literatura comprometida. El texto de contra de Filtraciones nos facilita algunas pistas: «ecos gopeguianos», «análisis de personajes y situaciones sin renunciar a unas buenas tramas», «impecable, adictivo y sumamente inteligente».

«Se ha hablado mucho sobre si el 15M ha sido narrado», leemos. «La respuesta es que no lo suficiente si por tal cosa se entiende la mera traslación a las ficciones de lo que ya fue contado por los medios de comunicación. (…) La lectura de Filtraciones, el primer libro de Marta Caparrós, permite entender la repolitización que está teniendo lugar en nuestro país a raíz de la crisis económica». Cuatro nouvelles cuyos personajes se alejan del activismo: treinteañeros que bailan al ritmo de la precariedad laboral.

Marta Caparrós nació en Madrid en 1984. Es licenciada en Comunicación Audiovisual y en Teoría de la Literatura por la Universidad Complutense de Madrid, y cursó el máster de Periodismo UAM-El País. Ganó el premio de crítica cinematográfica Guía del Ocio y fue becada por la Fundación Telefónica y la Escuela de Humanidades Contemporáneas para participar en el programa Los narradores de la sociedad digital. En 2015 resultó finalista del certamen de novela corta Encina de Plata. Filtraciones (Caballo de Troya, 2015) es su primer libro, y fue escogido por Elvira Navarro para su publicación después de que Caparrós participara en la actividad “Cuatro editores en busca de autor”, del Festival Eñe 2014. Este viernes 27, a las 19.30h, se presenta su obra en la librería Cervantes y Compañía.

Te ofrecemos las primeras páginas de Vacaciones, la novela corta con la que Marta Caparrós abre su debut.

(La fotografía de la autora es obra de Gorka Legarcegi.)

 

A mediados de junio llegó a su bandeja de entrada el correo electrónico que Alicia le escribía cada verano. En él le informaba de que volverían a coger el apartamento en la urbanización Las Marismas, en Conil de la Frontera; le recordaba que, por supuesto, había una habitación para ella. «Podías venirte y pasar unos días con nosotros y con la niña, nunca te vemos», se despedía en tono quejoso, aunque Julia sabía que era la necesidad de repartir el gasto del alquiler lo que movía a su hermana. En circunstancias normales habría dicho que se lo pensaría con la decisión ya tomada. Tendría reservado desde meses atrás un viaje al extranjero. Y ese año no era una excepción: iría con su amiga Sara a Dubrovnik, alquilarían un coche y durante veinte días recorrerían la costa croata. Sin embargo, había ocurrido algo que cambiaba la situación. Sintió la falta a mediados de mayo y, hacia el día veinte, el ginecólogo le confirmó que estaba embarazada. Era una noticia inesperada, pero para Julia la verdadera sorpresa fue descubrirse a sí misma decidida a tener aquel niño. Apenas tuvo que pensárselo. Su cuerpo, el bienestar que sentía desde que lo supo, parecían estar decidiendo por ella. Con la misma naturalidad despegó del corcho de su habitación el mapa de Croacia que llevaba un mes pespunteando con chinchetas, una por cada pueblo en el que quería hacer parada. Ahora tenía ganas de tranquilidad y largas horas al sol. Recuperó de la bandeja de mensajes eliminados el correo de su hermana y se puso a contestarle. Vacaciones familiares, decía el asunto.

Los preparativos del viaje fueron sencillos: pasarían en Conil las primeras tres semanas de agosto, repartirían el coste de la gasolina y Julia pagaría su habitación. Insistió en contribuir con la mitad del alquiler. «Ni hablar. Tienes que ahorrar para los gastos del niño», le dijo Alicia por teléfono. «¿Se lo has contado a papá y a mamá?»

Lo hizo una tarde de principios de julio. Fue a comer a casa de sus padres y, después de decirles que estaba embarazada, les anunció que se iba de vacaciones a Conil con Alicia, Martín y la niña.

—Nunca viajas con tu hermana —le respondió su madre mientras fregaban los platos—. Y con Martín, tres semanas… ¿estás segura?

La pregunta parecía referirse tanto al viaje como al embarazo. Habían recibido la noticia tranquilos, acostumbrados desde hacía tiempo a los nudos que en ocasiones enmarañaban la urdimbre de su vida. Su padre puso la misma cara que cuando, diez años atrás, les dijo que dejaba su puesto fijo en la redacción del periódico para marcharse como freelance a Marrakech. Arqueó las cejas y se escabulló por el pasillo. Su madre no pudo evitar un poso de malestar en los ojos. Luego la abrazó y le dio cinco besos en cada mejilla. Julia no necesitaba su aprobación, aunque sabía que contaba con ellos.

No le explicó a su madre gran cosa. El padre de la criatura era un compañero de la redacción. No tenían una relación estable, estaba al tanto del niño que esperaban y la ayudaría. Todo era cierto, salvo que Andrés no quería aquel bebé. Tenía cuarenta y un años y trabajaba desde hacía más de una década en la sección de deportes, siempre a la espera de ascender a redactor jefe. Llevaban acostándose tres meses. Se lo dijo un día a la salida del periódico, mientras él apuraba su cigarrillo. Andrés le aclaró que tener familia no era lo que necesitaba ahora.

—Yo tampoco lo tenía planeado.

—Pero vas a tenerlo, ¿no?

Julia asintió.

—No sé con lo que te puedo ayudar… estoy un poco pelado con la hipoteca.

—Iremos viendo. No te preocupes.

Durante todo el trayecto en metro no volvieron a hablar del asunto. Lo cierto era que Julia estaba mucho peor de dinero que Andrés. Después de largos años como redactora autónoma en varios países del norte de áfrica, había vuelto a Madrid, pero ya no había conseguido el contrato indefinido del que sí gozaba antes. «Te marchaste justo cuando todo empezó a torcerse y esto ya no hay lo quien lo enmiende», le dijo su jefe el mismo día que la aceptó como colaboradora de la sección de cultura. Había ido encadenando contratos por obra y servicio dando las gracias por ello. De vez en cuando le llegaba algún correo electrónico en el que un compañero le anunciaba que se marchaba, que ya no había hueco para él en el periódico. Ella seguía a la espera de volver a meter cabeza. Y siempre podía desplegar el mapa y elegir otro lugar. Durante cuatro años Damián, un periodista al que conoció en la cobertura del Festival de Cine de San Sebastián, había sido un motivo para estar quieta, aunque no vivieran juntos y no supiera si estaba enamorada de él. Cuando rompieron, pensó en irse de nuevo. Pero dejarlo todo le daba vértigo. Tenía treinta y nueve años. Estaba cansada de hacer maletas.

En julio consiguió desmantelar el viaje a Croacia, anunciar en el periódico su embarazo y apalabrar un piso más espacioso que su estudio de la calle Toledo. Lo hizo todo sin gran esfuerzo justo antes del viaje con su hermana.

Julia era un año mayor, pero cualquier persona que las conociera daría por hecho que Alicia era la primogénita. Ciertos tópicos se cumplían en ellas de una manera tan literal que a Julia le resultaba absurda. Su hermana nunca bebía, ella acompañaba las comidas con un tinto y una caña siempre que podía. Alicia jamás había fumado, Julia siempre lo estaba dejando. Su hermana se casó, tuvo una hija, compró una casa, y había vuelto a veranear en Conil de la Frontera, el mismo pueblo en el que Alicia y Julia habían pasado los veranos de su infancia. Para Julia era una vida calculada y ajena, quizás por eso siempre se había mantenido a cierta distancia de Alicia. Sin embargo, nunca dejaba de sorprenderle cómo había cosas de sí misma en las que solo ella parecía reparar. «Pasamos a buscarte dentro de una hora», le escribió el día en que se iban a la playa. «Y no olvides el líquido de las lentillas.»

Recorrieron los setecientos kilómetros que separan Madrid de la costa gaditana de un tirón. Nada más llegar, Julia convenció a su hermana de que subieran a la atalaya para ver las vistas. Ascendieron los ocho tramos de escaleras y, al salir al mirador, les llevó unos segundos habituarse al impacto de la luz. Julia se apoyó en una almena, con la respiración entrecortada por el esfuerzo de la subida. El pueblo de pescadores que recordaba se desparramaba ahora en una maraña ovillada. Al viejo núcleo de casas blancas le habían crecido alrededor, como tentáculos, una decena de urbanizaciones de estilo dispar. Pero había algo que no había cambiado: el encalado de esas viviendas primigenias. Buscó entre los callejones angostos el bar donde jugaban al futbolín, la terraza repleta de buganvillas preferida de su madre, la casita con azotea donde veraneaban sus primos. No había nadie por las calles a esa hora. Junto al crujido de las chicharras se oía a lo lejos, difuso pero constante, el barullo de la playa cuajada de sombrillas y chiringuitos. Perdió la vista en el mar veteado por mil reflejos, con el sol cayendo a pico sobre el agua. La luz acabó por cegarla y cerró los ojos. Se tocó la tripa. Una punzada de emoción la sobrecogió al sentirse en el escenario de su infancia y adolescencia en unas circunstancias tan diferentes a las de entonces. Hacía veintiún años que no pisaba Conil.

***
La primera mañana, después de ir al supermercado, Martín dispuso un plano sobre la mesa de la terraza.

—Zahara de los Atunes, Bolonia, Vejer… Jerez quizás nos pilla demasiado lejos, aunque el año pasado fuimos y no se nos hizo tan largo.

Julia bebía un café con leche. Martín le recordaba a su padre. él también, al inicio de cada estancia en la playa, intentaba planear las visitas. Los primeros años Alicia y Julia habían recorrido religiosamente todos aquellos pueblos que ahora Martín enumeraba. Luego llegó la adolescencia y ellas prefirieron quedarse con los chavales de la urbanización en la playa de Conil.

—Hay tiempo para todo —dijo Alicia mientras embadurnaba el cuerpo de la niña con crema solar.

—Yo quiero ir a la playa —dijo Cristina.

—Ahora vamos, mi amor —le respondió Alicia.

—Venga, vamos… ¡Vamos ya! La niña tiraba del bañador de su padre.

—De momento nos bajamos a la playa de aquí y luego ya veremos —le dijo Alicia a Martín sin conseguir que este levantase la vista del mapa.

—¿A ti qué te parece? Alicia buscó con la mirada el consenso de su hermana.

—A mí me da igual. —Dijo lo que de verdad pensaba—. El solo hecho de estar frente al mar ya vale la pena, ¿no creéis?

—Pero hay playas estupendas, mucho mejores que esta, y con el coche llegamos en media hora —dijo Martín.

—Vamos a la playa de aquí, que está a cinco minutos, y luego lo pensamos —respondió Alicia. Martín miró a su mujer con decepción.

—Relájate, estamos de vacaciones. Voy a por la toalla y las cosas —concluyó Alicia.

Salió de la terraza con Cristina detrás de ella recordándole que debían coger el cubo y las palas. Julia y Martín se quedaron solos y él se puso a recoger los platos del desayuno. Nunca se habían sentido cómodos juntos. Martín le seguía pareciendo el chaval tímido, reservado y responsable que vino a comer un domingo, hacía dieciocho años, a casa de sus padres. Sus facciones seguras pero aniñadas eran las de siempre, apenas unas leves arrugas le cercaban ahora los ojos. Continuaba siendo un hombre atractivo y desprovisto de todo interés. Su presencia no conseguía hoy incomodarla.

—Iremos a todos esos sitios, son una maravilla —dijo Julia, sonriéndole.

Martín le devolvió el gesto y por un momento le miró el vientre y Julia creyó adivinar que se sonrojaba. Desapareció por la puerta de la terraza.

Con su sobrina en brazos y la arena quemándole bajo los pies, Julia era apenas un punto minúsculo perdido en la maciza marea humana que atestaba la playa. Encontró un pasadizo entre los recovecos que separaban una sombrilla de otra, sor­ teando toallas, flotadores y hamacas, y pronto estuvieron adentrándose en el agua.

—Ten cuidado —le dijo Alicia.

Alicia y Martín las habían alcanzado poco después. Martín no dejaba de mirar a su alrededor, parecía calcular la cantidad de gente que les rodeaba, como si con ese gesto pudiese excluirse de todos los turistas que habían elegido esa playa.

—Tened cuidado —volvió a decir Alicia.

Julia se aproximó a la orilla y levantó un puñado de agua para salpicar a su hermana.

—¡Métete ya! —le gritó.

—No pierdas de vista a la cría. Cristina, a unos metros de ella, intentaba girar sobre sí misma, pero el manguito que atenazaba su brazo derecho constreñía sus movimientos. Alicia alcanzó a la niña avanzando lentamente por el agua y la liberó del manguito. El mar le cubría solo hasta la mitad de los muslos. Julia la agarró por detrás y la zarandeó hasta que cayó de bruces al agua. Respiraba entrecortadamente por el frío y no pudo contener las carcajadas. Las dos reían mientras la niña gritaba extasiada.

Después del baño se dirigieron a uno de los chiringuitos de la playa. Picaron de un plato lleno de calamares fritos mientras Alicia se esforzaba en separar la cebolla de la ensalada mixta que colmaba una fuente honda.

—¿Cómo van las cosas por el periódico? —le preguntó Martín a Julia.

Su trabajo era uno de los pocos temas que a Martín parecían haberle interesado siempre. Aún cubría el Magreb cuando Aminetu Haidar empezó su huelga de hambre. Por aquel entonces las crónicas de Julia salían en la portada del periódico a diario. Desde hacía tres años su rutina había cambiado radicalmente: se dedicaba a cubrir estrenos de películas, publicaba entrevistas a directores y actores, y escribía algún que otro reportaje en revistas de viajes.

—¿No echas de menos Internacional?

Julia notó cómo su hermana miraba con reproche a Martín, pero no se sentía molesta por la pregunta de su cuñado.

—Hace unos años no podía imaginar que se pudiese vivir de otra manera. No te lo voy a negar, ese tipo de trabajo es una droga. Para bien o para mal, pierdes el contacto con el resto de las cosas. Pero si te digo la verdad, no lo echo de menos.

Sabía el efecto que este comentario causaba en el auditorio: la carrera de Julia había decaído y, para la mayoría, era incomprensible que la propia Julia hubiera contribuido a ello. Durante años su vocación lo había sido todo, pero empezó a hastiarse. Su padre lo achacaba a su natural inconstancia, simplemente estaba a la espera de otra meta profesional. Un nuevo medio, un nuevo conflicto, otro reto. Durante años Julia se había escudado en la crisis de la profesión. Ahora ya no veía ni siquiera la necesidad de justificarse. Ya no volvería a firmar en la portada de ningún periódico ni a entrar en directo en una emisora nacional, y se sentía bien.

—¿Y vosotros qué tal?

Martín y Alicia se miraron. Parecían intentar decidir a cuál de los dos iba dirigida la pregunta. Alicia tomó la palabra.

—Todo muy bien. A Martín le han cambiado de departamento. Ahora tiene más responsabilidad.

—Me alegro mucho… ¿y tú?

Su hermana pareció sentirse cohibida. En las comidas de los domingos en casa de sus padres o en las cenas de Nochebuena, el trabajo de Alicia en el departamento de Recursos Humanos de una empresa vinícola siempre había quedado en un segundo plano frente a las revueltas callejeras, las crónicas sobre el desierto y los retratos vivos de refugiados que surgían de la conversación de Julia. Los informes sobre prevención de riesgos laborales y los pleitos a los que se enfrentaba Alicia por despidos improcedentes no conseguían arrancar más que un comentario amable. Julia se llevaba la admiración de cuantos la rodeaban sin ningún esfuerzo. Su pregunta llegaba tarde, pero le sostuvo la mirada a su hermana mientras rociaba con limón el plato de calamares.

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